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hace 58 mins
Por: Juan Gabriel Vásquez

La para-sociedad católica

EL ESCÁNDALO AHORA ES ALEMAnia: sabemos que Ratzinger conoció a un cura pedófilo de Essen, autorizó una terapia y le permitió luego volver a ejercer el sacerdocio (donde siguió violando niños durante años).

Hace apenas unos meses, el escándalo era Irlanda y sus treinta mil víctimas de abusos sexuales; hace algunos años hablábamos de Estados Unidos y los cientos de miles de dólares con que las parroquias compraron el silencio de sus violados. Los escándalos seguirán, pero hace mucho que dejaron de ser responsabilidad exclusiva de los violadores, ni siquiera de esa institución cómplice que los ampara y los tolera. No: es posible que la responsabilidad la tengamos todos.

Con la connivencia de los fieles, la Iglesia católica se ha comportado siempre como si las leyes de nuestras sociedades no fueran aplicables a sus miembros, y la práctica le ha dado la razón: nuestras sociedades —nuestros gobiernos interesados, nuestros ciudadanos hipócritas— han sido expertas en mirar para otro lado, en levantar cortinas de humo o en ampararse en argumentos que no resisten el primer cuestionamiento y sin embargo pasan por buenos. Y así la Iglesia católica ha construido una verdadera sociedad paralela, una para-sociedad, donde los criminales son efectivamente impunes. Esa impunidad tolerada por todos ha dejado ya generaciones enteras de víctimas. Pero ahí sigue: la impunidad sigue en firme.

Ahora los defensores de la institución invocan la última reacción del papa: aquella pastoral que dedicó a los irlandeses. Muchos han hablado de “condena sin atenuantes”, o de rechazo en los “términos más duros”. No la habrán leído, me imagino; yo sí lo he hecho, y me he encontrado con un documento insustancial que, al mejor estilo de la politiquería secular, ocupa muchas líneas en no decir nada. Hay una frase que me fascina (hay varias, pero sobre todo una). Dice el papa que en la Iglesia de Irlanda “hubo una tendencia, motivada por buenas intenciones, pero equivocada, de evitar los enfoques penales de las situaciones canónicamente irregulares”. Son muchas palabras abstractas para decir lo que cabe en pocas palabras concretas: donde dice “situaciones canónicamente irregulares”, debe leerse “abusos sexuales”; donde dice “evitar los enfoques penales”, debe leerse “encubrir”; y donde dice “motivada por buenas intenciones”, debe leerse “motivada por complicidad gremial”. Lo que para otros es una condena clara, para mí es una sarta de eufemismos y una retórica vacía.

A esa carta insustancial siguieron las palabras, ya famosas y también infames, del ángelus dominical del 21 de marzo. “Perdón para el pecador, intransigencia con el pecado”. Una imbecilidad: el pecado no existe, o no existe hasta que es cometido por alguien; al pecado no se le puede castigar, porque es una categoría teórica. Y de todas formas, eso que llaman pecado no importa: violar a un niño, y hacerlo aprovechándose de una posición de autoridad, es un delito tipificado en nuestros códigos penales. A mí no me importa que estos curas sean pecadores, y me trae sin cuidado que vayan a ser juzgados por un dios en el que no creo, o enviados a un infierno que no existe. Lo que quiero es que sean condenados por un juez penal y encerrados en una cárcel para delincuentes comunes, que es lo que son. Y que allí se pudran.

 

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