Por: Salomón Kalmanovitz

La voracidad que se autodevora

LA CAÍDA DEL REFERENDO REELECcionista es una prueba de que las instituciones creadas por la Constitución de 1991 funcionan relativamente bien al impedir la perpetuación de la tiranía.

La independencia de la Corte Constitucional ha salido indemne frente a los ofrecimientos que a última hora trajo el secretario jurídico de la Presidencia, en el indebido intento de cambiar la decisión sobre la exequibilidad del referendo. Increíble que el presidente Uribe haya controvertido la ponencia del magistrado Humberto Sierra, cuando estaba moralmente impedido para defender su interés personal.

La decisión de la Corte Constitucional de hace cuatro años, que aprobó la primera reelección, fue cuestionable al ceñirse exclusivamente a despejar vicios de forma en lo que aprobó el Congreso en varias vueltas. Si la Corte es la guardiana de la Constitución, debe impedir fundamentalmente que el mandatario de turno la cambie para beneficiarse; no debe ignorar tampoco, como lo hizo, que la reforma destruía el balance de poderes, desataba la corrupción, permitía utilizar indebidamente los aparatos de seguridad del Estado y encubrir los crímenes de sus funcionarios y familiares. Esta vez la Corte fue más allá y argumentó que el pueblo puede cambiar la Constitución pero no sustituirla, lo cual le impide a Uribe aspirar de por vida, pues permitir un tercer período es liquidar la Constitución de 1991.

Fue la Corte Suprema de Justicia, también dotada de gran independencia, la que impidió que muchos de los crímenes de los políticos aliados con los paramilitares quedaran sin castigo, a pesar de las enormes presiones directas, el espionaje hasta financiero y el intento de manchar la reputación de los magistrados.

Es que ocho años de gobierno son demasiados: dotaron al Presidente de un poder excesivo que los constituyentes de 1991 negaron rotundamente al prohibir la reelección en todas sus formas. Fue ese exceso de poder el que obnibuló al mandatario y a sus ineptos funcionarios, creyendo que nada podía detenerlos, que no importaba el carrusel de equivocaciones que cometían en la ejecución de las políticas públicas, en las concesiones y en los contratos. Peor aún fueron los yerros en el propio diseño del referendo que llevó a numerosos vicios procedimentales, marcados incluso por el desconocimiento del idioma. El desprecio por la técnica y por la cultura le cobró al Gobierno una pesada cuenta que de pronto comenzó a desmoronarlo, mostrando que tenía pies de barro y que estaba envuelto en una comedia de errores de la que sólo podía salir por la puerta de atrás.

Si el presidente Uribe sale derrotado no le pasa lo mismo con el uribismo que se consolidará como fuerza mayoritaria en el Legislativo y posiblemente ponga también el sucesor del incumbente. Pero ya sin el timonel que imponía la disciplina y les daba unidad a los más dispares, oportunistas y corruptos políticos, es seguro que el movimiento se dividirá y cada uno cogerá por defender su feudo, su región o su interés particular. Es posible también un triunfo de alguno de los independientes, en cuyo caso habría un Ejecutivo débil que le correspondería negociar con el Congreso, algo que no le es extraño a la tradición del país.

La moraleja es que la voracidad es un vicio que produce ceguera y que se hace tan patente e incremental que termina devorando el propio proyecto del que consideró que podía aplastar a todos los que se les opusieran a sus designios.

 

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