Por: Carolina Sanín

Los buitres comen basura

DESPUÉS DE SENTIR INDIGNACIÓN por las condiciones en que viven las víctimas de la desigualdad social en Colombia, es posible sentir también cierto pesar por el autoengaño de los colombianos que quedan en el lado privilegiado de esa desigualdad.

Muchos de ellos creen que, al apoyar el statu quo, defienden los intereses de una clase que tiene acceso a lo mejor de la civilización o, al menos, a una alta calidad de vida. Lo cierto es que, antes que pasar por cínicos, los colombianos de la élite hacen el ridículo al tener por preciosas unas prerrogativas que no serían envidiadas por la clase media de un país del primer mundo.

Nadie espera que los socios del Country Club marchen junto a los indígenas del Cauca o que los padres de estudiantes del colegio Nueva Granada se sumen a las protestas de Fecode. Pero, si bien el altruismo es quimérico, sí podría esperarse que la élite asumiera sus propios intereses y quisiera acceder a una experiencia vital más plena y a un bienestar más significativo; que en vez de gastar su ocio gestando marchas contra Hugo Chávez, ejerciera alguna presión para que su país tuviera una orquesta sinfónica mejor o parques naturales a los que pudiera ir sin pagarle a Bessudo; que cayera en cuenta de la poca enjundia de una clase alta que tiene que viajar en avión si quiere ver una buena colección de arte, que tiene que sacar una visa para conocer un tren de pasajeros, que va al cine para enterarse de qué es la ópera, y que se siente afortunada por poder llevar a Plácido Domingo a Cartagena para que le cante con arreglos floridos temas de la familia de “La cucaracha”.

Si en la capital de Colombia no hay arboledas por donde pasear, si no hay buen cine para ver, si sólo se presenta una buena obra de teatro excepcionalmente, si no hay aceras por donde caminar ni siquiera para criticar el mal gusto preponderante en la arquitectura, ¿cuál es el estilo de vida que defienden los ricos con su indiferencia, de la que sólo despiertan para temer el socialismo del  vecino?

 La ya proverbial satisfacción de los colombianos pudientes con respecto a que, tras las políticas de la Seguridad Democrática, “se puede ir a las fincas” no sólo es ruin por obviar la realidad de que millones de colombianos pobres han sido expulsados del campo. Es también triste porque indica que la única experiencia gozosa de los ricos nacionales deriva de la posibilidad de salir de las ciudades que ellos mismos han construido y en las que no encuentran nada que ver ni que hacer.

No sé dónde ven estos ciudadanos la “calidad de vida” que quieren conservar con su apatía. Sospecho que toman por un signo de buena ventura el hecho de vivir en edificios de los que, debido a la inseguridad provocada por la desigualdad, no pueden salir a menos que un celador armado (que se pasa la vida en un sótano o en una garita similar a un sarcófago) les abra la puerta de la calle. Ante su ignorancia de los placeres de la civilización, parecería que los ricos colombianos se deleitaran con la mera conciencia de estar sentados encima de muchos — y con esta curiosa costumbre de mantener a unos hombres encerrados para que éstos, a su vez, los encierren a ellos_.

 

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