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hace 1 hora
Por: Julio César Londoño

El arte de la biografía

LA BIOGRAFÍA ES EL ZOOM DE LA HIStoria, su primerísimo primer plano, con la ventaja de que no tiene que renunciar a los planos generales.

Aquí reside su encanto, en que igual puede captar la panorámica del campo de batalla o mostrarnos las gotas de sudor que corren por el rostro del soldado. Por eso es un género para todos los gustos. Satisface las expectativas del aficionado a la estrategia, fascinado por esas flechas que ilustran los movimientos tácticos de Los Aliados en 1945, y las del lector corriente, que prefiere fisgonear por las rendijas del búnker los detalles de los últimos días del Fuhrer.

 La biografía debe ser moralmente equilibrada, es decir, consignar las virtudes y las infamias del personaje. Primero, para que la narración tenga las oscilaciones y los claroscuros que el arte exige. Hay que buscar la nobleza del villano, el pecadillo del santo, la ternura del verdugo. Y segundo, para que el biografiado tenga relieve, para que no parezca una caricatura del bien —o del mal—.

El biógrafo contará la obra pública del personaje, claro, pero no puede omitir los hechos menudos. Debe decirnos que Einstein tocaba el violín, que Joyce era buen bailarín y mal poeta, que Balzac bogaba litros de café negro mientras escribía (de eso murió), que Sábato fue físico, Demóstenes gago, Newton usurero y Rousseau, eximio teórico de la educación, un pésimo padre. La regla puede ser esta: incluid casi todo lo pequeño, y uno que otro suceso público. Al fin y al cabo los grandes sucesos son demasiado conocidos. (“El arte es todo lo contrario de las ideas generales; sólo describe lo individual, sólo propende a lo único. En vez de clasificar, desclasifica”, dijo para siempre el maestro del género, Marcel Schwob, en el prólogo de sus Vidas imaginarias).

El escenario es clave. Hay que dibujar bien el fondo y explicar sin cháchara en qué andaba el arte, la ciencia, la religión, la política o la moda de la época.

Los historiadores distinguen dos clases de biógrafos: los que escriben correctamente, y los que saben hacerlo en prosa. Prefieren a los primeros porque consideran que los prosistas son proclives a la ficción (como Schwob). La verdad es que ambos falsean la historia pero el prosista lo hace a conciencia porque es dueño de su instrumento. El historiador, en cambio, la distorsiona por simple torpeza. Puesto a escoger, prefiero las explosiones controladas. Por eso tengo más confianza en los cirujanos que en los cuchilleros.

¿Existe una fórmula mágica para escribir excelentes biografías? Por supuesto que sí: la fórmula consiste en hacer una buena investigación; la magia, en escribir bien. Eso es todo. Basta darle duro y al ángulo, como decía D’Stefano.

Inciso 1. Hay que arrojar a la basura las nueve décimas partes de la investigación. Si no, el texto resulta prolijo, como los de Lugdwig, Sweig, Muriac, Frank Harris, Gerald Martin, Fernando Vallejo y tantos otros señores que arruinaron la plana por incontinencia, por locuaces. En la biografía en particular, como en el ensayo en general, la exhaustividad es un camino infalible al fracaso.

Inciso clave: la exactitud no es una cualidad indispensable en el biógrafo. Una fecha imprecisa o ciertas licencias narrativas son cosas que molestan a los eruditos, no al hombre de la calle, que busca la esencia del personaje, no su radiografía. Pero los defectos psicológicos del biógrafo son imperdonables: los chistes flojos, la pedantería y el academicismo son fatales siempre.

Ah, se me olvidaba: un biógrafo debe ser un gran especulador. Cualquier profesor investiga, cualquiera puede aprender a escribir, pero hay que nacer inteligente para dominar el arte de la especulación.

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