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hace 4 horas
Por: Klaus Ziegler

La amenaza del ateísmo

En su columna del 10 de junio, “Dios sí existe”, el escritor Uriel Ortiz Soto considera que la aparición de algunas corrientes y movimientos a favor de una educación laica representa una amenaza perniciosa y desestabilizadora para la sociedad.

Afirma que “las huellas de Dios en el universo son tan irrefutables, que quienes se aventuran a negarlas carecen de toda argumentación y formación filosófica”.

¿Piensa acaso el columnista que David Hume, Bertrand Russell, Jean Paul Sartre o Albert Einstein, para mencionar sólo unos pocos ateos famosos, carecían de formación filosófica? Es posible que el señor Ortiz padezca de esa miopía característica del que ha sido sometido en su infancia a lo que los psicólogos llaman un “troquelado”; es decir, a un lavado de cerebro que petrifica el intelecto y lo vuelve inmune a la razón, y que no le permite pensar que una persona educada pueda ser un ateo auténtico, cuando de hecho las estadísticas muestran que en Europa sólo el 7% de los individuos de los estratos con el mayor nivel de educación son creyentes.

Y lo más patético es que el columnista está convencido de que los más de mil millones de agnósticos y ateos que hay en el mundo lo son “porque no tuvieron formación moral adecuada”. Esta creencia es tan medieval como absurda. Es evidente que hay ateos magnánimos y ateos perversos. Y hombres religiosos misericordiosos y compasivos, y santos antisemitas y criminales como Isidoro de Sevilla, y papas genocidas como Inocencio III.

Voltaire decía con toda razón que la religión es la fuente de todas las locuras y perturbaciones imaginables. Es la madre del fanatismo y de la discordia civil, como lo atestiguan  las incontables guerras santas perpetradas por fanáticos religiosos en nombre de la fe, y la persecución y exterminio al que se han visto sometidos todos los que se han atrevido a disentir de los dogmas sacros.

Para desgracia del señor Ortiz, y de muchos otros católicos recalcitrantes, existe hoy la libertad para que nuestros hijos puedan hacer lo que a él y a muchos otros de su generación les fue negado: aceptar que puede haber personas pensantes y educadas cuyas creencias difieren de las nuestras.

Tolerar y respetar a los homosexuales; permitir que hombres y mujeres disfruten del sexo sin el constante temor del pecado ni la esclavitud de la procreación. Y quizá lo más importante: la posibilidad de razonar con libertad y objetividad sin estar condenados a acatar mandatos caprichosos y absurdos porque así lo dictan las autoridades religiosas o por estar consignados en los mal llamados libros sagrados.

 

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