¡Santo súbito!

El exembajador de Colombia ante la Santa Sede e invitado este domingo a la beatificación de Juan Pablo II explica las razones de fondo del Vaticano para llevar a Karol Wojtyla a los altares en tiempo récord.

“¡Santo súbito! ¡Santo súbito!”, fue el coro que se les oyó a más de un millón de personas agolpadas en la Plaza de San Pedro el 9 de abril de 2005, día del funeral de Juan Pablo II. Las mismas palabras que se repitieron durante todos los días que duró el desfile interminable frente a su sepultura. Las personas congregadas allí evocaban así el recuerdo de San Francisco de Asís, que por reclamo popular fue casi inmediatamente reconocido como santo.

Mil años después una gran masa de fieles católicos reclamaba lo mismo para un Papa que se había propuesto hacer que el ingreso en el tercer milenio fuera para la Iglesia la garantía de seguir siendo una respuesta espiritual e integral vigente para las generaciones de hoy y de las venideras.

La disciplina sobre la Causa de los Santos, establecida por Pablo VI en el documento “Sanctitas Clarior“ y por el propio Juan Pablo II en “Divinus perfectionis magister”, habría de necesitar de la voluntad del Papa Ratzinger para poder responder a ese llamado popular que contradecía todas las precauciones que se habían tomado en el pasado para evitar que se promoviera como santos a quienes, si bien gozaban del favor popular, no eran ejemplos plenos de santidad como se quería.

El Código de 1917 establecía dos tiempos para ingresar en un proceso de beatificación. Uno era el de los cinco años y el otro el de los 30. Se hacía así para evitar que el fresco afecto y la impresión que causaba el recién fallecido llevara a las personas a manifestar emocionalmente algo que podría estar equivocado. Pero fueron la buena voluntad y el conocimiento personal que tenía el Papa Benedicto XVI de Juan Pablo II lo que lo llevaron a levantar ese obstáculo y hacer que el proceso se iniciara apenas pasados dos meses después del sepelio.

Al principio, en la historia de la Iglesia no había normas diferentes a aquellas del reconocimiento de quienes habían padecido el martirio. Se era Mártir y por tanto se era Santo. Hoy, precisiones más o precisiones menos, si se sufre el martirio a causa de la fe se es santo aunque se haya complicado un poco la cosa por la multiplicidad de interpretaciones sobre la validez de la fe profesada. Un mártir no necesita milagros sino que se presente como tal válidamente al Papa que ha de proclamarlo.

Con el tiempo y luego de Constantino fueron desapareciendo los mártires y era lógico porque lo cristiano se convirtió en religión oficial del imperio. Se abrió así el camino para una nueva categoría, como lo fue la de los “confesores”, que algunos decían sustituían el heroísmo del instante por el de toda una vida siendo fiel al servicio a la fe en la cotidianidad, que va a constituir aquello que se llama “virtudes heroicas”.

Larga es la historia que hace sustituir la iniciativa de la comunidad que convencida de la santidad de alguno de sus miembros se presentaba ante el obispo con los restos del difunto (la traslación) para que diera el decreto de la “elevación” a los altares. Se decía por entonces que “la voz del pueblo es la voz de Dios” (Vox populi, vox Dei). Con el tiempo, tanto degeneró esta práctica con favoritismos inexplicables que el Papa en el Siglo XII se reservó el derecho a canonizar.

Desde apenas el Siglo XV aparece un doble nivel. Hay beatos y hay santos. El Papa Sixto IV establece este doble nivel para reducir el número de quienes eran proclamados “santos” y establece entre las dos categorías diferencias apreciables. Quien es proclamado como “beato” puede tener culto, pero restringido a una diócesis o a un país; no puede ser titular de una iglesia o de un altar sin permiso estricto de la Santa Sede, que ha de levantar no artículos de ley, sino limitaciones impuestas por la liturgia. No puede ser declarado “patrono” y si bien es portador de una aureola no lo es de una diadema, que es la que distingue a los santos que gozan de culto en la Iglesia universal.

El olor de santidad

La primera condición para entrar en el proceso de ser declarado santo es haber fallecido “en olor de santidad”. Muchas personas se preguntan por la precisión de este concepto y son muchas las interpretaciones que hay desde el proceso mismo del embalsamamiento del difunto o de las especias que en su cuerpo derramaban los fieles.

Hablan estas costumbres de la fama de santidad, que es un concepto precisado por Benedicto XIV que exige que ella sea detectable de manera espontánea, y del ejercicio de las virtudes cristianas en grado heroico, que surge solamente del juicio del Papa quien debe dar veredicto de la persona frente a las virtudes teologales, las virtudes cardinales y, en el caso de los religiosos, de la profundidad y autenticidad con que hayan vivido los así llamados “consejos evangélicos”.

