Por: William Ospina

La responsabilidad del futuro

EL CONGRESO DEL POLO DEMOCRÁtico es una hermosa fiesta de la diversidad del país.

Si alguien quiere verle la cara a Colombia, tiene que ver esa pluralidad de rostros mestizos, mulatos, indios, negros y blancos, de todas las procedencias, con todas las entonaciones, con todos los estilos, que tienen en común el representar a la inmensa mayoría que ha estado excluida por siglos de las decisiones y de las oportunidades, y que tiene todo que aportar a la construcción de un país más justo, más generoso y humano, menos mezquino y violento.

Vienen del país que ha padecido y sigue padeciendo todas las violencias: del hambre, de la miseria, de la guerra, de la exclusión, de la falta de oportunidades. Un Congreso de ciudadanos que, profundamente en desacuerdo con el sistema de privilegios que caracterizó al proyecto bipartidista, ha asumido con convicción su lucha en el ámbito de la democracia, de la renovación filosófica y del valor civil.

A lo largo de su historia moderna Colombia intentó siempre consolidar una opción política diferente a los partidos tradicionales. Lo intentó con los radicales del siglo XIX, derrotados por la tenaza de los terratenientes y del clero, por la Regeneración y la hegemonía conservadora. Lo intentó la primera república liberal, pero muy pronto aquellos prohombres liberales se conservatizaron. Lo intentó el Gaitanismo, que, nacido del Partido Liberal, rápidamente se iba convirtiendo en una alternativa popular, pero fue frustrado por el asesinato de su dirigente, y diezmado por la implacable violencia de los años cincuenta. Lo intentaron el MRL, la Anapo y el Frente Unido de Camilo Torres, y de muchas maneras distintas les fueron cortadas las alas.

Pero lenta, inexorablemente, Colombia ha ido comprendiendo que necesitamos un proyecto nuevo, una democracia amplia y vigorosa, respetuosa y abierta al mundo, que se reconozca en esta naturaleza equinoccial y en la pluralidad del país y de sus culturas, un proyecto que salve a las mayorías sumidas en la pobreza (que no es otra cosa que la imposibilidad de desplegar sus posibilidades y de mostrar sus capacidades), que hable de derechos, de protección social, de empleo digno, que no nos exija conformarnos con una seguridad armada hasta los dientes, sino que invite al país entero a emprender un gran esfuerzo creador de bienestar y de prosperidad, para todos y no para unos cuantos.

La primera tarea del Polo es, en estos momentos, asegurar su unidad alrededor de principios y no de personas. Ha llegado a convertirse por primera vez en una seria alternativa política para la sociedad colombiana; sectores cada vez más amplios de la comunidad lo ven como una opción verdadera, y por primera vez en su historia otra Colombia está en condiciones de acceder al gobierno de la nación. Nada sería más decepcionante que la pérdida de la lealtad elemental que los dirigentes del Polo se deben unos a otros, y el abandono de la inmensa responsabilidad que significa encarnar por primera vez de una manera verosímil la inminencia de un cambio histórico posible.

Este Congreso debatirá si la política inmediata, con miras a las elecciones de 2010, será la defensa inflexible del perfil programático del Polo, o una estrategia de alianzas para derrotar el proyecto reeleccionista. Es necesario que se dé ese debate, y que las decisiones se tomen con la mayor democracia y no mediante astucias copiadas de la vieja política. Para que el Polo sobreviva, como proyecto y como alternativa, debe hacer de la democracia su lenguaje a todos los niveles y del debate franco y plural su principal instrumento.

Es bueno que no se piense que la contienda es con el señor Álvaro Uribe Vélez. Es más bien con una manera de concebir el país, que él encarna ahora pero que encarnaron muchos gobernantes desde hace mucho. El discurso del presidente Uribe y de sus consejeros, según el cual la solución a los problemas nacionales es apenas una tarea militar, la convicción de que Colombia sólo se arregla con las armas, exterminando monstruos, fue la política de Laureano y de Ospina Pérez, de los gobiernos del Frente Nacional y aun de gobiernos más recientes. Uribe lo que ha hecho es llevar a su plenitud el estilo con que se gobernó a Colombia desde siempre.

No se trata de que no haya que combatir todas las delincuencias: se trata de que una política verdaderamente nueva tiene que llevar el talento, el trabajo y la dignidad de las mayorías al lugar protagónico que les corresponde. La salud y la educación deben asumirse como derechos prioritarios de la comunidad, y eso es difícil en un país donde siempre hay argumentos para gastarse todos los recursos en cruzadas de pacificación y en guerras limpias y sucias, pero nunca los hay para ofrecer educación gratuita a una juventud ávida de promoción y de creatividad, un sistema verdadero de salud a una comunidad que lo máximo que ha alcanzado es un remedo de seguridad social que pone a las personas enfermas a hacer colas a las cuatro de la mañana y a pacientes graves a esperar turnos de semanas y meses.

La inclusión y la dignificación de las mayorías acabarán más pronto con la guerra que todas las cruzadas de exterminio. Y si hay alianzas no deben ser contra alguien, sino a favor de un país que ya ha esperado demasiado. Siete años de paz militar deberían habernos enseñado cuáles son las prioridades políticas que nos proyecten hacia el bienestar y la prosperidad, que verdaderamente nos pongan en el mundo, y que dejen atrás la rutina de atrocidades de los mercaderes del odio.

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