Por: Esteban Carlos Mejía

La mujer de los sueños rotos

EN LA MUJER DE LOS SUEÑOS ROTOS (Seix Barral, 323 páginas), de María Cristina Restrepo, hay más de 50 personajes:

señoras de la burguesía, empleadas domésticas, sicarios, escoltas, divas de la televisión, mozas de mafiosos, ex reinas de belleza, arquitectos, hacendados, negociantes: toda una proeza literaria. Y hablo de auténticas criaturas de ficción, caracterizadas con rigor y verosimilitud. No podía ser de otro modo en un retrato (¡un gran retrato!) de Medellín entre 1983 y 2000, el álbum de una ciudad martirizada y obtusa, incapaz de sublimar su pasado.

Laura Martínez, la narradora, se pregunta a cada tanto si logrará vivirá “en paz o atormentada por los recuerdos, agradecida por el tiempo que había sabido aprovechar” (p. 33). ¿Cuestión demasiado existencial para una aldea tan fenicia como Medellín? La literatura es una suerte de recreación, redescubrimiento y representación. Y reconocimiento: “una forma de saber que se sabe lo que no se sabía que se sabía”. ¿Parece un galimatías? Ni tanto. En esta novela, una sociedad doblegada por su fragilidad ética se reconoce en sus faltas, sus maquillajes, sus disfraces.

De todos, el personaje más fascinante es Jaimison Ocampo o Pedro Luis Jaramillo o Príncipe Julio de Borbón o Druker Arango o Zarpazo o Punzón o Marcelino Pan y Vino, que a estos nombres responde este parcero, nacido en una digna pobreza y muerto en la más atroz de las opulencias. Desde niño se esforzó por ser como los ricos de El Poblado: “La totalidad de sus actos había estado orientada a lograr los modales refinados, la facilidad de expresión, la oportunidad para hacer un chiste, la fina crueldad para burlarse de los demás, para delatar las debilidades, la habilidad para ocultar las propias” (p. 235). No pudo, obvio, pese a las chaquetas Armani y las suntuosas oficinas. Jaimison, oscuro como su alma, es una mezcla muy realista de sordidez, sagacidad y compasión.

Tal vez algunos verán un roman à clé (roman à Klee, diría Bustrófedon). O sea, percibirán en el texto apenas un vil pastiche de verdades presentes y pretéritas. Inevitable en un país que lee al pie de la letra. Y forzoso por la presencia de sujetos como El Gitano (“hacendado de Ciudad Bolívar, o tal vez de Titiribí” que “podía lucir una yegua trochadora en una pista con un pocillo de tinto en la cabeza sin derramar una gota”, p. 112) o Anselmo Jiménez, El Patrón, p. 28. Dudo que María Cristina se haya propuesto hacer una novela en clave para que la gente se devane los sesos tratando de adivinar quién es quién. Si hubiera querido escribir una obra histórica, lo habría hecho, como ya lo hizo con Amores sin tregua, su espléndida reconstrucción de la vida, pasión y muerte de Pascual Bravo, prócer antioqueño por excelencia. Para mí, La mujer de los sueños rotos es una invención literaria de principio a fin, escrita con envidiable elegancia, coraje y destreza estilística. Como siempre.

Rabito de paja. “El daño moral era aun peor que el perpetrado con las armas porque había confundido la conciencia de las nuevas generaciones, alterado la brújula que guiaba las buenas costumbres, borrado las fronteras entre el bien y el mal, entre lo lícito y lo ilícito”: La mujer de los sueños rotos, p. 164.

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