Por: Rodolfo Arango

La disolución del Estado de Derecho

EN BUENA HORA LASILLAVACIA.COM, portal de opinión que enriquece la deliberación pública en el país, ha alertado sobre la doctrina joseobdulesca en boca del Presidente en trance reeleccionista:

el Estado de opinión. Se trata de un nuevo engendro conceptual con el cual se pretende superar el Estado de Derecho. Los consejos comunales sustituyen a las corporaciones públicas. ¡Válgame Dios! Hasta con la teoría del Estado se metió la maquinaria de propaganda gobiernista. De nada valen los tratados académicos sobre las formas de Estado frente al delirante deseo de permanecer en el poder.

Líderes despóticos siembran en la población la creencia de que son imprescindibles. Su omnipresencia, potenciada en el presente por la televisión, obnubila y torna sumisos a sus seguidores. El halo divino del Príncipe los convence de que sin él no están salvados y sobrevendrá el desastre. Hasta ex ministros y precandidatos deponen sus aspiraciones ante la voluntad del rey. A éstos les falta la visión fanática del Gran Hombre, dispuesto a sacrificarlo todo y a todos, en pos de no postergar el advenimiento de su peculiar idea del bien común.

El poderío que aglutina el auriga, cuando goza del favor de las mayorías, persuade a ricos y poderosos de plegarse a sus designios. No hacerlo resultaría muy costoso. No importa que con su accionar ponga en grave riesgo la estabilidad de la República. Están dispuestos a seguirlo incluso en el propósito de cambiar el pacto político, ahora por Constituyente si es necesario. Son incapaces, como los ambiciosos congresistas, de imaginarse las consecuencias que para la vida colectiva tendrá la reforma constitucional que permita la permanencia indefinida del Presidente en el poder. Su actitud refleja el espíritu sectario denunciado por Madison al rechazar a la democracia pura o popular. Decía el pensador norteamericano en el Federalista N° 10: “Cuando un bando abarca la mayoría, la forma de gobierno popular le permite sacrificar a su pasión dominante y a su interés, tanto el bien público como los derechos de los demás ciudadanos”. “Si se consiente que la inclinación y la oportunidad coincidan, bien sabemos que no se puede contar con motivos morales ni religiosos para contenerla. (Esos motivos) no son frenos bastantes para la injusticia y violencia de los hombres, y pierden su eficacia en proporción al número de éstos que se reúnen”. “En casi todos los casos, la mayoría sentirá un interés o una pasión comunes; la misma forma de gobierno producirá una comunicación y un acuerdo constantes; y nada podrá atajar las circunstancias que incitan a sacrificar al partido más débil o a un sujeto odiado”.

El Estado de opinión es un eufemismo para volver a una democracia popular, donde el querer del colectivo es ley. La pasión dominante no está dispuesta a respetar nada distinto a su deseo. Ella es ciega y siempre inventa un enemigo. Su menosprecio del derecho late fuerte. Los organismos de seguridad se activan. Los magistrados de las Altas Cortes no se salvan. El Estado de Derecho se disuelve en la voluntad popular. Las minorías se sacrifican en la hoguera del interés general. La psicología de masas reemplaza la reflexión política equitativa. La ilusión del pensamiento total iguala las diferencias. Es época de símbolos patrios, de desfiles militares y de llamados a la adhesión incondicional, mientras combatientes, desplazados y víctimas del conflicto deben aceptar con resignación su destino. Pero también es tiempo de demócratas marchando unidos en defensa del Estado de Derecho amenazado de disolución.

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