¡Que siga viviendo la música!

La oscilación entre géneros del músico profesional y la primera ilusión del músico principiante. 'C.M. no récord', una historia sobre la materialidad del oficio musical, es una novedad de la editorial Alfaguara.

Ya está María del Carmen Huertas. La Cali enarbolada de los setenta. El cannabis amargo de los Stones. Los iluminados por los barbitúricos que brincan, clarividentes, al ritmo de un pogo de Led Zeppelin: Andrés Caicedo y su música, la que vive, resucita y sigue viviendo cada vez que un lector se sumerge en ella con altoparlantes.

Ya está Chaparro disfrazado de Pink Tomate, sus maullidos, la gata de la azotea —la que le gusta— a la que le dice que es “cosa seria”. Ya está Amarilla en la cocina escuchando un solo de Hendrix al tiempo que decide si se suicida o no. Está la Bogotá oscura, lluviosa, miserable; la de a diario. El trip trip trip deseado por todos. La salsa de tomate en la que a veces nos queremos ahogar.

Ya están las hojas de un libro convertidas en canciones. Ya se han hecho notas con punto y comas; ruido con párrafos; psicodelia con gramática.

Ahora la historia de la música en las letras es menos sensitiva. Está por fuera el lugar común. Se proyecta desde el oficio del músico, su día a día, su padecer, su modo de vivir haciendo arte, su elección vital por las melodías.

Es la historia de Pizarro, Alcázar, Guzmán, Talero y Rocha. La historia de una banda de músicos de una ciudad andina que quiere alcanzar un prodigio: tocar sin guitarra eléctrica. La de una de esas bandas noventeras que se vieron influenciadas por 1280 Almas. Por el renacer de Rock al Parque. Por los primeros, únicos y privilegiados grupos que se exportaron a la escena internacional.

Para un lector despistado el título de esta historia podría resultar confuso. Será porque parece más el nombre de una disquera, o de un cd de una banda de heavy metal. Será también porque la intención de su autor fue hacer provocativa su obra al canto, a la consonancia, al ritmo. En sus palabras, porque quiso que “tuviera más sonido que sentido”.

Como un punk en español

C.M. no recórd no está alejado de la política. Es música con trasfondo social. Contestataria, crítica, insolente. Es el nombre de una banda fantasma que decide bautizarse así porque en su ciudad son comunes los asesinatos a grandes líderes políticos, paradójicamente, los que nunca llegan a la Presidencia. Los Candidatos Muertos.

Ésta, a diferencia de la historia de Caicedo y la de Chaparro, que tienen citas para melómanos y datos para coleccionistas, no tiene una pretensión “archivadora”, ni “sensacionalista”, como llegó a catalogar la crítica a cada una de estas obras. Es más bien una radiografía del músico urbano que ha optado por ese quehacer como elección de vida.

Por eso, para Juan Álvarez, su autor, era importante tener una visión particular de la novela rockera en Colombia: “Yo quería escribir una historia que uniera a los protagonistas, a los músicos que cargan instrumentos todas las noches, los grupos de mariachis de la Caracas, los que no piensan en códigos, ni en géneros, ni en la proyección de un nombre, sino los profesionales de la amenización, los de clase media que no tienen un discurso autocomplaciente, ni autorreferencial, los que trabajan con la música para pagar el arriendo”.

Para este autor, formado en filosofía en la Universidad de los Andes y maestro en escrituras creativas en la Universidad de Texas, escribir su primera novela constituyó una especie de redención de pecados juveniles. “En C.M. no récord se encuentran condensadas todas mis frustraciones, mis ansias por ser músico, pero también las ganas de hacer literatura que traiga la atención de jóvenes y viejos, de esa que se hace con decantación”.

 

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