Por: Alfredo Molano Bravo

¿Paz sin negociación?

OXFORD ES UNA PEQUEÑA CIUDAD universitaria. Ortodoxa, plagada de monumentos, iglesias —que parecen catedrales— y recintos académicos.

La gente no resiste la primavera sin disfrazarse de Estudiante de la Mesa Redonda. Hace 10 años era igual y hace 400 también. Es la meca del pensamiento inglés. En días pasados, invitados por el Departamento de Universidad de Bradford, el Instituto para la paz de EE.UU., la oficina de relaciones exteriores Commonwealth y el Centro de Estudios sobre Refugiados, nos reunimos para ensayar respuestas a una pregunta novedosa y radical: ¿cómo sería Colombia en caso de una paz no negociada? El interrogante me quemó. Nunca he pensado en un horizonte distinto al de un acuerdo entre las guerrillas y el Estado, a pesar de ser obvio que las guerras se pueden ganar o perder. La dificultad inicial consiste en definir en qué condiciones podría el Estado derrotar militarmente a la insurrección.

La más elemental: un gigantesco presupuesto militar, superior al 6% del PIB, que hoy se gasta y, además, de manera sostenida. Seguramente sin ayuda norteamericana, dada la tendencia Obama. Ya la cúpula de la élite ha dado su bendición a un impuesto de guerra pagado por todos los contribuyentes y no sólo por los más ricos, que lo pagan con tal de no pagar el servicio militar obligatorio. Es decir, compran su obligación. La justicia y la guerra son para los de ruana.

Segunda condición, más compleja: derrota total de los paramilitares, es decir, de toda forma de guerra sucia y de esa siniestra alianza entre manzanas podridas y salvadores del honor y de las prerrogativas militares. Sería una victoria tan difícil en términos políticos como el triunfo sobre la guerrilla porque supondría la derrota de los halcones. En otras palabras, para monopolizar el poder militar en la Fuerza Pública se necesitaría la existencia de una fuerza democrática y profesional dentro de las FF.AA., que no sería posible sin un contexto institucional democrático. Más  allá de la palabrería, ¿qué quiere decir esto? No sólo que existan partidos, división de poderes y órganos de control, sino que la élite del poder sea amplia y pluralista. ¿De cuántas personas se compone hoy el establecimiento? Sumando, diría que de unos 5.000 ó 10.000 individuos. No son ya las 70 familias de que se hablaba antes, pero sí 1.000 ó 2.000 grupos familiares. Es tan débil, pequeña y mezquina nuestra élite, que aplaude y se beneficia de un régimen autocrático como el de Uribe o el que pueda sucederle con Santos o con Vargas Lleras, sin preocuparse de su propio futuro. Francia tiene una cúpula de 700.000 individuos; España, de 200.000; la nuestra, digamos, 20.000 personajes. La desproporción es evidente y se paga con violencia.

La tercera condición está implícita: es necesario un partido de oposición fuerte que sea una alternativa de poder y que sea capaz de tramitar políticamente las demandas populares. Quizás el único gobierno que lo ha hecho de veras fue el de López Pumarejo. De resto, poco han dejado hacer a favor de ese mecanismo que puede evitar el recurso a las armas.

¿Cómo sería ese país si no se desarrollan esas condiciones? Como el que vivimos. Uribe tiene el mérito de mostrarnos el futuro si no hay negociación política con las guerrillas: la autocracia, el avasallamiento militar de la vida civil, la total libertad de las grandes empresas inversionistas de hacer y deshacer en lo tributario, en lo social, en lo económico. Algo así como si fuéramos gobernados por los gerentes —que son peores que los accionistas mayoritarios— de la Drummond Company, de la Anglogold Ashanti Mines-Kedahda, de Indupalma y de Fedegán. Todos juntos con un fiscal como Luis Camilo Osorio, un ministro de Defensa como el general Montoya y un Procurador como el actual: ¡Una pesadilla!

Jenny Pearse, quien hace 10 años nos puso a discutir sobre la posibilidad de una paz negociada que nunca la hubo, ahora nos invitó a reflexionar sobre una paz sin negociación, que ojalá no la haya.

 

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