Por: Klaus Ziegler

La humillación de envejecer

La vejez es una enfermedad incurable, dijo Séneca. Con el transcurso de los años vamos muriendo lentamente. Se desvanecen los recuerdos, nos vamos poblando de ausencias y se nos mueren las ilusiones. Cada día desaparecen entre 30.000 y 50.000 neuronas.

A los 70 años nuestro cerebro ha perdido un décimo de las neuronas que teníamos en la juventud. Las conexiones entre las neuronas también se dañan y los procesos mentales se desorganizan, el razonamiento se dificulta y se deterioran la memoria a corto plazo y el lenguaje.

El cristalino, en constante crecimiento, después de los 40 años es demasiado grande para que los músculos ciliares puedan dilatarlo (a los 70 su masa se ha triplicado con respecto a lo que era a los 20), lo que se traduce en la incapacidad para enfocar las imágenes cercanas, condición conocida como presbicia.

La masa muscular comienza a menguar después de los 25 años. A los 50 se ha reducido un 10% y a los 80 esta reducción puede llegar al 50%. Por ello el viejo luce flaco de brazos y piernas, aunque barrigón, debido al debilitamiento de los músculos del abdomen y al peso cada vez mayor del tejido adiposo. Su rostro muestra nariz prominente y grandes orejas, debido al crecimiento incesante de los cartílagos. “La humillación de envejecer”, como dijo alguna vez Borges.

El sistema inmune lleva una de las peores partes con el envejecimiento. Después de los 40 años la acción de los neutrófilos (un tipo de glóbulo blanco) es más débil, lo que se traduce en infecciones más frecuentes y graves. Enfermarse es privilegio de los jóvenes, ¡el viejo vive enfermo!

Nadie sabe muy bien todavía por qué envejecemos, aunque se sospecha que las causas yacen ocultas en el genoma. Michael West, investigador de la compañía Geron, ha identificado un conjunto de genes que promueven el envejecimiento de la piel, los vasos sanguíneos y algunos tipos de células del cerebro. Asimismo, en la Universidad de Texas, los científicos han descubierto un programa genético que parece regular el envejecimiento. Cuando se activa, las células comienzan a envejecer; si se desactiva, la vida de las células puede extenderse en forma considerable.

El envejecimiento y la muerte son parte del plan maestro de la vida. La máquina de la naturaleza, ciega y despiadada, supo cómo plantar en el interior de cada célula un programa de muerte que le permitió deshacerse de los individuos desgastados, simples vehículos transitorios de los genes. Siglos atrás, Montaigne lo sospechó: “Tu muerte forma parte del orden del universo, es parte de la vida del mundo, es la condición de tu creación… Deja lugar para otros, como otros lo dejan para ti”.

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