Claudia López anuncia 'pico y género' en Bogotá: días pares salen las mujeres e impares los hombres

hace 3 horas
Por: William Ospina

Fernando Denis

TIENE 40 AÑOS PERO SIGUE SIENDO lo que son todos los poetas: un niño que juega con las palabras, que inventa sonoridades desconocidas, rebeliones contra el hábito, incandescencias inesperadas con el apacible metal del lenguaje.

“Acerca tu cuerpo, claro como un fruto bajo la lluvia,/ y deja que tus labios se vuelvan de oro,/ ostenta este sol que hiere los párpados del otoño,/ besa esta eternidad que bebe con sus labios/ todas las orillas del mundo./ No dejes que vuelvan a apagarse las antorchas,/ que siempre haya un ciervo encendido en los espejos,/ una pupila radiante del color de los pájaros/ en las islas de Homero./ Ya casi es de noche en los rostros amargos de las estatuas,/ y bajo las pasiones mortales tu nombre arde/ y se cierne sobre el mar como el musgo sobre la roca/ y salpica el ceniciento corazón de la primera estrella.”.

Ya muchos han hablado de su vida en las calles, quince años de Temporada en el Infierno, pero Denis insiste en recordarnos que en esos años de noches crueles, donde el lecho era piedras y el techo era estrellas él también se divirtió conociendo la gran ciudad, y sobre todo leyó día tras día, en la Biblioteca Luis Ángel Arango, la literatura universal, sus muchos poetas favoritos.

Lleno de referencias eruditas, conocedor apasionado de Rossetti y de Swinburne, de Dickens y de Andersen, de Coleridge y de William Morris, ha reconocido en ellos su pasión por las atmósferas góticas, por los claroscuros siniestros, por los frescos oníricos que mezclan la heráldica de las mitologías con el capricho de los sueños.

Recuerdo que el poeta Gerardo Rivera, quien hace años recorría Europa a pie, como Rimbaud, y se desplomaba de cansancio en los prados de los parques, abrió los ojos una noche en una ciudad española, y vio sobre él, perfilada contra el cielo estrellado, la estatua de piedra de un rey antiguo. “¿Quién eres?”, le dijo el rey, amenazante, con una voz de piedra. “Señor, no soy más que un mendigo”, respondió el poeta, “vine cansado de Italia y me tendí a dormir en estos prados hasta que tu voz vino a despertarme”.

Hay quienes se asombran de que el contacto desamparado con las calles produzca en un alma inspirada tan alta poesía. Pero yo creo más en la poesía de la intemperie que en la de los salones tibios y forrados de libros o de lienzos donde los demás intentábamos en vano escribir, mientras Denis garrapateaba su escritura sagrada en papeles casuales que después iba borrando la lluvia, en hojas que cubría a veces la sangre tibia, en cuadernos dejaba olvidados en las bancas de los parques.

Mucho tiempo la vida fue avara con él, pero la poesía llenaba de brillo su lenguaje. Ahora a los críticos les tocará descubrir cuál es el misterio de esas ciénagas en cuyas orillas nacieron García Márquez y Fernando Denis, qué cantan las sirenas de la Mojana, cómo convergen sobre seres de origen humilde los mitos y las músicas.

En una de sus páginas de Vivir para contarla, García Márquez recuerda aquel día en que cruzaron con su madre frente a la Estación de Ciénaga, y cómo Luisa Santiaga Márquez le señaló la plaza y le dijo: “Mira: ahí fue donde se acabó el mundo”. Cuarenta años después de aquella historia de las bananeras, en ese mismo lugar de postrimerías nació Fernando Denis, un año después de que apareciera en Buenos Aires la primera edición de Cien años de soledad. Paisano del demiurgo, Denis representa ya definitivamente a otra generación. Ha bebido a grandes sorbos la libertad y la universalidad que trajeron a nuestra lengua Darío, Alfonso Reyes, Rulfo, Neruda, Borges y García Márquez.

Denis les debe poco a sus contemporáneos y mucho a Borges, a Aurelio Arturo, a Antonio Colinas, y sobre todo a sus ingleses. A los oros de William Turner, a las estrellas de Van Gogh, a las penumbras grandes de Piranesi, y hasta a las doncellas de John William Waterhouse o a los tapices de centauros de Morris. Hay en sus versos destellos de Chesterton, al que pocos saben apreciar como poeta, cadencias de Rossetti, y urdimbres de T. S. Eliot, pero lo que mueve su estilo es un ritmo poderoso  y una desconcertante libertad.

 Como en Browning, como en Apollinaire, como en Ezra Pound, en sus poemas uno nunca puede adivinar lo que sigue, porque la voz que dicta trae palabras e imágenes de todos los confines de la lengua, y los dispone en los versos con gran sabiduría melódica. Nunca sabemos del todo lo que significan, pero leerlos es visitar un mundo distinto, donde todo obedece a otras lógicas. Yo diría que leerlo es verdaderamente soñar, con todo lo que de extrañeza, fantasía y capricho tienen los sueños, pero también con toda su capacidad de condensación y pensamiento.

Editorial Norma acaba de publicar La geometría del agua, de Fernando Denis. Ha puesto así al alcance de todos los lectores de lengua castellana una de las obras poéticas más notables de nuestro tiempo. Todo el que ame las magias del lenguaje se deleitará con estos poemas, que Juan Gustavo Cobo ha descrito bellamente como “la generosa casa del lenguaje que Denis ha edificado para todos nosotros”.

 En este planeta siempre a punto de colapsar y de renacer, Colombia es uno de los países donde está más viva la poesía. Y Denis es uno de los más altos poetas de la Colombia contemporánea.

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