Ángela María Robledo: ¿por qué el Consejo de Estado le quitó la curul en la Cámara?

hace 1 hora
Por: Alfredo Molano Bravo

Dosis máxima

LOS LLAMADOS PRIMEROS MANDAtarios se envejecen más pronto que los ciudadanos que tienen que soportarlos.

Los pelos blancos colonizan lo que la frente, cada vez más amplia, deja al descubierto; las arrugas se vuelven surcos, cárcavas, trochas; los ojos se quedan sin pestañas, sin cejas, sin luz. En la piel les salen unas pecas carmelitosas, apustuladas, que a veces son nido de pelos negros, cerdosos. El pescuezo les empieza a colgar como a los pavos. Deben tener amores escondidos en los clósets de sus palacios, casas de gobierno, fincas de descanso. Como Berlusconi, que anda con una colección de nenas en topless de isla en isla en el Mediterráneo y de metedero en metedero en Milán. Mera distracción para conseguir votos, porque la procesión va por dentro. O por abajo. A los primeros mandatarios se les deben arrugar también los codos, aflojar los tríceps y temblar las rodillas. Hay que mirar las fotos del día de la posesión: se pavonean por plazas y salones, señora en mano, agradeciendo loas y respondiendo venias. Y el último día de su mandato salen por la puerta de atrás, alzaprimados por sus escoltas, sin mujer, como el Libertador salió de la 11 con quinta para ir a morirse en Santa Marta.

Por eso es difícil explicarse la obsesión por calentar la silla presidencial una y otra vez. En el caso que nos ocupa, puede ser aun más curioso —escribí raro, extraño, extravagante, y borré—: ¿Qué busca o esconde Uribe al poner de rodillas a su Congreso, brincarse Cortes, normas y vías para seguir arrugándose en la Casa de Nariño? Dicen los más optimistas que si deja el poder, se lo lleva la Corte Penal Internacional como se lleva la DEA a cualquier Don Berna. No creo. Pese a haber sido director de Aerocivil, senador, gobernador de Antioquia y retacar Presidencia, no creo que esa salida vaya más allá de ser una cándida esperanza de la izquierda. Si algo ha mostrado nuestro primer mandatario ha sido astucia, astucia y más astucia. Tesis descartada. Otros dicen que, como esos presidentes —Francisco de Sande, Leonidas Trujillo o Jean-Bédel Bokassa—, quiere perpetuarse para comprar más caballos de paso fino, más gallos de pelea, más tierras en Córdoba, en la Sabana de Bogotá, en Meta o en cualquier parte. ¡Bobadas! No creo. Sus hijos se enriquecieron en par boleones y no parece que el Señor Presidente esté dispuesto a cambiar arrugas por billetes. ¡No! Todas esas ideas son subversivas y mendaces: pura envidia de colegial. Nada. La cosa puede ser peor: el poder, como las drogas malditas —o Paraísos Artificiales—, envicia. Yo no he sido adicto a la marihuana pese a que uso el pelo largo. La única vez que la probé fue en una casa de citas. Las piernas se me alargaron, se salieron de la cama, abrieron la puerta, salieron a la calle. Yo era el “hombre de plástico”, un cómic que leía cuando niño y que nunca volví a ver. En cambio, metí perico en una época ya lejana: el primer pase es maravilloso.

Uno se siente fuerte, poderoso, capaz de tragarse el mundo de un solo bocado. Pero con cada pase, esa sensación es más corta y así, vuelve a meter otra vez, cada vez con más frecuencia, tratando de recuperar y de prolongar esa sensación de vitalidad infinita, de lucidez extranatural y de fuerza sobrehumana. Siente todo eso, hasta cuando alumbra el sol y entonces tiene que botarse de bruces en la primera cama que encuentre, a morirse. Es lo que le pasa a Uribe, el gusto de sentirse superhombre, de ser alabado, loado y de volver a todos sus ministros meros secretarios, le ganó de mano. Les pasa a muchos. Les gusta el poder, como una droga. Son, por decirlo de alguna manera, poderdependientes. No hay clínicas para tratar ese desenfreno ni normas de dosis mínima que se hayan decretado en ninguna parte. (Un cura dominico se vislumbró un método inaplicable en una democracia como la nuestra). Pero la patología es inequívoca: meter, meter y meter cada cuatro años una reforma para esperar el sol. ¡Que alumbrará!

Nota: Se llamaba José María —Chema— Fince Epinayú, lo conocí como alaulayu o cacique, en la Alta Guajira. Fue desplazado con toda su gran familia de Bahía Portete, por Jorge 40. Murió antenoche de un infarto. Su última voluntad: ser enterrado en su tierra, regresar aunque fuera muerto, como lo prometió. Un abrazo a Nicolás Ballesteros, Victoria Epinayú e Isabel Fince. Paz en su tumba.

 

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