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hace 1 hora
Por: Lisandro Duque Naranjo

El poeta Fernando Denis

“QUIENES ME LLAMAN ‘POETA MALdito’ no han leído a los poetas malditos”, dice molesto y sobrado de razón el cienaguero Fernando Denis.

En realidad la poesía maldita la puede escribir un ciudadano muy juicioso, de igual manera a como un poeta —caso de Denis— que haya vivido una bohemia extrema, por fortuna ya superada, no necesariamente está condenado a surtir su obra con vapores alcohólicos, ambientes espesos de comisaría y dormidas callejeras. La poesía de este afrocolombiano, en efecto, no tiene nada que ver con esas trampas que le tendió la vida a los 18 años, exactamente en 1986, cuando llegó a Bogotá con el proyecto de tomársela poéticamente, y sin ningún deseo, ni capacidad, de desempeñarse en tareas materiales.

Si los poemas de Denis no expresan el teso arrabal urbano no es porque lo eludan de manera vergonzante, sino porque el joven que lo vivió a tope ya se había construido un blindaje desde su adolescencia libresca bajo los techos hirvientes de su natal Ciénaga. La gracia de las bibliotecas de pueblo, sean domésticas o públicas, radica en que en sus estanterías son permanentes best-sellers de los autores clásicos.

Una prueba al azar de poesía no inspirada en antros: “No cabe en tu abrazo la vida entera, / pero todo el Mississippi y el Magdalena / desembocan en tus ojos. Por eso amo tus orillas”. En 1997 Denis había publicado La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner, y por estar tan llevado del trago, muchos pusieron en duda su autoría. No fue preciso, sin embargo, esperar a que se apareciera con La geometría del agua (Editorial Norma), libro que lanzó el pasado 2 de diciembre, para que se le levantaran las sospechas, porque ya en los ratos en que no se iba de rones nos convencía a sus amigos de que estábamos frente a un hombre de saberes literarios, pictóricos y fílmicos excepcionales.

Como la poesía para mí es gozo, y analizarla me es esquivo, me limitaré a provocar a los lectores con este verso de Denis contenido en su Geometría del agua: “… ¿Cómo es posible que todos pasan junto a ti como si no te vieran / y yo me detengo a mirarte para siempre? /¿Qué cosa ocurre en los demás que a mí me falta para olvidarte?”.

Sería un desperdicio, luego de colmar de elogios a este poeta, pasar de largo por su ego, que quienes lo admiramos somos felices alcahueteándoselo.

Le pregunté hace poco cuál era su verdadero nombre y de dónde sacó ese seudónimo —Fernando Denis, que a quien lo escucha sin haberlo conocido le hace pensar que es extranjero—, y me dijo: Me llamo José Luis González Sanjuán. Me puse Fernando Denis porque hay muchos José Luises. Pero Fernandos también hay bastantes, le repliqué, a lo que me contestó: sí, pero muy pocos Denis.

El poeta Jotamario y Claudia, su mujer,  luego del recital de Denis, le hicieron en su casa un agasajo, al que me invitaron junto a otros amigos. Así abrió plaza el homenajeado: “Los presento entre ustedes: a mi derecha, mi fisioterapeuta, Jeannette Franco. A mi izquierda, mi médico y acupunturista, Omar Escobar. Al frente, mi traductor, Nicolás Suescún, al fondo, mi biógrafo, Jorge Pinzón. Sentados: Darío Ortiz, mi pintor, y Lisandro Duque, mi cineasta”.

Como Jotamario le dijo que escribiría su columna de El Tiempo dedicada a su gloria, recibió una llamada suya en la que le preguntó cómo la titularía. Al responderle Jota que “Denis”, éste le dijo que por qué más bien no “El Homero del Caribe”.

Su proyecto inmediato: hacer un recital, en el cementerio La Recoleta de Buenos Aires, en homenaje a doña Leonor, la madre de Jorge Luis Borges. Lo llevará allá el pintor Darío Ortiz. Lo único que hasta el momento pone en duda el viaje, es que el poeta Denis quiere quedarse seis meses en Buenos Aires, no se sabe todavía por cuenta de quién. Los argentinos se lo merecen.

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