Por: Reinaldo Spitaletta

De fraudes y otros santos

No sé si había más emociones en las elecciones de hace tiempos, cuando se votaba en sobrecitos con sufragio de papel y se pintaban  los índices de los votantes con tinta indeleble.

Ah, y aquélla era tinta roja, no sé qué pensaban entonces los godos al ver ese color chillón. En fin. Creo que eran hasta más emocionantes los fraudes de esos días, cuando, por ejemplo, la gente se acostaba con un presidente electo y amanecía con otro elegido. ¡Qué tiempos aquéllos!

Están tan tediosas las campañas  electorales, que algunos columnistas prefieren hablar sobre bufandas, otros sobre corbatas, el de más allá acerca de lo  vigente que está la mona Marilyn, y no falta el que acuda al fútbol y al técnico portugués de moda. Están –dicen algunos muchachos- más llamativas las figuritas del álbum del Mundial que las caras hoscas y de farsa de los candidatos.

Dicen, sobre todo en mentideros de la burguesía colombiana, que la falta de Uribe en las elecciones le restó interés a la contienda. Porque con Uribe ya se sabía que ganaban los banqueros, las transnacionales, la plutocracia, los intereses norteamericanos, en fin,  pero, como van las cosas, puede suceder que gane alguno de los candidatos a los que no invitan a debates porque no marcan en las encuestas.

Y a propósito de debates, algunos de los cuales se parecen más a programas de concurso que a una confrontación de ideas y propuestas programáticas,  en el de Citytv al que mejor le salieron las cosas fue a Petro, y después a Pardo y Vargas Lleras. A Santos, que es el candidato de la gran burguesía, del uribismo y de cierta rancia clase social, le fue como a los “perros  en misa”. También le fue mal en una universidad vallecaucana, en la cual no le permitieron hablar y le gritaban “¡Chucky!”.

Dicen que al tipo le chocó lo de Chucky y advirtió que quien así arengaba era un terrorista, tal vez un guerrillero de civil, y el peligro está en que los que así calificaban al candidato que no se sabe si es conservador o liberal, o viceversa, podrían terminar siendo parte de un “falso positivo”, como bien lo dice una propaganda disidente que circula por internet y muestra la efigie del infante Juan Manuel.

Y a propósito del candidato de la “U”, al que no le permiten hablar en la “U” pública, dice el escritor Álvarez Gardeazábal que representa tres peligros fundamentales. Uno, su enemistad morbosa con Chávez “que nos puede llevar a una estúpida e inconveniente guerra con Venezuela”. Sobre este asunto, el ex ministro de Uribe y de Pastrana, ha dicho que ni riesgos, que mantendrá buenas relaciones con los vecinos.

Y ahí, en ese punto, viene el peligro dos, según el autor de Cóndores no entierran todos los días: “La orden de captura de un juzgado ecuatoriano por el operativo en el campamento de Raúl Reyes”. El novelista y ex alcalde de Tuluá advierte en ese sentido que “podemos correr el riesgo de tener un presidente reo ausente en Ecuador”.

El tercer peligro tiene que ver, justamente, con los “falsos positivos” o crímenes de estado, uno de los sucesos más aberrantes de la historia contemporánea de Colombia. Por más que se tape el escándalo de los falsos positivos –dice Gardeazábal- si no se realiza “un proceso en Colombia con los verdaderos responsables, el juez Garzón o la Corte Penal Internacional tienen vía libre para juzgarlos por crímenes de lesa humanidad”.

O sea que por estas aristas, el asunto electoral sí va subiendo de emociones. Porque, además, se sabe que ya hay sectores de la burguesía colombiana que, al estar perdiendo plata con el cierre de exportaciones a Venezuela, le apuestan a candidatos no tan ariscos y con menos pasado siniestro. ¡Ah!, y otro riesgo con Santos es que, tal como lo dice el escritor y periodista vallecaucano, es que le abran proceso por falso testimonio en el caso del almirante Arango Bacci.

El caso es que, viéndolo bien, estos comicios presidenciales, tediosos y todo, tienen cierto picante. Pero también mucho de vísceras y entripados. Poca reflexión y mucha emotividad mediática. Como este ha sido un país de fraudes, esperemos que el próximo le gane en teatralidad al de los años setenta, cuando nos acostamos con un presidente y amanecimos con otro.

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