Por: Pascual Gaviria

Triunfó la caverna

EL MANIFIESTO A LOS ESCRIBANOS católicos, su infierno de fogones Westinghouse, su burla contra barba rala de Dios y su grito pueril contra la fe de carboneros está muy cerca de cumplir 50 años.

Entre los personajes infamados y los bendecidos por el panfleto poético sólo sobreviven Otto Morales y Brigitte Bardot. El ruido de entonces parece ahora una anécdota, un retrato de los viejos pleitos de la villa. Pero resulta que en Medellín la majestad de la catedral sigue asustando al lánguido edificio La Alpujarra, desde donde sesiona el poder civil. Los gritos de los nadaístas ya no escandalizan a las niñas de la Pontificia Bolivariana, pero parece que todavía fueran necesarios para alentar el valor de quienes deben cumplir los mandatos de la Constitución antes que las instrucciones de las encíclicas.

Lo que pasó en Medellín durante las últimas semanas no es más que una especie de claudicación del poder público frente a las presiones de los nostálgicos del Estado confesional. Durante su candidatura, Alonso Salazar se comprometió con un grupo de organizaciones de mujeres a incluir en el Plan de Desarrollo una idea que había sonado en la ciudad desde comienzos de la década del noventa. Se trata de la creación de una clínica especializada en atender los problemas de salud de las mujeres de los niveles 1, 2 y 3 del Sisbén. Un grupo asesor definió el énfasis de la clínica en las áreas de salud mental, atención a la violencia de género y salud sexual y reproductiva. En este último campo estaba contemplado practicar abortos que cumplieran con los requisitos previstos por la sentencia de la Corte Constitucional del año 2006. Era el momento para la histeria católica que solapa su intolerancia entre rezos, entierros magníficos y una peligrosa pose de mansedumbre.

El Colombiano soltó sus viejos argumentos bajo el escondijo de cartas de lectoras indignadas y guiños editoriales, los curas recibieron la orden de hacer política desde el púlpito, algunos fanáticos de capa hablaron de la clínica del aborto y monseñor Giraldo citó al Alcalde a su despacho. Todo había comenzado con un artículo de una estudiante de ciencias políticas de la Pontificia Bolivariana. Duele decirlo, pero fue suficiente para que el Alcalde se dejara torcer el brazo, sacara las secretarias de Salud y de la mujer que habían defendido el proyecto y pactara un asunto de salud pública con una carta dirigida al obispo y un compromiso: “En la Clínica de la Mujer no se harán interrupciones voluntarias de embarazos”. Esperemos que las pacientes no tengan que acreditar la virginidad ante los porteros de la clínica.

Como elector de Alonso Salazar me siento defraudado. Quienes apoyamos su candidatura teníamos la idea de estar votando por alguien ajeno a la pacata conservadora que ha impuesto su voluntad en Medellín. Parece increíble que Salazar no le tuviera miedo al finado Job y ahora luzca acomplejado frente a los redactores del devocionario católico. Tenía todo de su lado para dar la pelea: el respaldo de la Constitución, las cifras sobre abortos clandestinos, el decreto regulatorio de un Gobierno místico, las multas a hospitales católicos que se han negado a practicar los abortos legales. Podía entregar un espacio público para garantizar un derecho en vez de poner a una niña de 13 años violada por el padrastro a recorrer hospitales con una sentencia debajo del brazo. Salazar quedó en el peor de los mundos: la caverna seguirá conspirando y sus electores tenemos razones para descreer de su capacidad de defender una idea del Estado y la política. Sólo la lengua de fuego de Fernando Vallejo podrá salvarnos.

 

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