Glifosato: el primer caso por muerte que admite la CIDH

hace 1 hora
Por: Eduardo Sarmiento

Teoría errada del mínimo

En una economía limitada por la demanda, la contratación de un nuevo trabajador no contribuye a la producción.

La información más reciente revela el aumento sistemático del desempleo y la entrada masiva de jóvenes al mercado laboral para trabajar en la informalidad, como servicio doméstico, trabajadores por cuenta propia y trabajadores familiares. Al mismo tiempo, apareció un trabajo de Planeación Nacional que revela una caída de la productividad del trabajo de 3,5%. De allí se deduce, de acuerdo con las creencias en boga, que el salario mínimo se debe ajustar por debajo de la inflación. Al mismo resultado arriban los estudios de ANIF y Fedesarrollo.

Los autores de los ejercicios aritméticos desconocen su significado económico. La productividad sólo es una medida adecuada de la capacidad de producción del trabajador cuando la economía opera cerca de la capacidad máxima. En ese caso, la contratación de un trabajador aumenta la producción y la demanda y, en consecuencia, la relación entre la producción y el empleo es una medida de la contribución a la creación de valor.

Las cosas son muy distintas cuando la economía está limitada por la demanda. La contratación de un nuevo trabajador no contribuye a la producción ni a la demanda, y la productividad no sería una medida apropiada de su capacidad de producir.

El cálculo aritmético de la productividad apenas capta el estado deplorable de la economía. La precariedad de la demanda ocasiona una caída de la producción que lleva a despedir la mano de obra formal y la baja de los ingresos familiares induce a los jóvenes a regalar su trabajo en la informalidad.

El criterio de que los factores se pagan de acuerdo con la productividad sólo es válido dentro de las teorías de competencia perfecta que suponen que la economía está cerca de la plena capacidad y el pleno empleo, por lo cual, la Ley de Say se cumple. Como la oferta crea su propia demanda, la contribución del trabajo al producto refleja su capacidad de generar valor.

Si la economía está postrada por falta de demanda, la Ley de Say no se cumple y la contribución del trabajador a la producción no dice absolutamente nada. El trabajo es remunerado por debajo de su productividad real. Contrario a todas las concepciones clásicas, el desempleo y caída de los ingresos laborales evolucionan paralelamente. En palabras de Keynes, el salario no es pagado de acuerdo con su productividad sino por la desutilidad del trabajo, es decir, por el desespero de los trabajadores.

La recesión no obedece a que las empresas no tengan los equipos ni los trabajadores con la capacidad para producir. Se explica, más bien, por la crisis mundial y los desaciertos de la política económica que se han sumado para crear un estado absurdo en que los trabajadores no pueden adquirir los bienes que elaboran porque carecen del ingreso.

En este contexto, es indispensable la acción del Estado para ampliar la demanda de la economía y uno de los medios más expeditos es salario mínimo.

El ajuste del salario mínimo se cuestiona por su impacto sobre las utilidades de las empresas en un momento en que la producción y las ventas se contraen. Sin embargo, la magnitud del efecto es menor de lo que se supone. Si se tiene en cuenta que el salario mínimo representa 10% de las erogaciones de las empresas, el alza de 13% elevaría los costos en 1%.

Es algo que podría compensarse en las pequeñas y medianas empresas reduciendo el gravamen de los parafiscales o bajando la tasa de interés de los créditos, bien por la vía administrativa o la de los subsidios. En tales condiciones, la medida sólo tendría beneficios; debido al alto multiplicador del gasto de los grupos de bajos ingresos, contribuiría a incrementar el producto nacional en dos puntos porcentuales.

Al parecer, en los sectores influyentes no se ha entendido que en condiciones de recesión se configura un círculo vicioso de aumento del desempleo y depresión de los ingresos laborales.

Es hora de que se dediquen esfuerzos a encontrar fórmulas para ampliar la demanda de una economía donde la productividad observada es menor que la real y los trabajadores están dispuestos a laborar por salarios de hambre.

Para empezar, convendría que estudiaran en forma objetiva elevar el salario mínimo en diez puntos por encima de la inflación.

 

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