Por: Lisandro Duque Naranjo

Chao, Uribe

HACÍA OCHO AÑOS EXACTAMENTE que no experimentaba un relajamiento como el que ahora me embarga.

Esa molicie, por supuesto, se debe a la certeza de que al actual presidente le quedan ya pocas semanas en su cargo, lo que me basta para ni siquiera pensar todavía en quién vaya a sucederlo y dedicarme más bien a disfrutar el instante.

Obviamente no soy el único contento, pues gran parte del país se siente como si lo hubieran soltado de un patio de cárcel. Se estrena un aire de desinhibición, una temporada de liviandad. Yéndose Uribe, hasta los aguaceros dan buen genio. Los magistrados de la Corte Suprema, por ejemplo, que sufrieron sus groserías y las contestaron con un léxico íntegro pero contenido, ahora emplean términos más desenfadados. Eso en cuanto al organismo al que el azote del barrio se la pasaba haciéndole espionaje y conminándolo a la expiación. La Corte Constitucional, por su lado, a la que supuso de lavar y planchar, ya le sacó la maleta del todo desde el referendo y, cogiéndose confianza, acaba de tirarle por la borda su lastimoso proyecto de emergencia social. Por su parte, la Fiscalía, tan acomodada a las circunstancias, apenas estuvo segura de que el señor Uribe salía de la escena, y encima de eso supo que Juan Manuel se estancaba en las encuestas, sacó del limbo los expedientes por lo de las chuzadas y volvió a empapelar a Sabas Pretelt y Palacio Mejía por lo de la yidispolítica. Ahí nos vamos dando cuenta de todo lo que iba a empolvarse en los anaqueles si hubiéramos tenido un Uribe III. Muy justo que el hombre aprenda por fin lo que es la soledad del poder, que en su acepción no literaria equivale al descaro con que sus obsecuentes de la víspera le pierden el miedo y hacen, por fin, lo que les dicta su conciencia. Un poco tarde, pero nada es perfecto. Y para colmos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos despide a su gobierno con un severo cuestionamiento a propósito de la matada de pobres muchachos (falsos positivos), la colaboración de su Fuerza Pública con criminales y el hostigamiento a magistrados y periodistas.

Aún así, este presidente ya en las últimas se la pasa peregrinando por emisoras para implorar que no le dejen botadas aquellas letanías rancias ya: “¡Seguridad democrática, confianza inversionista, cohesión social, por favor!”. Y eso que falta que, en el caso de sucederlo alguno de los que él cree va a darle continuidad a esa retahíla, termine asestándole la decepción final, pues a la fija le cambiará el nombre a todo eso y quizás hasta lo descarte por chatarra.

No le pido entonces mucho al próximo gobierno, ni me preocupa de momento lo que haga. Me basta simplemente con que se limite a ser el posterior al actual, cuya ausencia me procura un placer químico. De lo que estoy seguro, es de que quede quien quede al mando del país, y toco madera para que no sea cierta persona, jamás me hará decir que “me sentía mejor con Uribe”. Es que después de éste es imposible seguir más hacia abajo. Uribe es la excepción a la norma de que “todo es susceptible de empeorar”.

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Piedad Córdoba:  Otro caso patético es el del procurador Ordóñez Maldonado, quien viéndose a gatas por el emplazamiento que le ha hecho la Corte a causa de su onanista concepto del cohecho, volvió a poner en circulación las boberías trasnochadas contra Piedad Córdoba. Si este funcionario fuera correcto, y en lugar de un misal leyera textos de derecho, a quien debiera citar es al propio Presidente que fue el que le pidió a la Senadora emprender las gestiones y contactos por los que ahora cree poder enjuiciarla y que ella cumplió a la vista de todos. Y con resultados tan satisfactorios —ya perdí la cuenta de los secuestrados cuya devolución a sus familias y hasta al propio Ejército obtuvo con la desganada autorización del Gobierno—, que el país lo que le adeuda es un desagravio del mismo tamaño de su solidaridad.

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