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24 Apr 2022 - 2:00 p. m.

Tango, fútbol y asados: algunos imperdibles en un viaje a Buenos Aires

Contenido desarrollado por el equipo de Especiales Comerciales

Sueños que se vuelven realidad. Experiencias con sello argentino muy apetecidas por los colombianos.
Andrés Osorio Guillott

Andrés Osorio Guillott

Periodista Deportes
Caminito es uno de los paseos más emblemáticos de Buenos Aires y de los atractivos imperdibles para quienes lo visitan.
Caminito es uno de los paseos más emblemáticos de Buenos Aires y de los atractivos imperdibles para quienes lo visitan.
Foto: Getty Images

Ese era el sueño por cumplir. Y jamás un sueño había sido tan completo. Uno siempre crea las utopías con imágenes, pero pocas veces con sonidos u olores. El sueño era caminar por Buenos Aires, la Avenida 9 de Julio, las librerías y bibliotecas que parecen apropiarse de las calles. Dicen los estudios, para argumentar lo anterior, que hay 22,6 librerías por cada 100.000 habitantes, siendo así la tercera ciudad con más recintos de este estilo en el mundo (y cómo no, si en mi país surgieran Borges, Cortázar, Piglia, Walsh, Storni, Puig, Pizarnik y Sábato, entre tantos otros, también impulsaría las librerías). Era ver las camisetas de River o Boca. Era el olor del vino, de la carne. Era escuchar el tango en su lugar de origen. La vida me arrojó en Colombia, pero me empujó a la Argentina con sus canciones, sus historias, sus goles. Culpa de ellos que reúnen ese misticismo que hay detrás de la pasión que refleja la danza de una pieza de Carlos Gardel o detrás de un domingo de asado y fútbol, de disponerse todo un día para pensar en función de la hora del partido, de la alineación del equipo, del presente del rival y del club propio, de la ansiedad de cantar, saltar y vestir con orgullo una camiseta.

Era un 19 de diciembre, como el cuento de Fontanarrosa y la historia del viejo Casale. No era un día para el clásico de Rosario como ese relato, pero sí para el de Buenos Aires, para el mítico Boca-River. Y si bien el solo hecho de ese partido era suficiente para sentir ansiedad, las canchas que compiten con las librerías por adueñarse de la capital de Argentina terminan por reafirmar la sed de un partido. Dicen que esta ciudad porteña es el destino con más canchas de fútbol, sumando su área metropolitana, y ni hablar de los estadios de La Bombonera, El Monumental, el José Amalfitani, el Pedro Bidegain, el Tomás Adolfo Ducó o el Diego Armando Maradona (claro, un estadio con el nombre del 10 no podía faltar).

Caminito: destino obligado. Parecía de película que todo encajara. Día de sol, de una birra, de amigos, cerveza y fútbol. Pero todo tiene su momento, dice el proverbio, y la mañana era para deambular por el callejón que se hizo famoso por un tango. Cada vez se escuchaba más fuerte la melodía de un tango. Inconfundible el sonido metálico y romántico del bandoneón que a lo lejos ya atrapaba. Escucharlo era buscarlo y recordar lo que alguna vez dijo Jorge Luis Borges: “Sin las calles y los atardeceres de Buenos Aires no puede escribirse un tango”.

Y luego del bandoneón, se empezó a escuchar… “Era para mí la vida entera, / Como un sol / de primavera, mi esperanza y mi pasión / sabía que en el mundo no cabía / toda la humilde / alegría de mi pobre corazón / ahora, cuesta abajo en mi rodada / las ilusiones pasadas, yo no / las puedo arrancar / sueño con el pasado que añoro / el tiempo viejo que lloro y que nunca volverá”. Al terminar el coro ya estábamos al frente de una pareja que bailaba la canción de Carlos Gardel. Vestido rojo para ella, vestido negro para él. Las manos tan firmes como las miradas que se clavan en los ojos del otro. La sensualidad. Un ícono cultural. La muestra de que lo popular trasciende su carácter para hacerse universal y atemporal. Unos minutos para imaginar la escena en blanco y negro, para volver justamente en ese tiempo viejo que algunos añoramos y que el tango nos permite abrazar para que no se nos escape como la arena se desliza entre los dedos.

Momento de comer. Qué mejor prólogo para una tarde futbolera que un asado. Los bodegones y las parrillas a merced del paladar. Un Kobe, un ojo de bife, un Angus argentino. Incluso antes un choripán. Pecado sería no vivir un domingo así, con el ritual de los amigos y la familia alrededor de las cervezas, el vino y las famosas carnes que se sirven a lo largo y ancho de Buenos Aires. Atrás, temporalmente, queda el tango. Mezclado con el sonido de las parrillas al calentarse y de los cortes asándose, suenan algunas cumbias y canciones de rock. La nostalgia de recordar a Gustavo Cerati; la emoción de oír a Charly García o Fito Páez. Entrar en calor para ir a fútbol, y pasar de ellos a Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes o La Mosca, de esas canciones que se convirtieron en las murgas, los bombos, redoblantes, platillos y trompetas que se ubican en la mitad de las barras y son amparadas por las banderas que ondean los nombres de los equipos.

La cúspide del sueño era dirigirse al estadio. Costaba creerlo, pero el día había encerrado varias imágenes que en el pasado parecían lejanas y ahora eran realidad. “Cuando en el mundo ya no quede nada, en Buenos Aires la imaginación”, dijo Fito Páez. En las calles las camisetas de Boca y River abundaban, al igual que las banderas. La pasión no hay que describirla. Ella sola habla y se expresa en la ansiedad que se siente entre tantas personas que esperan la hora del partido. Una cerveza camino al estadio. Cantar, saltar y mover los brazos como si fuera hincha de toda la vida. No había momento para las angustias. Ni en Inglaterra, que inventó el fútbol, se vive el fervor de un partido como se vive en Argentina. Es la vida misma. Antes de entrar, pero ya con los cánticos retumbando en mis oídos, reafirmo lo que cantó Gardel: “Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver no habrá más penas ni olvido”.

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