Por: Julio César Londoño

Gabo en su laberinto

EL PROYECTO DE LLEVAR AL CINE Memoria de mis putas tristes en México está paralizado por una demanda por “apología a la prostitución infantil” interpuesta contra Gabo y los productores de la película por una ONG que lucha contra la trata de mujeres y niñas en América Latina.

El proceso adquirió ribetes políticos cuando se supo que el gobernador de Puebla, que había aportado un millón de dólares para la filmación, era amigo del empresario Kamel Nacif Borge, un pedófilo más apasionado que un cura scout.

Los tiempos cambian: hace 50 años Vladimir Nabokov escribió Lolita, y la ovación aún no cesa. El mismo Gabo había puesto sin problemas viejitos verdes y niñas abusadas o abusadoras en todos sus libros y el mundo los devoró y fueron textos de lectura obligatorios en escuelas y conventos.

En esos tiempos los niños eran cosas, animalitos bonitos, y los adultos podían pegarles, tocarlos, explotarlos, etc. Esos tiempos ya pasaron. Ahora los niños son sagrados. Yo creo que el punto de inflexión lo marcó el psicólogo Benjamin Spock, que escribió en 1964 un libro sobre la educación infantil en el que afirmó que pegarle a un niño era un acto de barbarie. El libro fue un best seller mundial que invirtió el sentido de rotación del planeta: hoy los niños maltratan y explotan a sus padres, les quitan la plata, los acuestan y se van de juerga.

Los artistas han salido en defensa de Gabo, por supuesto. Para los intelectuales, la censura es una figura estúpida por definición. Entre el censor y el censurado siempre tomamos partido por el segundo. Es algo que hacemos de manera automática. El director de cine Jorge Navas dijo: “El cine no es la urbanidad de Carreño, ni ejemplo moral, ni didáctico sino el reflejo de una realidad buena o mala”. El talentoso Jorge Franco dijo: “Si a la gente le molesta que uno cuente aspectos de la realidad, entonces cambiemos la realidad”. Fernando Vallejo no se ha pronunciado sobre el tema, quizá porque involucra a una niña, el sexo opuesto, pero sabemos que los niños lo matan.

Yo no creo que el arte sea ajeno a la moral. El arte es transgresor, odia la mojigatería, se nutre de conflictos éticos y ama las putas y los criminales, es cierto, pero vive obsedido por la moral.  Allí está, con mucha frecuencia, la tensión de las obras. El artista no defiende la moral divina (para eso están los dioses y sus pastores) ni la moral pacata (para eso están José Galat y el Procurador General) ni las leyes penales (para eso están los jueces y la terna de la Fiscalía) pero busca desesperadamente la cuarta dimensión de la moral, la suya. Al artista no le cuadran las leyes del mundo, por eso vive inventando mundos y éticas.

El hombre es una criatura esencialmente moral, han dicho todos los pensadores: Heidegger, Mussolini, Uribe, Mancuso, todos.

Memorias de mis putas tristes no es un libro inmoral, la cosa es más grave, es un libro malo. Un porno demasiado soft, un erotismo insoportablemente flácido. El palo ya no estaba pa’cucharas, ni el de Gabo ni el del protagonista. Su castellano es vigoroso y camaleónico, toma siempre la coloratura exacta del entorno y la época, pero el argumento es desangelado. Que un viejito se agencie una niña para celebrar su cumpleaños número 90, que duerma con ella sin tocarla y se limite a olerla y a contemplarla toda la noche, no es tema suficiente para una novela. A lo sumo daba para un cuento o para un poemita decadente, o para una anécdota de salón sobre las excentricidades sexuales de los millonarios japoneses viejos.

Pero no importa, maestro, usted ya tiene un lugar asegurado en la fila más alta de la historia universal de la literatura y en las yemas de los dedos de los lectores.

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