La Lizama: la esperanza revive tras el derrame de crudo de 2018

hace 4 horas
Por: Rafael Orduz

Exterminio de indígenas

ALGUNOS DE LOS HECHOS DE VIOlencia a los que ha estado sometida Colombia se pueden medir.

Sin duda, algunos indicadores han mejorado en los últimos años, aunque en comparaciones internacionales los hechos de violencia que acontecen en el país siguen siendo brutales, como puede verificarse en la información que suministran agencias de las Naciones Unidas como ACNUR o el PNUD, según el cual ostentamos el subcampeonato mundial de refugiados internos después de Afganistán. De hecho, el Registro Único de la Población Desplazada reconoce 2,9 millones de personas en situación de desplazamiento entre 1997 y 2009.

No obstante, dado que la plataforma de los actos violentos de los noventa y comienzos del siglo estaba en tal nivel, las mejoras, medibles invitan a creer que las cosas van bien. Las tasas de homicidios y secuestros, por ejemplo, eran de tal magnitud, que las actuales representan una indudable mejoría.

Tomando las fuentes oficiales (Programa Presidencial de DH y DIH, Observatorio), los indicadores de seguridad en el país muestran que hay menos homicidios y secuestros en 2009 que en 2008, menos voladuras de torres y ataques contra puentes y vías. Hechos insoslayables a la luz de la información disponible.

El lío de los indicadores conduce, lamentablemente, a procesos de despersonalización que ocultan la gravedad de lo que sigue ocurriendo para determinados grupos de población. El lenguaje de las cifras lleva, entonces, a decir que el número de masacres entre enero y octubre de 2009 fue de 24, frente a 25 del año inmediatamente anterior. O que el número de desplazados internos (“personas expulsadas”) fue de “sólo” 248 mil en 2009 frente a 354 mil en 2008. Sumatorias válidas que, no obstante, esconden el drama humanitario que el país vive aún.

Aun en términos de las cifras frías, hay más víctimas de masacres en 2009 que en 2008 (119 frente a 113).

El asesinato de indígenas es una vergüenza nacional. Sin incluir los datos de noviembre, las cifras oficiales dan cuenta de un aumento del 64% en el monto de homicidios de indígenas en 2009, al pasar de 59 (2008) casos a 97, según la citada fuente oficial.

Víctimas de la guerrilla y las bandas armadas criminales (¿de nuevo cuño?), muertos y ahuyentados de sus territorios por estorbar corredores del narcotráfico o terrenos aptos para grandes proyectos de infraestructura, la “civilización colombiana” está matando a los indígenas, física y culturalmente, al despedazar sus formas de vida, ante la indiferencia general y los oídos sordos a las alarmas.

Hay alrededor de un millón y medio de indígenas en Colombia, distribuidos en 87 pueblos. Los awás, residentes en el departamento de Nariño, víctimas principalmente de las Farc, son uno de ellos. Si son, aproximadamente, 21.000, y entre septiembre de 2008 y agosto de 2009 les matan 50, la tasa de homicidios de 2009 para ese pueblo indígena es de 238 por cada 100 mil habitantes. Escandaloso indicador que obliga a la sociedad colombiana a tomar cartas en el asunto y al Gobierno, a protegerlos y garantizar su seguridad.

 

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