Por: Esteban Carlos Mejía

Los lloré, borracho

NO HACE MUCHO, EN LA ESQUINA nororiental de la Plazuela de San Ignacio, centro de Medellín, había una placa de mármol con unos versos de congoja, homenaje a unos estudiantes fusilados por Rojas Pinilla.

Yo subía por Ayacucho, esa calle noble que paso a paso trepa desde el Parque de Berrío hasta Las Mellizas en Buenos Aires, y me paraba escéptico frente a las letras mal buriladas y emborronadas por la desidia. Dos o tres veces las leía, a ver si captaba la vaina. “Velar se debe la vida de tal suerte / que aun viva quede tras la muerte”. Ni más. Ni menos.

Se muere Michael Jackson y sus fanáticos brincan, con los ojos llorosos, pegados al televisor. Se muere Mercedes Sosa y todos dan “gracias a la vida”… en internet. No caben los posts en Facebook y en YouTube los videos se acumulan como chatarra. Ustedes excusarán mi impertinencia pero tanto llanto histriónico me huele a hipocresía, a pose, a chovinismo. Prefiero llorar muertos menos famosos, la verdad sea dicha. Aquellos cuya existencia truncó la desgracia y cuya obra perdurará más allá de la tristeza epidérmica de muchedumbres hipnotizadas por el marketing.

Así, muere en Santa Marta la poetisa Clemencia Tariffa y sólo unos pocos —an unhappy few— sollozamos enternecidos, no tanto por su agonía final en una clínica psiquiátrica en la que vivió recluida los últimos nueve años sino por el carácter de su obra turbadora y recóndita. Nacida en la pobreza, enferma de epilepsia y males peores, marginada y marginal, estoica ante las pompas de la literatura, nos dejó un manojo de poemas potentes y sutiles, editados por sus amigos en dos pequeños libros que marcarán la historia de la poesía colombiana, El ojo de la noche (1987) y Cuartel (2006).

Y en San José de Costa Rica, a sus 33 años, muere el poeta Felipe Granados y a un puñado de dolientes se nos quiebra el alma al recordar su poesía atrabiliaria, casi infame, provocadora, en contravía de todos y de nadie. Los ojos se me encharcan, sentimental que soy, cada vez que leo o que lo oigo declamar su One bourbon, one scotch, one beer: “Te lloré‚ borracho, / como se debe llorar / para que sea genuino. (…) Te lloré‚ borracho / y en mi delirium tremens / yo creía / que todos los borrachos / te lloraban”.

Que a unos los lloren multitudes y a otros apenas un hatajo de creyentes, no es culpa de los muertos. Clemencia y Felipe, seres descalabrados y extraviados, hicieron lo que pudieron, lo que mejor pudieron. Ahora ya no están y nada les incumbe este mundo ruin y pendejo. “Un muerto no se entera de nada”, afirma no sin sorna un personaje de Rubem Fonseca en El gran Arte. Pero los vivos (unos más, otros menos) llevamos a cuestas el dolor de la partida. “Son pérdidas”, dicen los pelados de Medellín cuando una vuelta sale mal o un amor se va o a un parcero lo ponen a cargar tierra en el pecho. Eso es. “Pérdidas, pana”. ¡Ay, Tariffa! ¡Ay, Granados!

Rabito de paja. “No encuentro en la historia nacional el ejemplo de un período de gobierno que no se haya constituido como una oligarquía, más o menos disimulada, y que no haya derivado hacia esa forma de mando, olvidando sus obligaciones con los electores”. Alfonso López Pumarejo, 1933.

Rabillo de paja. Y vamos de mal en peor: ahora hasta el candidato de izquierda es un tipo de derecha.

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