La Lizama: la esperanza revive tras el derrame de crudo de 2018

hace 4 horas
Por: Santiago Montenegro

Se fue un gran colombiano

LA ÚLTIMA VEZ QUE ESTUVE CON Emiliano Díaz del Castillo fue en la Academia Colombiana de la Lengua, en la conmemoración del centenario del nacimiento de Aurelio Arturo, en febrero de 2006, cuando leí un documento sobre el proceso de creación artística del autor de Morada al sur.

Algunos días después, recibí una carta de felicitación escrita en una Remington y firmada, con pulso tembloroso, por Emiliano Díaz del Castillo. Me alegró y me emocionó mucho ese gesto. Por muchas razones.  Porque venía de un académico de la lengua y de la historia, conocedor y practicante, como pocos, del buen castellano hablado y escrito. Porque hacía parte de una generación —hoy en desaparición— de dirigentes y políticos que estudiaban, que apreciaban las ideas, que decían lo que pensaban. Pero, sobre todo, pensaban lo que decían. Y, además, escribían antes de hablar y escribían bien. Su carta fue un gesto generoso de un mayor con una destacadísima carrera política e intelectual hacia un miembro de una generación más joven. Abogado javeriano, rector de la Universidad de Nariño, alcalde de Pasto, representante a la Cámara, senador, autor de muchos estudios históricos, Díaz del Castillo reunió todos los requisitos necesarios para muchos cargos y responsabilidades que ejerció con altura y distinción.

Algunos liberales e intelectuales de izquierda no soportaban sus creencias conservadoras o su manifiesta fe cristiana o su apoyo a causas eclesiásticas.  Otros criticaban lo que llamaban su aristocracia de sangre y apellidos, que se veían resaltados por el color de su piel, su elegante estampa, sus finas maneras, su castellano exquisito y su hacienda Bomboná. Sin compartir varias de sus ideas políticas, siempre admiré su rectitud y consistencia, su derecho a expresar lo que pensaba y a respetar las ideas de los demás. En cuanto a su aristocracia, siempre me convenció la reflexión que él mismo hacía sobre sus antepasados y sus ilustres apellidos. Nuestra aristocracia no es de apellidos o de sangre, decía él, pero sí es la aristocracia de las buenas costumbres. Porque todos, hasta sus más enconados enemigos, tienen que reconocer que en sus actividades privadas y públicas, Díaz del Castillo fue íntegro, transparente. Eso, sobretodo eso, no se lo perdonaron jamás muchos de sus opositores políticos. No le perdonaron que jamás haya entrado en la repartija, en los auxilios parlamentarios, en el clientelismo, en la venalidad de la política. Quizá por eso, no volvió al Congreso y abandonó para siempre la política. Cuando pienso en los problemas que hoy enfrenta nuestro país, la solución no está en que haya menos conservadores, o menos liberales o menos socialdemócratas. En una sociedad abierta y pluralista, como la que queremos, lo que necesitamos son más liberales, más socialdemócratas, más demócratas de todos los partidos, incluyendo también más políticos conservadores como Díaz del Castillo. Por todas estas razones aprecié tanto su carta de felicitación. Y todas estas ideas retornaron a mi mente cuando lo despedimos en Cristo Rey, en ceremonia presidida por su sobrino Juan Vicente Córdoba, con guitarras y canciones entonadas por sus hijos y nietos, que me transportaron a la niñez, a las travesuras en la casona frente a La Merced, a La Quinta en las afueras de Pasto y a las tibias noches de Bomboná, llenas de misterios y de leyendas. Con la muerte de Emiliano Díaz del Castillo desaparece un gran colombiano.

 

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