Por: Reinaldo Spitaletta

La oscuridad perpetua

El poder –según se ve- es sabroso para los que están en él. Tanto, que a través de una suerte de individuo mesiánico, quiere perpetuarse en Colombia.

Qué importa acudir a artilugios y triquiñuelas; qué importan los sobornos, las compras de votos, los prevaricatos, los cohechos. Qué importa pulverizar la Constitución, si además, según la particular “ética” del príncipe y sus cortesanos, todo vale. El fin justifica los medios.

El poder ha establecido una cultura de la ilegalidad. Y de las leguleyadas. Además de acudir a las repartijas del presupuesto, pone en feria notarías, apela a las corruptelas, hospeda en su seno a los más atrevidos en trapacerías, y todo con el objetivo de eternizar en la presidencia, que cada vez asume más ribetes de dictadura, a uno que se cree irremplazable, a una “inteligencia superior” (como lo calificó uno de sus paniaguados), a aquel que afina la sentencia de “quien no está conmigo, está contra mí”.

En Colombia, lo anormal se ha vuelto normal. Ya no es raro que se compren votos para reformar la Constitución, como sucedió con los casos de Teodolindo y Yidis. Es más: tales comportamientos irregulares parecen ser virtudes, que hay que imitar y santificar. Retorna, con mayores bríos, aquel histórico clientelismo de tiempos viejos y entonces se entregan poderes regionales a renombrados politiqueros. Porque la tercera elección consecutiva del príncipe hay que aprobarla como sea.

Y como sea es repartiendo puestos diplomáticos, ofreciendo gabelas, distribuyendo dinero y contratos a granel, que todo vale cuando se trata de mantener per secula seculorum a un gobierno plutocrático, que aúpa monopolios y hace crecer el desplazamiento interno, la inseguridad en villas y ciudades, el desempleo, la indigencia y la pobreza.

Cómo será la situación de aterradora que hasta el ex presidente Gaviria, que estableció en su gobierno la nefasta apertura económica y sembró los fundamentos del neoliberalismo en el país, advierte sobre los peligros de la perpetuación de Uribe: “el Presidente lo que ofrece es cuatro años más de lo mismo, de gente muriéndose porque los sistemas de salud no funcionan; sin vivienda; sin empleo, de gente desplazada. Hemos vivido una terrible contrarreforma agraria. Al Gobierno no le importan los campesinos…” (El Tiempo, 6-09-2009).

Y al panorama antes descrito, habrá que agregar lo que podría llamarse la “guerra sucia”. Es decir, el asunto de la parapolítica, el hecho criminal de la alianza con paramilitares para amenazar –y hasta eliminar- contradictores. El espionaje contra opositores y periodistas a través del DAS, las amenazas a magistrados y jueces, los falsos positivos, que no son otra cosa que crímenes de Estado. Y todo, además, porque hay que hacer creer a la feligresía en el espejismo de la “seguridad democrática”.

El país marcha por los caminos de la ilegalidad y las trapisondas. Las Cortes, aunque las intimiden, tendrán que averiguar e investigar acerca de “micos” e irregularidades. La reciente aprobación del referendo reeleccionista estuvo viciada y se violaron procedimientos legales. Así lo reconocen uribistas, como Germán Vargas Lleras.

El proyecto perpetuador está montado sobre la ingenuidad de muchos que todavía “comen cuento”, enajenados por los discursos oficiales y el asedio propagandístico en los medios de comunicación, pero, al mismo tiempo, sobre la instalación de mecanismos como los de reformar el censo electoral, o hacer el referendo el día de las elecciones parlamentarias. Que el poder es pa´ poder, dicen por ahí.

Y entonces continuaremos habitando el reino de las trampas y las mentiras, de la corrupción y la antidemocracia, a la vez que el príncipe continuará en su palacete. De vez en cuando, arrojará algunas migajas a la corte de los milagros.

 

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