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hace 2 horas
Por: Reinaldo Spitaletta

Mercedes sigue cantando

Dicen que quien canta, sus penas espanta. Y América Latina comenzó a cantar no sólo para ese efecto, sino para encontrarse en una identidad compleja, con puntos comunes y divergentes, y para dejar una constancia.

Usted preguntará por qué cantamos, interrogaba Benedetti en momentos en que en el continente se abría paso un movimiento cultural, de amplia proyección popular que trascendió los medios de comunicación, denominado Nueva Canción.

“Cantamos porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren que cantemos”. Y el canto comenzó a elevarse, como plegaria y como arma, como protesta y como estética, como una manera de decir de las miserias, de las luchas, de los enconos y de las esperanzas, casi siempre frustradas. “Cantamos porque el grito no es bastante / y no es bastante el llanto, ni la bronca”.

En los antecedentes de la Nueva Canción de América Latina, está el aporte de Atahualpa Yupanqui, el mismo que, como el inca, decía: “el hombre es tierra que anda”. Y si queremos ir más atrás, está el Martín Fierro, de José Hernández, cuando advertía: “acostúmbrese a cantar con fundamento”. Y los fundamentos no radicaban sólo en el dolor y el desarraigo, sino en la construcción de un mundo distinto. En la utopía.

El contexto político que dio origen a la Nueva Canción es amplio. Su génesis puede estar en la caída de Perón, en 1955, pero también en la revolución cubana; en la caída de Goulart en Brasil y el comienzo de una represión de muchos años, que va a ser denunciada en canciones de Chico Buarque, por ejemplo; en los tiempos de la invasión de marines gringos a República Dominicana, o en el asesinato del Che en Bolivia.

El caso es que una serie de múltiples hechos van conformando los fundamentos de esas canciones en Chile (el ascenso de la Unidad Popular), en México (la masacre de Tlatelolco), en Bolivia, en Uruguay, en la Argentina. Golpes de estado, desapariciones, el problema de la tierra, los alzamientos estudiantiles, las protestas obreras. “Cantamos porque creemos en la gente / y porque venceremos la derrota”.

El canto se erigió entonces como un modo de la solidaridad, de la defensa de los derechos humanos, de denuncia de inequidades y persecuciones. Ahí estaban rapsodas como Armando Tejada Gómez y su Canción con todos, Violeta Parra, Víctor Jara (asesinado por el régimen de Pinochet), Patricio Manns, Quilapayún, Inti Illimani, los rockeros argentinos, los folcloristas, Daniel Viglietti… Y Neruda, Benedetti, Nicolás Guillén… “Cantamos porque el sol nos reconoce / y porque el campo huele a primavera”.

Y, claro, ahí estaba Mercedes Sosa, con su voz grave, con sus aportes a la interpretación, que es otra manera de crear. Ella, que era guitarra y bombo, que le hacía caso a Miguel Hernández con su “vientos del pueblo me llevan”, se fue convirtiendo en símbolo de la Nueva Canción. En uno de sus estandartes imprescindibles. Atravesaría las décadas de los sesenta y setenta con su canto de fuego. “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría / son aves que no se asustan de animal ni policía”.

La Negra, que también cantó tango y rock, padeció el exilio, se sobrepuso a los miedos y a las soledades y siguió cantando, como la cigarra. La mujer de Tucumán, hizo cantar al pueblo y a más de un continente. Sabía –con Tejada Gómez- que a esta hora exactamente hay un niño en la calle. Que hay millones de niños que viven en la calle. ¿Cuál es el valor del canto? ¿Cuál el de la poesía?

Mercedes Sosa, la cantora, no se ha callado. Continúa cantando desde las cenizas. Y seguirá cantando después de un año, de muchos años bajo la tierra. Ahora ella hace parte de nuestros muertos. Nosotros somos los sobrevivientes. Por eso cantamos; “porque no podemos ni queremos dejar que la canción se haga ceniza”.

 

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