Por: Daniel García-Peña

La encrucijada de Obama

EL SÁBADO PASADO, MURIERON ocho soldados estadounidenses y cuatro afganos en un ataque del talibán en Kamdesh, cerca de la frontera con Pakistán.

Fue el peor día en cuanto a número de bajas en más de un año en la guerra en Afganistán. Se trató de un asalto bien planeado y sostenido durante horas por parte de 300 insurgentes a una base gringa, y no una emboscada, carro-bomba o francotirador, lo que indicaría que, lejos de estar derrotado, el talibán está resurgiendo y en franco crecimiento.

El embate viene justo en medio de un fuerte debate que se ha suscitado en Washington por la filtración del informe confidencial de 66 páginas preparado por el general Stanley McChrystal, comandante en Afganistán. Describe una situación “en deterioro” y advierte sobre la probabilidad del “fracaso”, si no se mandan 40 mil soldados más de los cerca de 68 mil que hoy se encuentran allá. También critica la nueva estrategia implementada desde la Casa Blanca, de retirar las tropas de las zonas rurales para concentrarlas en los lugares más poblados.

Lo cierto es que las noticias recientes de Afganistán han sido todas malas. La reelección de Hamid Karzai el pasado 20 de agosto fue tan cuestionada por fraude que el propio Obama tuvo que reconocerlo, quedándose sin un aliado legítimo con el cual enfrentar al talibán.

Luego de haber salido en desbandada y perdido buena parte de su dirigencia, la presencia de tropas extranjeras, y la probabilidad de que aumenten en número, está convirtiendo al talibán en una fuerza de resistencia nacional. Como lo pudieron atestiguar los soviéticos, y antes los británicos, y antes los mongoles, y antes muchos más, Afganistán no es un país fácil de dominar, debido a su territorio árido y montañoso y su gente ruda y guerrera.

Tanto así, que ya hay voces que se refieren a Afganistán como “el Vietnam de Obama”. En esa ocasión, Lyndon Johnson, también presidente demócrata, con una agenda ambiciosa de reforma social, vio su mandato arruinado por heredar una guerra relativamente pequeña e ignorada.

Hoy, Obama se enfrenta a un dilema no muy diferente. Los militares en ese entonces también le sugirieron a Johnson aumentar el pie de fuerza y él accedió. Tres años más tarde, había más de medio millón de tropas en Vietnam. Pero en vez del triunfo rápido que habían prometido los militares, eso se constituyó en el comienzo del final, ya que se acrecentó el rechazo de la población vietnamita, fortaleciendo la resistencia armada y llevando a la derrota militar de USA.

No es un asunto fácil. No es el caso de Irak, una guerra claramente ilegal y absurda desde el comienzo, con una estrategia clara: retirar las tropas. La intervención militar en Afganistán por parte de USA y la OTAN fue apoyada por el mundo entero a raíz del 11 de septiembre y nadie se quejó cuando colapsó el gobierno del talibán que había horrorizado al mundo por empedrar a sus mujeres, destruir los templos budistas e instaurar la forma más drástica de la ley islámica.

Habría que pensar en las palabras de Franklin Delano Roosevelt: “Más que acabar la guerra, queremos el fin del inicio de todas las guerras”.

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