Por: Alfredo Molano Bravo

Liquidando el pasado

UN LIBRO DE 850 PÁGINAS ES UNA EXtravagancia editorial y más si se trata de una compilación de actas, comunicaciones políticas y cartas formales.

La excepción es una colección de documentos recogidos por Klaus Meschkat y José María Rojas en los archivos de la enterrada Unión Soviética sobre el nefasto papel jugado por la Internacional Comunista —Komintern— en la formación de la izquierda colombiana a fines de los años 30. El grueso público ignora que hubo un Partido Socialista Revolucionario (PSR) que organizó a gran escala sindicatos, ligas agrarias, paros e insurrecciones y que le movió el catre a la Hegemonía Conservadora. En el mejor de los casos se ha oído hablar de la Huelga de las Bananeras y eso porque García Márquez la hizo más conocida que el hecho de que hubiera sido una masacre de 100 obreros de la United Fruit Company. Pocos saben que Raúl Mahecha, el hombre que organizó a los obreros petroleros en Barranca y a los coteros del río Magdalena desde Barranquilla hasta Girardot, dirigió también la huelga de los obreros bananeros.

María Cano, la Flor del Trabajo, es poco nombrada hoy, y menos su compañero de cama y lucha, Ignacio Torres Giraldo. Tomás Uribe Márquez, el más aguerrido dirigente del PSR,  corazón de la frustrada insurrección de 1928 que buscaba derrocar a los godos y fundar una sociedad justa y libre, ha sido también evaporado. Se diría que semejante manto de silencio ha sido tejido por los partidos tradicionales. Pues no. Buena parte de la responsabilidad histórica le cabe al estalinismo que se tomó el poder en la Unión Soviética a partir de la muerte de Lenin y la persecución a muerte de Trotsky.

Mahecha, María Cano, Torres Giraldo y Uribe Márquez, acechados, encarcelados, amenazados por el régimen criminal de la dupleta Abadía Méndez e Ignacio Rengifo, su ministro de Guerra, fueron sacados de las luchas y de la historia por la Komintern. La huelga de las bananeras hizo que la Internacional Comunista se fijara en Colombia, mirara el mapa, su importancia estratégica y, sobre todo, cayera en cuenta de que los revolucionarios del PSR no eran sus peones en el ajedrez mundial. Eran medio liberales, medio socialistas, anticlericales y rebeldes. No cuadraban con los dogmas de la nueva iglesia, ni con su liturgia, ni con las altas jerarquías. Entonces la  Internacional Roja decidió hacer una purga, como si se tratara de lombrices, y ordenó expulsarlos, lo que hizo uno de sus alfiles, Hernández Rodríguez, un intelectual que más tarde también sería sancionado. El libro, titulado Liquidando el pasado, es la compilación de todos aquellos documentos cruzados entre los revolucionarios y los cuadros de la jerarquía soviética que pretendían reproducir la experiencia de su revolución con soviets, acorazados potemkin y siberias. Poner la pelea de nuestra gente a su servicio. Liquidaron el PSR, obligaron a los revolucionarios a un rito infame llamado autocrítica.

Meschkat y Rojas desencamaron los papeles de los que sacan a luz la historia de un proceso que antecedió a los famosos de Moscú en el 36 y que les costó la vida a tantos revolucionarios rusos. Un trabajo de gran valía. La historiografía sobre esa época no podía seguir en el blanco silencio a que la tenían condenada. A pesar del tono de las comunicaciones, la colección apasiona por la controversia que revela: la de hombres libres contra aparatos de partido.

Al mismo tiempo la hija de Tomás Uribe Márquez me hizo llegar Los años escondidos, un ensayo histórico sobre las luchas de su padre y de sus compañeros, que poco a poco saldrá del olvido.

Nota. Asistiré el 26 de marzo, a las 6:00 p.m., a la Plaza de Bolívar a defender la dosis personal, una dosis de dignidad.

 

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