El odio a los intelectuales

El odio visceral contra los poetas e intelectuales parece ser que es una de las tácticas más recurrentes del presidente Uribe en su ambición desenfrenada por perpetuarse en el poder.

Primero fue la condena contra las universidades públicas del país, al relacionar a los grupos insurgentes al margen de la ley con el campus universitario. En esa ocasión, se quiso estigmatizar a la universidad pública, desconociendo así su autonomía y su bandera fundamental de ser, ante todo, un campo de paz y de reflexión científica y cultural.

Segundo fue la macartización reciente contra el grupo denominado “Intelectuales por la paz” que viene apoyando a la senadora Piedad Córdoba, en su lucha legítima por la libertad de todos los secuestrados del país. 

Tercero fue su reciente declaración en el Consejo Comunal de Buenaventura (febrero 21) contra las Farc y el Eln, donde haciendo un juego propio de un funambulista, analoga a los líderes de estas organizaciones insurgentes al margen de la ley con los poetas e intelectuales (“ellos posan en el extranjero de ser poetas y de ser intelectuales” dice su discurso).

¿Por qué razón Uribe fustiga a los poetas e intelectuales y ve en ellos un peligro inminente? ¿Por qué les declara la guerra verbal y no cesa de desprestigiarlos y ponerles la mordaza del estigma y la censura?

Esta estrategia belicista contra el pensamiento no es nueva y siempre ha sido un arma de los dictadores y de aquellos seres humanos omnubilados por el poder.

La historia de la persecución, la desaparición y la cárcel a artistas e intelectuales viene desde Hitler y se extiende a las dictaduras latinoamericanas. Recordemos el caso del poeta Juan Gelman y de los miles de artistas y escritores que desaparecieron o tuvieron que salir de Argentina, Chile y Uruguay.

Uribe está como el Ministro de Propaganda e Información, Goebbels, que cuando se le preguntó por los intelectuales de su país, dijo. “Cuando me hablan de intelectuales saco mi pistola”.

¿Por qué el Presidente les teme a los artistas e intelectuales del país? ¿Por qué va metiendo en un solo costal al poetariado colombiano con la guerrilla?

Esos juegos del lenguaje no son fortuitos y hacen parte del terrorismo verbal, de la calumnia y del insulto, que se han extendido en el país como una plaga.

Esos juegos perversos del lenguaje hacen parte del grado de polarización a que ha llegado Colombia, debido a esos dos grandes monstruos que, como lo dijo Alan Jara, se retroalimentan y se necesitan mutuamente.

Aquí ya no hay espacio para la reflexión serena, para el desarrollo del debate sano y juicioso, como lo pregonaban los maestros antiguos y clásicos.

El presidente Uribe es consciente de que los poetas y los intelectuales representan la conciencia de un país y son los llamados a defender la reflexión y el pensamiento crítico.

Por esto, a excepción de los tres poetas viajeros que tienen pasaporte oficial de la Cancillería, al resto lo fustiga sin compasión y le pone la mordaza.

Una sociedad que no acepte la libertad de pensamiento es una sociedad que está destinada al fracaso.

Una sociedad que no acepte las diferencias, está condenada a vivir en el atraso.

Una sociedad que continúe resolviendo sus conflictos por la vía de la violencia verbal y armada, no está madura para resolver el conflicto. Lo dijo el maestro Estanislao Zuleta.

En mis últimos veinte años, me he dedicado a leer y a formar a miles y miles de jóvenes colombianos. Dos oficios nobles que, creo, no le han hecho daño a nadie.

Por esto, como director del Programa de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, donde tengo, en compañía de mis colegas, la inmensa responsabilidad de formar a cientos de jóvenes literatos y educarlos para que sean buenos ciudadanos, me sorprende profundamente aquellos juegos malévolos del lenguaje que el presidente Uribe utiliza en sus famosos consejos comunitarios.

 Fabio Martínez. Director del Programa de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.

Sobre el DAS (sic)

La partícula sic se usa para aclarar que lo que escribe es literal, y que si está mal escrito, no es responsabilidad del periodista sino de la fuente. Sic, del latín, significa “así es como es”. Los escándalos de corrupción y crímenes del DAS existen desde que funcionaba su antecesor, conocido como (sic) (creado por el gobierno conservador de Ospina Pérez, en medio de la paranoia anticomunista). Su sede central estaba en la tenebrosa Calle del Sol de La Candelaria. Allí se torturó y se asesinó impunemente hasta la época de Turbay Ayala (ese otro gran “prohombre” del liberalismo que decía que él era el único preso político de Colombia. Recordemos que en esa época hasta a García Márquez lo persiguieron y se tuvo que exiliar). Como lo revela la revista Semana, el DAS es realmente una “policía política”. El problema no es lo nuevo, sino que siempre lo ha sido. Es curioso cómo a los ciudadanos desarmados y legales se les pide un “certificado judicial” en el DAS, mientras ese mismo organismo se dedica a comerciar y delinquir con mafias y paramilitares. ¿A nosotros nos cobran $20.500 y a ellos? ¿También pueden pagar sus interceptaciones por internet? Es indignante y parece salido del Teatro del Absurdo, que el presidente del Congreso diga que “el Congreso debe participar en la reforma del DAS” (ver El Espectador, lunes 23 de febrero, p 4). El Congreso, inundado hasta el cuello por paramilitares y narcotraficantes, ¿pretende “reformar” a un organismo igual a él?

 Carlos Álvarez y Álvarez.Pasto.

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