Por: Armando Montenegro

A cambiar el rumbo

EL CAMBIO DE GOBIERNO EN AGOSTO dará la oportunidad para producir el necesario viraje que permita enfrentar los graves problemas que se han venido acumulando en forma peligrosa en los años pasados. A diferencia de la lucha contra la guerrilla, donde sí se requiere continuidad y firmeza, en casi todos los demás asuntos públicos es indispensable un cambio de rumbo.

Este cambio, indispensable para recuperar el camino de la modernización y el crecimiento, se debe extender a la mayoría de las dependencias del Estado. Son necesarias “caras nuevas en los carros oficiales”; es preciso que vuelvan al gobierno los técnicos, los expertos y los intelectuales, hoy desterrados de los puestos públicos por la chambonería, el amiguismo y la improvisación.

En el campo de las finanzas públicas, el déficit fiscal del Gobierno es inmenso (4,6% del PIB); la estructura de los impuestos está plagada de exenciones, ineficiencias e inequidades; los debilitados ingresos del Estado están comprometidos por muchos años. Los pasivos contingentes originados en las pensiones, la salud y los pleitos y reclamaciones contra el Estado son enormes. El acelerado crecimiento de la deuda pública no es sostenible. Son urgentes profundas reformas en materia tributaria, presupuestal y de seguridad social.

El desempleo y la informalidad se han agudizado en forma notable. La horrible tasa de desempleo de casi el 15% ya no es muy distinta a la de los primeros años del primer gobierno de Uribe. Se ha subsidiado generosamente a quienes compran máquinas y equipos que les quitan el trabajo a las personas (la “confianza inversionista” tiene prelación sobre la “confianza laboral”). Un sistema desordenado y caótico de subsidios estimula la informalidad y se convierte en un peso para las finanzas públicas. El próximo gobierno ya no podrá eludir los graves problemas del mercado laboral que hacen que el país sea, cada día, más inequitativo y menos competitivo.

En los ocho años pasados no se completó ninguna obra de infraestructura de importancia. El Gobierno se limitó a realizar anuncios y a firmar una serie de contratos que se modifican con frecuencia, se amplían, se pagan y se repagan, pero no producen carreteras, puentes y autopistas. En la mayoría de los departamentos no se construyó nada que valga la pena. Allí el Gobierno se redujo a prometer y a dejar mal contratadas una serie de obras, cuyos pleitos y dificultades serán el calvario de los ministros de Transporte por mucho tiempo.

Los problemas del sistema de salud, incluso si no se cae la improvisada reforma que se discute en la actualidad, quedarán sin solución. La deuda pensional está aumentando otra vez, a raíz de los regalos y la ausencia de una política sobre la materia. Sin mayor previsión se han comprometido las vigencias futuras en un sinnúmero de obras y contratos. Los observadores especializados perciben que la corrupción va en aumento.

Más allá de los problemas puramente económicos, los retos son incontables; aparecen en casi todos los asuntos del Estado. Su mera enumeración necesitaría varias columnas como esta.

La noticia positiva es que hay buenos candidatos presidenciales, con equipos serios y capaces. Ellos saben que, al lado de los propósitos de mantener la seguridad, es necesario corregir el rumbo de casi todas las políticas públicas. El continuismo no es una opción.

 

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