Por: Alfredo Molano Bravo

Pachito en andanzas

PACHITODEBIÓ SENTIRSE ABURRIdo de estar blanqueado. Es decir, que nadie lo determine ni lo considere ni le ponga atención.

El Presidente no le pasa al teléfono, la secretaria de Fabio Valencia le responde siempre con un “el doctor está ocupadito”. Llamar, no llama a ningún otro ministro porque le da jartera. El único que lo divertía era Juanito Lozano antes de volverse alfil de Uribe y enemigo de Juan Manuel ibídem. Total, la soledad y la melancolía que acosan a Pachito son la explicación más plausible de su último grito hecho por la ventana del Water Close de su palacio en San Agustín: ¡Acabemos con el Plan Colombia! Desde entonces, Pacho vive como una de las mujeres de Barbazul esperando a que el Príncipe atraviese la carrera octava y lo degüelle.

El vice como le dicen sus escoltas, un ejército dijo que los gringos lo humillaban cada vez que abría la boca, que le recordaban el asesinato de sindicalistas, indígenas, afroamericanos, gays, los falsos positivos, las desapariciones forzadas, el desplazamiento de millones de campesinos, la persecución a periodistas, a magistrados de la Corte Suprema de Justicia, la elección de funcionarios de bolsillo como el Procurador, la chuzamenta de teléfonos, y sobre todo —sobre todo—, el hecho de que la parte pulpa del Plan Colombia se gaste en combustible de vehículos militares, la mayoría de los cuales son utilizados para llevar a las señoras de los altos mandos a jugar bridge con sus amigas, dado que la guerra se acabó.

Pachito no soporta a los gringos haciéndole cuentas y sacándole a relucir el aumento regular de la cantidad de coca que sale del país, vía México, abaratando su precio en las calles de Nueva York. Mejor negocio haríamos, le dijo un funcionario del equipo de Obama, dando los 500 millones de dólares como subsidio a la importación de cocaína. A Pachito le tartamudean hasta los oídos cuando oye hablar así a los gringos. Se limpia el sudor frío de las manos en el pantalón y revira: que las gallinas que manda la USAID llegan sin pico, que no ponen huevos si no comen maíz producido en Tennessee, que los helicópteros los mandan dañados, que los uniformes llegan rotos, que las botas les quedan nadando a todos los soldados, inclusive a los reclutados en Urabá.

Trata de retacar, pero se enreda. Cuando lo citan —que no lo invitan— a reunión con los officers del Congreso en Washington hace lo mismo que le hizo Birry a los ediles en Bogotá: los deja mirando un chispero. Pero los gringos son cabeciduros y lo llaman por teléfono. Él se excusa: es que mi primo me tiene el teléfono chuzado. ¿Cómo voy a tirarlo al agua hablando mal del ex general Montoya o del general González, teniéndolos como les tienen la cuerda pisada? Mejor será mandar al carajo  la Ley Leahy que le bajó de un chichazo 74 millones de dólares al Plan Colombia “hasta que no se aclaren los falsos positivos, hasta que los oficiales involucrados no sean debidamente procesados, y hasta que los que han tenido el coraje de reportar estos crímenes no dejen de ser perseguidos por el Gobierno”. ¡Qué deshonra, qué ignominia tanto injustificado cargo, sabiendo como sabemos —dice sacando pecho— que se trata sólo de algunas águilas negras que se nos colaron como ovejas! ¡No hay derecho! Mejor llévense todo lo que queda, pero que no nos humillen este gobierno que se acostumbró a caminar de rodillas.

 

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