La Lizama: la esperanza revive tras el derrame de crudo de 2018

hace 4 horas
Por: Miguel Gómez Martínez

Blanco y negro

CUMPLÍ UNO DE LOS DESEOS QUE tenía hace muchos años: asistir al Carnaval de Negro y Blancos en Pasto.

Hice el viaje por tierra, recorriendo una geografía que no visitaba desde cuando era pequeño y la guerrilla no dominaba las vías del país. Es un viaje espectacular, en el que el momento más impresionante es subir del cañón del Patía a San Juan de Pasto. Es uno de las topografías más impresionantes que he presenciado en mi vida, con unas montañas imponentes en su belleza y altura.

Así nos les guste a muchos de mis lectores, la seguridad se nota. No hay sentimiento de peligro, aun en Cauca y Nariño, que son departamentos donde la guerrilla sigue teniendo influencia y capacidad de acción. Para los críticos del Gobierno, la seguridad es un elemento despreciable de la política. Resulta que es fundamental para todo, especialmente para permitir la actividad económica y fomentar el turismo. Había extranjeros y mucho turista interno. Hablando con gente de la región me contaban que en los años anteriores a la seguridad democrática las fiestas languidecían, pues pocos turistas de otras regiones del país se aventuraban a realizar el trayecto entre Cali y Pasto, considerado uno de los más peligrosos por la presencia masiva de guerrilleros. Los críticos de Uribe, la mayoría de ellos pomposos intelectuales bogotanos que poco conocen las regiones, siguen sin entender su sólida popularidad. Valdría la pena que escucharan a quienes sufrieron en carne propia el miedo que la guerrilla impuso en Valle, Cauca y Nariño, para que entiendan lo que significa la seguridad para estas comunidades.

El Carnaval es una fiesta diferente. Pero lo más especial de Nariño es la sencillez y suavidad de su población. La pobreza es muy alta. Un barrio de gente acomodada en Pasto se parece a uno de clase media en Bogotá. El caos urbano es total y la ciudad carece de atractivo. Pero su gente es amable y sin pretensiones; cordiales y simpáticos. Con gracia dijo un lugareño: “Somos el pueblo de las tres eses: sencillos, solidarios y sin cinco”. Y está el volcán, que es majestuoso. Así como Pasto no es bonito, el paisaje del departamento es hermoso. Cultivan en unas laderas cuyas pendientes empinadas desanimarían aun a las cabras. El minifundio le da al campo nariñense un colorido muy especial que uno no se cansa de admirar. A pesar de mis constantes críticas a la política de infraestructura, las carreteras están en buen estado.

La fiesta es alegre y no hay ninguna violencia, a pesar de las miles de toneladas de espuma, harina y pinturas que se lanzan diariamente. Hay que estar dispuesto a aceptar que lo mojen, lo pinten y lo cubran de harina. Durante el día, en esta época de verano, el sol casi ecuatorial es inclemente. De noche refresca. No hay restaurantes elegantes, ni hoteles lujosos, nada que ver con la Cartagena chic que las revistas de moda consideran como el centro de atracción.

Nariño es sin duda una región hermosa, especial y diferente. No hay que olvidar que se opusieron a Bolívar y eran realistas. El Carnaval es como un buen reflejo de lo que somos: una nación de contrastes y contradicciones. Un país en blanco y negro.

 

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