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12 Dec 2021 - 2:00 p. m.

La palabra de Dios con perspectiva de género

Contenido patrocinado por la Pontificia Universidad Javeriana

¿Es posible utilizar la Biblia para combatir la violencia de género? Una investigación en teología afirma categóricamente que sí y lo hace a través de la lectura contextual de un pasaje que describe un caso de feminicidio.

Paula Andrea Grisales Naranjo de Pesquisa Javeriana

La investigación la lideró docentes de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana.
La investigación la lideró docentes de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana.
Foto: Cortesía Universidad Javeriana

La violencia puede tomar formas muy diversas, la más drástica de todas es el asesinato. Y cuando el motivo se relaciona con que la víctima es mujer, se le llama feminicidio. Pero ¿qué significa esto realmente? La activista Diana Russell lo explicaba de manera sencilla diciendo que es cuando los hombres matan a las mujeres motivados por el odio, el desprecio, el placer o por la suposición de propiedad sobre ellas. Esta problemática, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es particularmente preocupante en América Latina, en donde están las tasas más altas del mundo en este tipo de violencia.

Aunque la palabra feminicidio es relativamente nueva, el acto que conlleva no lo es. Viene ocurriendo desde hace cientos o incluso miles de años y, de hecho, está descrito en la Biblia. Uno de los pasajes más escabrosos del Antiguo Testamento en los que se narra un feminicidio, y quizá también uno de los menos conocidos, es Jueces 19 o “El levita y su concubina”, en el que una mujer es violada por desconocidos y luego asesinada y cortada en pedazos por su esposo.

Justamente este relato es un elemento crucial dentro de una investigación en torno a la violencia de género llevada a cabo por docentes de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana, quienes a lo largo de dos años estuvieron reuniéndose periódicamente con cuarenta mujeres pertenecientes a tres organizaciones sociales, con quienes desarrollaron una investigación en torno a la lectura contextual de este pasaje.

“Trabajamos con Huellas de Arte, un grupo de personas que vive y convive con VIH. La mayoría son mujeres de familia infectadas por sus parejas. También involucramos a Sueños sin Límites, un colectivo de mujeres que ejercen la prostitución. Y a Lideresas de la Alianza, un grupo acompañado por la Comunidad de las Hermanas Adoratrices [y cuyas integrantes] estuvieron en el mundo de la prostitución y ahora están en una etapa de resignificar sus vidas”, explica el investigador José Luis Meza Rueda.

Con los tres grupos de mujeres, el grupo de investigación Didaskalia trabajó el relato de Jueces 19 desde la lectura contextual, es decir, interpretando este pasaje tanto desde el contexto histórico en el que fue producido como desde la historia de vida de cada una de las mujeres participantes.

“Hay dos maneras de hacer teología: una desde el escritorio, donde, como dice el teólogo latinoamericano Pedro Trigo, ‘yo leo 50 libros y, luego, produzco el libro 51′, pero no salgo de mi estudio. La otra forma, partiendo de la realidad. En esta puedo hacer desde la fe una lectura contextual, histórica, encarnada y pública de lo que les sucede a los hombres y mujeres de hoy. Se trata de una teología que se interesa por los problemas de las personas, de las comunidades y qué es lo que están viviendo. Y mirando estos tres grupos de mujeres, ahí había un aporte por hacer a nivel teológico, trabajando con ellas”, manifiesta el investigador.

“Ya me di cuenta”

El estudio se realizó utilizando la metodología de investigación acción participativa (IAP), que busca transformar la realidad social de las comunidades involucradas. Para el profesor Meza, este cambio se produjo a través de un proceso de ‘concienciación’, que las mujeres nombraron como autoagenciamiento o empoderamiento. “Cuando ellas decían: ‘¡Ah, ya me di cuenta!’, ‘¡no sabía que yo tenía derecho a…!’. Eso es empoderamiento. ‘Yo puedo vivir sin estar sometida a nadie’, ‘esto vale la pena, la vida no acaba ahí’. Frases como estas revelan ese cambio”, explica.

