Por: Klaus Ziegler

Química del guayabo

El guayabo es el recordatorio de que el alcohol, el veneno más delicioso y antiguo de la humanidad, no espera para cobrar por sus deleites la mañana siguiente a la juerga, sumiendo al pobre beodo en las agonías de la muerte.

Desde tiempos inmemoriales se han ensayado con desespero todo tipo de curas, todas ellas tan efectivas como las que existen para la calvicie, el envejecimiento o la avaricia.

Existen cientos de mitos sobre el guayabo: que los tragos claros son nobles y no producen el guayabo virulento de los oscuros; que no es el alcohol el culpable de las terribles jaquecas sino los taninos, y que por eso el vino blanco es preferible al tinto. Que “la mezcla es lo que mata”, o que la combinación de sandía y licor es venenosa, y que produce guayabos literalmente de muerte.

Se sospecha, sin embargo, que además de la deshidratación general que produce el alcohol, el mayor responsable de la resaca es el acetaldehído, un subproducto de la descomposición del alcohol etílico que se va acumulando en el hígado como resultado de la acción de una enzima llamada alcohol deshidrogenasa. El acetaldehído, mucho más tóxico que el mismo alcohol, es transformado a su vez por otras dos enzimas en un químico inocuo similar al vinagre. Drogas como el Disulfiram, que inhiben la acción de estas enzimas, son usadas en el tratamiento del alcoholismo para inducir una sensación de intenso malestar que se experimenta como resultado de la acumulación de acetaldehído, y que hacen que algunas de las personas sometidas a esta terapia desarrollen una aversión permanente al licor.

En cuanto a algunos de los mitos anteriores, como aquel de que “lo que mata es la mezcla”, los toxicólogos aún no se ponen de acuerdo, aunque en asuntos científicos es recomendable desconfiar de la sabiduría popular, que con frecuencia no son más que malas observaciones sin ningún fundamento.

Hace un tiempo oí decir que la creencia en la letal combinación del trago con la sandía era un invento de las mujeres de cierto pueblo del interior de la costa que, cansadas de las constantes borracheras de sus maridos, en las tardes calurosas los hartaban de patilla para después amenazarlos con que se iban a envenenar si se trasnochaban tomando. Quizás esta última historia no sea más que otro mito.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Klaus Ziegler

Vallejo y Ospina: de lo patético a lo risible

De San Anselmo a Murphy

Ondas de gravitación: escuchando el pasado