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Por: Eduardo Sarmiento

El regreso al mercado interno

La mejor solución no está en la especialización en un número reducido de productos, sino en la diversificación que, por definición, genera mayores posibilidades de demanda interna y externa. Es una lección para Colombia.

En días pasados el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, y el vicepresidente del FMI, Oliver Blanchard, revelaron la presencia de serios desequilibrios comerciales y recomendaron a los países emergentes morigerar las exportaciones y fortalecer el mercado interno. Adicionalmente, Bernanke conminó al gobierno de Estados Unidos a elevar el ahorro y reducir el déficit fiscal.

El descubrimiento de las dos instituciones es a todas luces tardío. En marzo 3 de 2007, cuando anticipé la crisis mundial, puse al descubierto que el mundo estaba montado en un orden económico mundial altamente vulnerable.

De un lado, los países emergentes operaban con superávits crecientes de la balanza de pagos y de otro lado Estados Unidos con un enorme déficit. Así, los ahorros excedentes de Asia se enviaban a Estados Unidos para ser colocados en la especulación y sostener el sobreconsumo. El sistema era estructuralmente inestable, porque las exportaciones y los precios de los activos no podían crecer indefinidamente. Luego de 25 años de valorización permanente, el andamiaje tenía que venirse abajo en algún momento.

La actitud del FMI confirma la debilidad conceptual de los dogmas del organismo y la inflexibilidad intelectual para confrontarlos con la realidad y rectificarlos. La primera exigencia a los países que firmaban un acuerdo con el FMI era desmontar los aranceles, reducir el déficit fiscal, dejar libre el tipo de cambio y deprimir los salarios para ampliar el juego de las exportaciones y ahogar las actividades con posibilidades de sustituir importaciones y atender el mercado interno. Ahora proclaman que el camino es equivocado y recomiendan lo contrario, pero no precisan el porqué ni el cómo.

No es fácil interpretar las recomendaciones de Bernanke de elevar el ahorro y contraer el déficit fiscal para reducir el déficit en cuenta corriente, cuando él mismo bajó las tasas de interés a cero, entregó US$2 billones a los bancos y a otras instituciones que se destinaron a la especulación y propició el recorte de impuestos. La principal causa de la devaluación del dólar es la baja de la tasa de interés a cero y la inundación de liquidez. Por eso, en la actualidad la economía estadounidense se encuentra entre la devaluación y el regreso a la recesión.

El drama del FMI y de la Reserva Federal es que no podían seguir tapando el sol con las manos. Ante el desplome generalizado de las exportaciones y la devaluación incontenible del dólar, no pueden negar la influencia del orden económico en la crisis mundial ni el colapso exportador. Aun así, se resisten a reconocer en forma explicita la invalidez del principio de ventaja comparativa que sirvió para justificar las aperturas comerciales y los tratados de libre comercio, como el TLC, y ha sido la doctrina dominante del medio siglo.

La explicación la ofrecí en 1990, cuando alerté sobre los estragos de la apertura comercial, y se actualiza en el último libro, La recesión mundial; el colapso del modelo único, para ilustrar las causas de la crisis de 2008. Los mayores beneficios del comercio no están en las ventajas comparativas, en donde las exportaciones de unos son las importaciones de otros, sino en la ampliación del mercado. El éxito de los países asiáticos no resulta de orientar sus estructuras productivas para exportar los bienes de mejor costo relativo, sino los de mayor demanda.

Otra cosa es que este manejo no sea viable para todos los países. La acción generalizada para ampliar las ventas externas conduce a un exceso de ahorro sobre la inversión, el colapso de las exportaciones y la recesión mundial.

La lección para Colombia es clara. La mejor solución no está en la especialización en un número reducido de productos, sino en la diversificación que, por definición, genera mayores posibilidades de demanda interna y externa. El paradigma adquiere la forma de un modelo de industrialización guiado por el aprendizaje en el oficio, en el cual los trabajadores pasan a actividades cada vez más complejas, carburado por una política selectiva de protección, capitalización e investigación tecnológica en los sectores transables, como maquinaria y equipo, electrónica y químicos, y jalonada por los ingreso laborales y la integración latinoamericana.

El primer golpe lo recibe el TLC. El tratado que nació y se negoció dentro del culto de las exportaciones, se hunde por su propio peso cuando la prioridad pasa al mercado interno.

 

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