Por: Alfredo Molano Bravo

Virus al viento

SE SABE QUE EL AVIÓN DIO UNA VUELta alrededor del formidable picacho de granito —siempre caliente—, nido de lagartijas negras —veloces como sombras— que domina la rendición de aguas del gran Meta en el gigantesco Orinoco en Puerto Carreño.

Un par de semanas atrás, fuerzas de seguridad del Estado —incluidas las muy inteligentes de inteligencia— habían llegado en vuelos nocturnos del Hércules. El pueblo no se lo pilló del todo, pero los altos funcionarios estaban alertados de que algo iba a suceder. Y sucedió. El Presidente aterrizó en manga corta, a paso de vencedores, después de una larga travesía aérea desde Bariloche, donde, según los titulares oficiales, había hecho ochas y panochas con Unasur. La tarde caía encendida sobre los Llanos. Los mangos que libran del sol soltaban con un plassstttt sus últimos frutos sobre las aceras del puerto. El movimiento de uniformados de todas las armas iba en aumento. Un nerviosismo febril se apoderaba del taciturno ambiente que domina el pueblo. Se oían rumores en Radioemba. Algunos pocos comerciantes, algunos pocos ganaderos, un par de lancheros, tres carabineros de civil fueron citados para unirse a una caravana variopinta de empleados oficiales en los salones de la Gobernación del Vichada para oír al Primer Mandatario.

Primer Mandatario estornudó y anunció el más trascendental de sus programas orinocenses: convertir el departamento de Vichada en una gran fábrica de grasas, aceites y alcoholes. O, como lo dijo entre comillas: “Hay que titularles la Orinoquia a los grandes inversionistas nacionales y extranjeros para ‘implementar zonas de desarrollo empresarial en la Orinoquia’ ”. ¡Bravo, bravo, bravo!, gritaron a coro los tres carabineros de civil; ¡bravo, bravo!, gritaron los funcionarios; ¡bravo!, gritaron los lancheros, los ganaderos, los comerciantes. He aquí, añadió el Presidente, la más tangible evidencia de cohesión social (nuevo concepto agregado como un otrosí por José Obdulio al discurso de la Seguridad Democrática). El Presidente volvió a estornudar. Y se voló dejando una estela de puntos suspensivos.

No había pasado el mediodía del día siguiente cuando el Ministro de Salud llamó por teléfono al gobernador: por favor, mande recoger todos los pañuelos que haya dejado en la región el señor Presidente; tengan o no mocos, escupitajos o babas. ¡Todos! ¿Entendido? Las señoras del aseo, los porteros de los edificios públicos, los empleados departamentales y municipales, el cuerpo de bomberos, la Armada Nacional, la Policía Nacional, el Ejército Nacional y los tres carabineros se dieron a la ingrata tarea de recoger los vestigios de la visita presidencial. Un sargento iluminado preguntó mientras se agachaba a mirar debajo de la tarima donde estuvo el Presidente: “¿Será que el man tiene gripe porcina?”. No dijo más. La estampida se produjo. En cinco minutos no quedaba un solo tapaboca en el pueblo. Unos por asco y otros —la mayoría— por devoción, se “colocaron” el artefacto. La sociedad civil de Puerto Carreño tembló de miedo: ¿Cómo quedarse sin tapaboca en esta emergencia? ¡A Puerto Ayacucho!, gritaron los lancheros. Una avalancha colombiana pasó el río y asaltó los puestos de salud y las farmacias del hermano pueblo. Nadie quería quedarse sin poner en evidencia manifiesta el hecho patriótico de haber acompañado al señor Presidente en el consejo comunitario. Todo el pueblo quería mostrar que había sido contagiado por el aliento presidencial. Se usó de todo para taparse nariz y boca: desde papel toilette hasta toallas higiénicas. Ser uribista es un honor que cuesta. Habrá que repetir lo que declaró al mundo Fidelina —una joya nacional— para mostrar que no todo se ha perdido en el país de la pasión: “Lo que pasa es que al señor Presidente le dio VIH, porque se le bajaron las autodefensas”.

 

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