Por: Alberto Carrasquilla

La clase media

Las cifras muestran que a la política pública colombiana de la última generación le ha importado un pito la pobreza y que se ha preocupado más por la clase media.

Entre 1981 y 2005 la población mundial subió en 1.800 millones de personas, llegando a 5.400 millones en total. Al mismo tiempo, la población pobre (quienes viven con un ingreso inferior a US$1,25 de paridad al día) cayó en 526 millones de personas. Si la incidencia de la pobreza no hubiera mejorado en la última generación, lo cierto es que el mundo tendría 1.400 millones más habitantes pobres de los que efectivamente tiene.

Ahora bien, si no usamos esta línea de pobreza, que es la usual, sino la línea de pobreza aplicada en un país avanzado, las cosas son muy distintas. Por ejemplo, la línea de pobreza (para un hogar de cuatro personas) en Estados Unidos es de US$13 al día, lo cual equivale en Colombia a un hogar de cuatro personas con ingreso total, medido a precios de paridad, de unos $6 millones mensuales. Lo interesante es que el porcentaje de la población que supera los US$13 permanece idéntica, en alrededor de 5% en el ámbito mundial (14% en Colombia).

Juntando los dos pedazos de información, concluimos que durante el último cuarto de siglo hay un incremento sustancial de un grupo poblacional que no es pobre, en el sentido usual, pero sí es pobre en el sentido en que tal condición se entiende en países avanzados. Varios trabajos recientes definen este tipo de grupo social como la “clase media” de los países emergentes y han encontrado que responde a la política pública de una manera muy distinta a la población estrictamente pobre.

En Colombia, la clase media, definida de la manera anterior, representa el 72% de la población total. Otro 14% es pobre —según la definición convencionalmente utilizada (recibe menos de unos $600 mil mensuales en un hogar de cuatro personas)— y el 14% restante supera la barrera de los US$13 de paridad al día.

Lo interesante es que, contrario a lo que ha sucedido en el resto del mundo en desarrollo, desde comienzos de los años 90 la clase media colombiana no ha incrementado su peso porcentual en el conjunto de la población. De hecho, desde 1993 hasta 2005 (última cifra disponible) su participación cayó de 79 a 72%, mientras que en el mundo en desarrollo subió de 58 a 70%. Nos diferenciamos del resto del mundo en desarrollo porque tuvimos más éxito que los demás en graduar gente de la barrera de los US$13 diarios, al tiempo que estamos entre los peores en materia de lucha contra la pobreza, de hecho subiéndola en un período de reducción sin precedentes en el resto del mundo.

Nuestra atipicidad me parece muy paradójica, dado que el período 1993-2005 (no hay cifras comparativas posteriores) estuvo dominado, desde el punto de vista de la política pública, por el espíritu progresista de nuestra Constitución, al amparo de cuyas maravillas igualitarias uno hubiera esperado observar caídas fuertes en la pobreza y un fortalecimiento importante de la clase media.

El contraste marcado entre la reiteración de la palabrita “social” en cada milímetro de la extensísima Carta y de su voluminosa jusrisprudencia, de una parte, y las cifras concretas que observamos en materia social veinte años después, amerita no sólo una interpretación, sino también un serio propósito de enmienda.

Yo iniciaría cualquier debate planteando que las cifras muestran a las claras que a la política pública colombiana de la última generación le ha importado un pito la pobreza y que su preocupación fundamental ha sido el bienestar de la clase media. Chévere un tope a las tasas de interés para quienes ya tienen crédito; chévere un salario mínimo elevado y unos aportes patronales altos para favorecer a quienes ya están en el sector formal. Importa un pito condenar a una población cada vez más numerosa a la informalidad laboral, al desempleo o a trabajos de baja o nula productividad y al oneroso e inhumano gota a gota financiero.

La barrera descomunal que esta orientación de política les ha impuesto a los ciudadanos más pobres y vulnerables del país, para impedir su acceso a la formalidad, nada tiene que envidiarle al Muro de Berlín.

 * Ex ministro de Hacienda.

 

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