Por: Ramiro Bejarano Guzmán

¿A qué viene?

COMO ESTE PAÍS ES AMNÉSICO Y ZAlamero, ahora muchas gentes andan emocionadas con el anuncio de una nueva visita de Joseph  Ratzinger, esta vez como el papa Benedicto XVI.

El embajador ante la Santa Sede, Juan Gómez Martínez, nos informó que el Presidente irá a Roma, y, además, que seremos recompensados porque el “Santo Padre” —como él llama al jefe de Estado del Vaticano— nos devolverá la visita. Lo que no reveló el apreciado diplomático, fue a qué viene el pontífice.

¿Le servirá al país una nueva visita papal? No faltará quien sostenga que si el Papa viene a Colombia es porque ya no somos parias. Justificación peregrina, pues, desde siempre, en todos los gobiernos, incluidos los de Pastrana y Samper, los papas suelen enviarnos sendas bendiciones y abrazos solidarios, que a la hora de la verdad no han calmado los odios, ni la pobreza, ni la corrupción, mucho menos la intolerancia. Para no ir muy lejos, en las épocas de la dictadura de Pinochet, el Papa viajero, Juan Pablo II, también se apareció por Chile, pero su presencia de nada le sirvió al sátrapa ni al país.

¿Tienen que alegrarse todos los colombianos porque vuelva el Vicario de Cristo? No necesariamente. Que se entusiasmen en el Gobierno, que sabrá sacarle partido mediático a este encuentro, pero habrá muchos compatriotas que con razón verán con desconfianza la visita de Benedicto XVI. Por ejemplo, los miembros de la comunidad gay, los partidarios del aborto, aquellos que creen que debería abolirse el enfermizo celibato de los curas, quienes creen que constituye un retroceso que las misas se oficien en latín, para sólo mencionar los sectores más sacudidos por el oscurantismo de este pontífice.

Benedicto XVI todavía tiene que explicarle muchas cosas al mundo, las cuales ha callado, amparado en ese extraño derecho que protege a los papas de ser los únicos jefes de Estado que jamás conceden reportajes. En efecto, cómo fue que de joven Joseph Ratzinger, en vez de ser soldado de Cristo, lo fue de Hitler, según la dramática revelación de su ex compañero de milicia, Günter Grass, el premio Nobel alemán, en su novela autobiográfica Pelando la cebolla.

La comunidad judía todavía debe de estar esperando una explicación de ese pasado turbulento del conductor de la religión más poderosa del planeta. Más a estas alturas, cuando no debió parecerle coincidencia, que este ex recluta nazi, haya rehabilitado al obispo Williamson, el mismo que públicamente negó la existencia del holocausto.

Con la llegada del Papa es previsible suponer que las autoridades le van a terminar otorgando al Cardenal Rubiano las licencias para que detrás de su Seminario Mayor en Bogotá, construya  el conjunto de torres, “Iglesia para la Iglesia”, a pesar del inmenso daño ambiental y las restricciones urbanísticas existentes. Dirán que eso no es prevaricato, porque por encima del medio ambiente y de la ley están los intereses económicos de los voceros de la divina providencia. Menos pecado, porque mejorar el bolsillo de aquellos que tienen a Dios siempre de su lado, concede indulgencias.

Que venga el Papa, así eso sólo sirva para que los presos de la parapolítica sean beneficiados con la consabida ley de rebaja de penas por la visita papal, pero, eso sí, que no dejen de pasearlo por la “Casa de Nari” no sólo para que la bendiga y la proteja de los malos espíritus que la acosan, sino para que sus soberbios inquilinos aprovechen la ocasión y confiesen sus imborrables faltas, como en su momento lo hizo Michel Corleone.

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Adenda. Inverosímil la coartada de los hombres del Presidente que pretenden que creamos que cada vez que aparecen mencionados por los delincuentes de DMG, es porque alguien los traicionó. ¿No será al revés?

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