Apagón en Venezuela: el país está en riesgo de quedarse un mes sin luz

hace 3 horas
Por: Reinaldo Spitaletta

¡Qué curioso país!

Digamos que Colombia es un país especial, en el que ocurre de todo y nada pasa.

Murió Tirofijo de muerte natural, dieron de baja a Raúl Reyes, las Farc (o “la Far”) mataron a once diputados, Karina –la ex guerrillera- ya es gestora de paz, Uribe le pagó una vez a un delincuente una suite de hotel elegante, la tercera parte de miembros del Senado es investigada por vínculos con los paramilitares, ¿y qué?

El procurador –al que varios izquierdosos contribuyeron a elegir- dice que Sabas Pretelt y el Minprotección nada tienen que ver con la yidispolítica; a Fernando Londoño, el mismo de las tropelías en Invercolsa, dos diarios, tal vez en actitud autocrítica, dejaron de publicarle sus diatribas decimonónicas; un hermano del ministro del Interior y de Justicia está acusado de proteger a la mafia; alias Job y el abogado de don Berna son recibidos en la Casa de Nariño; el DAS chuza y rechuza a periodistas incómodos y políticos opositores y aun de la cuerda oficial; se deja penetrar por los paramilitares, les proporciona listas de sindicalistas, y el Presidente afirma que el que lo dirigía entonces era un “buen muchacho”, ¿y qué?

El desempleo asciende a casi el quince por ciento; la pobreza aumenta, los indigentes cada vez son más, aunque los oculten para realizar alguna asamblea internacional bancaria; las pirámides, o al menos una de ellas, financian la campaña que recogió las firmas del referendo reeleccionista; el Presidente les pone escapulario de terroristas a algunos reporteros; a los disidentes les llama guerrilleros de civil; al esposo de una líder de la minga indígena lo acribillan los militares; un ministro de Agricultura, ahora en trance de campaña presidencial, les niega la tierra a los desplazados, porque los pobres no saben de inversión, ¿y qué?

Sí, estamos en un país especial. El año pasado, en septiembre, comenzaron a conocerse las barbaridades denominadas “falsos positivos”, cuando se supo que jóvenes de barrios marginales de Bogotá y Soacha, fueron ejecutados por el Ejército y presentados como guerrilleros caídos en combate. Y, de pronto, comenzaron a saberse otros casos en diversas partes de Colombia. Era un asunto de espanto. Y qué pasó. Nada. Apenas una leve purga y un general que de militar activo pasó a ser embajador. Como siempre: caen para arriba.

Aquí desaparecen a tanta gente como si se tratara de una dictadura, como las que hubo en Argentina y Chile en los setentas. O si no, cómo explicar que entre el primero de enero de 2007 y el 21 de octubre de 2008, en Colombia hubiera 1.681 desapariciones forzosas, según estadística de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Pero, igual, nada pasa, como nada pasa con los falsos positivos, calificados desde lo oficial como falsas acusaciones para desprestigiar a las Fuerzas Armadas.

Y si matan sindicalistas, entonces el asunto, de honda gravedad, se minimiza, también desde las esferas oficiales. Como lo expresó el vicepresidente Francisco Santos al decir que cuántos son los asesinatos que se dan por la labor sindical y cuántos “por la violencia que sufrimos todos” (El Tiempo 15-03-2009). No falta sino que se diga que los desaparecidos desaparecen por voluntad propia, como para evocar a Turbay, cuando decía que los presos políticos se autotorturaban para desprestigiar a su gobierno. Además, el único preso político de entonces era él. Qué país.

Aquí nada es raro. Así que se puede acusar a un magistrado o a varios, por estar investigando la parapolítica, de ser sesgados ideológicamente, o de estar al servicio de intereses oscuros. Se puede recibir en el palacio presidencial a delincuentes para que den datos sobre tal o cual magistrado. Todo vale. Se arman escándalos para tapar otros de mayor envergadura. Este es un país especial, sin duda. Y lo mejor para los que están en las alturas es que carece de memoria. Y de ese modo todo puede pasar sin que pase nada.

 

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