Por: Reinaldo Spitaletta

Chuzo y legítima defensa

Si el DAS chuza teléfonos de periodistas, de opositores y aun de políticos oficialistas; o, como en otros días no muy lejanos, pasa información de sindicalistas a paramilitares, o inventa atentados contra el Presidente, en fin, no importa; lo curioso es que todo sigue como si nada, porque tales funciones –las de chuzología- se le transfieren a la Policía. Y listo.

Con lo cual el remedio es peor que la enfermedad. Es una vieja táctica de los que han dominado a Colombia, país en el que pasa de todo, pero nada cambia.

Ni siquiera cambian –ni renuncian- los ministros y otros dignatarios vinculados, digamos, al famoso caso de la yidispolítica. Caen para arriba. Como le pasó al general Mario Montoya, separado de la oficialidad por los falsos positivos, es decir, por los asesinatos de ciudadanos cometidos por los militares, y entonces le otorgan una representación diplomática en República Dominicana. ¿Recuerdan: algo así no pasó con Noguera? ¿Similar jugada no acaeció con un prohombre que estaba acusado de matar un alcalde en la Costa?

Y si el hermano del ministro del Interior y de Justicia está acusado de vínculos con la mafia y otros cargos, pues tampoco pasa nada. El ministro sigue ahí, porque los asuntos de la ética no van con la política, y menos con la oficial. Es más: es que ni de fundas se puede retirar el funcionario, porque se requiere para que trabaje por la reelección y por dejar en la Constitución la opción de un tercer mandato presidencial. Y para sumarse en la labor de propaganda al referendo, a la de otros paniaguados.

Aquí no pasa nada si desaparecen centenas de ciudadanos y después resultan muertos por el Ejército, con el escapulario de pertenecer a la guerrilla. Interesa, ante todo, la seguridad democrática, no importa que en su nombre se cometan arbitrariedades y desafueros. Qué diablos le puede importar a la manada domesticada que aumente el desempleo, que cada vez sea más pobre y miserable, si tiene la ilusión de la seguridad.

No pasa nada si delincuentes entran a la Casa de Nariño, porque es que están dando información muy importante para “chuzar” a magistrados incómodos. Nada pasa si para la reforma de un “articulito” de la Constitución hay que repartir prebendas, comprar votos, practicar lo ilegal. Lo dicho: los que para la maniobra se prestan quedan como adalides de la democracia. Y mucho menos importa que a quienes no estén de acuerdo con la “deidad” o la “inteligencia superior”, se les estigmatice como terroristas.

Recientemente  –en lo que unos calificaron como farsa y otros como tragedia-, el ministro de Defensa dijo que perseguir a la guerrilla más allá de las fronteras es un “acto de legítima defensa”. Hace un año, cuando utilizó dicha táctica para violar la soberanía ecuatoriana, Colombia fue objeto de censuras y reprobaciones por los países americanos, excepto, claro, de Estados Unidos, uno de los promotores de este tipo de agresiones, incluidas sus guerras preventivas.

El cuento es que en torno al “incidente” se monta un tinglado, en el cual no hay improvisaciones. El Presidente regaña a su ministro estrella, pero lo deja en su puesto. Ambos se necesitan. Todo sea por la seguridad democrática, que en su implementación bombardea países vecinos, realiza falsos positivos, chuza y autochuza, nombra guerrilleras como gestoras de paz, acepta manos cortadas como pruebas para recompensas, le paga suites presidenciales a algún delincuente, macartiza periodistas críticos, pone de rodillas a otros, en fin.

Pero el Mindefensa, que según Chávez representa a la extrema derecha de Colombia y los Estados Unidos y que pretende convertir a este país en el “Israel de América”, sigue ahí, porque además es pieza clave de la seguridad democrática y de la reelección de Uribe. Que es un proyecto de la extrema derecha.

 

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