Por: Reinaldo Spitaletta

Sobre el asco y otras arcadas

En tiempos que ya son parte de una arqueología (también de una historia), algunos izquierdosos se asombraban, o mejor, se desmechaban de la ira, porque había consignas como decir “Turbay es la mafia” o “Belisario, asesino de obreros de Santa Bárbara”. ¡No es posible esa consigna!, se despelucaban de nuevo. ¡Hay que atacar el sistema!, insistían.

Resulta que por estos lados, el sistema lo ha encarnado la figura presidencial, cada vez más parecida a la del príncipe. Y ahora, a la de un dictador tropical. Y más en estos días, cuando el poder ejecutivo cada vez se fortalece más, en detrimento de la denominada democracia, y aun de los otros poderes, algunos de los cuales, por asuntos de mayorías y de estratagemas, están a los pies del emperadorcito.

Para algunas gentes, es insistir en el tedio hablar sobre la figura presidencial (o, mejor dicho, contra ella). ¡Ah!, y en ciertos periódicos ya no se admiten columnistas que cuestionen las políticas oficiales, que estén contra la reelección, que opinen contra el poder y sus desafueros. Se han filado, sin sonrojos, del lado del gran Burundú. Y sin ninguna vergüenza pasaron de ser casas periodísticas a casa de propagandistas. Ni siquiera a casa de citas, que éstas tienen más altura y hasta se pasa sabroso en ellas.

Hay por ahí algunos que plantean que para qué escribir sobre la situación colombiana, y más que de ella, acerca de tantos rufianes. Es mejor –agregan- dedicarse a la literatura, a las metáforas, a esperar que el cadáver de tu enemigo pase por enfrente de tu casa, en fin. Hasta tendrán razón cuando dicen que se acercan a la náusea cuando leen un periódico, ven noticiarios o escuchan informativos radiales.

Puede ser que empaparse acerca de las tropelías del DAS, como por ejemplo, la ejecución de homicidios, la venta de información a jefes paramilitares, las chuzadas a magistrados, periodistas, opositores, y otros actos ilícitos, ponga los pelos de punta y  produzca más ganas de vomitar, que algún asombro. Porque desde hace rato esa institución de “buenos muchachos” viene en declive. Y porque ya quedan pocas cosas para asombrarse.
Tal vez ya no sorprenda saber, por ejemplo, que algún director del DAS torpedeaba investigaciones contra cabecillas paramilitares o que les entregaba a éstos listados de sindicalistas y líderes de izquierda, que luego eran asesinados. Igual, Colombia sigue siendo una republiqueta en la que pasa de todo y, a la larga, no pasa nada. Es el reino de la impunidad y de la mentira.

Quizá ya poco importen los crímenes oficiales denominados como falsos positivos, ni las víctimas, ni los asesinos. Tal vez para algunos es mejor que nos acostumbremos a las penas, a la indignidad, a la injusticia; que nos olvidemos de alzar la voz porque te pueden enmudecer; que si eres columnista es preferible que dediques tus espacios a la jardinería, a dar consejos a señoras de sociedad para que mejoren su té-canasta. Que igual –dicen- siempre el mundo ha estado lleno de excluidos y de unos cuántos privilegiados.

Sí, qué pereza insistir con Uribe como centro de todos los ataques, no falta quién lo diga. Déjenlo, pobrecito, que haga lo que quiera con la Constitución, que siga hasta el infinito como presidente, que continúe con el asunto de la guerra que es mejor negocio que el de la paz…

Qué importa si el país es una “cueva de ladrones”, y si en la Casa de Nariño (o de “Nari”) hay Fujimoris y Montesinos, y si las instituciones están cada vez más desinstitucionalizadas, y si el referendo reeleccionista pasa, da lo mismo –dicen-, que el mundo fue y será un porquería, te advierten con aire de tango.

En realidad, aunque el sistema sea –como es- una cloaca, a veces es tranquilizante referirse a algunas de sus ratas. Me acuerdo de un poeta y columnista que decía que más que sentir miedo para hablar de las inmundicias del poder, lo que le daba era asco. Durante mucho tiempo se la pasó trasbocando.

 

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