“Para mí fue una experiencia interesante porque una de las cosas que decíamos era que el empoderamiento femenino no es una herramienta que te traen otras personas, sino que se construye”, comenta Laura Algarra Gil, integrante de Huellas de Arte. Por su parte, Mayerline Vega, directora de esta misma organización, destacó: “Yo tenía una predisposición a pensar que había un adoctrinamiento desde la lectura bíblica, pero fue un proceso bonito. No nos sentimos como un ‘objeto de investigación’ sino como sujetos participativos de la investigación. En las discusiones tanto el conocimiento técnico como el conocimiento de la vida cotidiana tenían valor. Era un intercambio de saberes”.

La lectura de Jueces 19 involucró actividades, lecturas y reflexiones en torno a este relato crudo y violento. Meza explica que una de las preguntas que se les hizo a las participantes fue si conocían historias similares a las de la concubina. Esto llevó a que compartieran relatos sobre otras mujeres y sobre ellas mismas en los cuales habían sido víctimas de violencia por parte de sus parejas. En algunos casos las historias se mezclaban con drogadicción, desaparición y feminicidio.

“Me marcó que dentro de las reflexiones que hacíamos surgieron experiencias personales de las compañeras. En los procesos organizativos de lucha, por decirlo de alguna manera, nos conocemos y hay confianza, pero con ese ejercicio de lectura salieron experiencias que no habíamos compartido antes, que habíamos dejado de lado”, comenta Laura, y agrega: “Hay muchas cosas detrás del trabajo de las causas sociales y es detenerse a mirarnos: ayudarnos entre nosotras mismas, identificar si la otra necesita o no algo, hacer una pausa, mirarse al detalle y mirar a la otra como mujer, como compañera, como amiga”.

“Puedo vivir por mi propia cuenta”

Otro ingrediente clave del proceso de investigación fueron los proyectos productivos que las mujeres propusieron y desarrollaron en la última fase, llamada ‘propuesta de transformación’, con los que plantearon realizar cambios concretos en sus realidades. “En esta fase las mujeres llegan a conclusiones como ‘yo puedo vivir por mi propia cuenta’ o ‘no tengo que depender de alguien’. Una de ellas, por ejemplo, sabía hacer muffins, pero lo consideraba un hobby. En el proceso se dio cuenta de que eran muy buenos. Ahora está viviendo de ese proyecto productivo”, recuerda Meza.

Entre las cosas que destaca el investigador está que en los procesos realizados a través de la IAP, la transformación ocurre en doble vía, es decir, los investigadores viven su propia transformación. “Al final se forjó un vínculo con los tres grupos. Yo estuve al frente del trabajo con Huellas de Arte y con ese grupo se formó una relación muy bonita, incluso seguimos apoyando algunos de sus eventos”, comentó. Sobre este vínculo, Mayerline agrega: “Hubo un intercambio de valores como la amistad, la bondad, de una u otra manera la ternura y el respeto. Me permitió entender que el conocerse con otros e intercambiar vale la pena y que la investigación no es una cosa cuadriculada”.

Finalmente, al indagar con el profesor Meza acerca de los grandes retos que tienen hoy en día la teología y la academia, señaló que, si esta quiere ser pertinente, deberá trabajar seriamente con los empobrecidos y marginados de nuestro tiempo: desplazados, campesinos, minorías étnicas y sexuales, reinsertados, migrantes y jóvenes, entre otros.

“Con los jóvenes, por ejemplo, pienso en el aumento del suicidio en el último trimestre. Nosotros, la teología y la academia, estamos llamados a ver con detenimiento sus problemas y necesidades. No hay que esperar a que ellos vengan. Además, tenemos que salir del centro. Es necesario llegar a las regiones, a la Colombia profunda. Debemos salir de nuestra zona de confort”

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