Un tercer punto de ese “olor de santidad” está constituido por la ausencia de obstáculos insuperables que impidan la elevación a los altares . El obispo del lugar ha de declarar que el candidato a beato o a santo está libre de maledicencias o que éstas son calumniosas o injustas, así como no haber permitido el culto al candidato, ya que ello violaría la reglamentación vigente para el “placet”, para el nihil obstat.

Personajes tan conocidos como el Siervo de Dios José Gregorio Hernández han fracasado en la causa de beatificación entre otras razones por un desafortunado culto no autorizado, así como ha habido causas que han debido suspenderse porque al dejar opinar a las gentes de la comunidad se han descubierto facetas desconocidas de algunos candidatos a la elevación a los altares.

El camino recorrido

No ha sido fácil para Karol Wojtyla llegar a la gloria de los altares. Dos meses después de su sepultura y por permiso del nuevo Pontífice se crearon los comités. Sin duda alguna para la vida terrenal el Papa era polaco, pero en la Iglesia una persona no es de donde nace a la vida temporal, sino de donde muere, ya que es la condición para nacer a la vida eterna. Eso quiere decir que el beato o el santo son para todos los efectos tan romanos como el más auténtico de ellos.

Dada esta claridad se hacía necesario recopilar todo lo referido a Karol Wojtyla desde su nacimiento hasta su muerte. Vale decir, escribir una biografía completa —lo más completa posible—, recopilar exhaustivamente sus escritos, no sólo los bibliográficos, sino también los epistolares, los de opinión, su obra teológica; enlistar los testimonios a favor o en contra o aquellos bajo condición y entre todos ellos escoger entre 25 y 30 que sean verificables mediante comparecencia o audiencia ante un tribunal y finalmente pedir al obispo que asumiera la tarea de presentar la causa.

El caso Juan Pablo II era difícil, ya que las biografías escritas tenían necesariamente el sesgo del momento histórico y era preciso lograr una que gozara de mayor imparcialidad; sus escritos como intelectual, comunicador, cura de almas, obispo, arzobispo, cardenal, habrían de ser estudiados tanto como aquellos de cuando fue Papa de la Iglesia Católica en todos los temas. Escanear la vida del Papa Juan Pablo ya era difícil por sí mismo, porque el obispo ha debido nombrar (ya que es el actor de la demanda de beatificación) un postulador que se dé a la tarea de coleccionar todo y de buen criterio ejercer el discernimiento que conduzca a una adecuada beatificación.

Realizados estos estudios, sometido lo escrito a la mirada y estudio crítico de dos experimentados teólogos, se llega a obtener la licencia para avanzar, esa licencia es el equivalente a un “certificado penal general” en el derecho común, en donde se dice que nada se atraviesa en el orden formal en el empeño de conseguir el título, bien sea de beato o de santo.

Entonces se llega al milagro

Sin milagro no hay beato ni santo. Todos nos preguntamos acerca de lo que es o no es un milagro. La definición es rigurosa y hace referencia a un “hecho religioso insólito que supone una intervención gratuita de Dios y que es un signo de un mensaje divino que llama por sí mismo a la conversión”. No son los santos los que hacen los milagros, sino que es Dios a través de ellos quien realiza o permite la realización de hechos prodigiosos.

En segundo lugar, es preciso entender que el milagro ha de superar las leyes de la naturaleza de manera evidente y ha de ser “instantáneo” y tener, además, la característica de ser irreversible. La curación de la monja que acudió a Juan Pablo II goza de la plenitud de estas características.

Hasta la época del Papa Benedicto XIV se era mucho más exigente, ya que habían de presentarse al menos dos milagros corroborados por testigos o cuatro que pudieran ser testimoniados por personas creíbles que hubieran escuchado acerca de los prodigios obrados. Esto para ser beato, ya que luego de la ceremonia de beatificación se partía de nuevo de cero y el beato tenía que obrar dos nuevos milagros para ser proclamado santo. Hoy, habiéndose acrecentado las exigencias sobre el milagro, se requiere tan solo uno para la beatificación y uno adicional logrado después de la ceremonia de beatificación, para ser canonizado.

Con todos estos estudios se llega a la “positio”, que es el documento central que pasa a un estudio certero de comisiones de todo tipo. Por ejemplo, son de distinta procedencia y tendencia los médicos que han de certificar sobre lo inexplicable en términos profesionales del hecho milagrosos que se coloca a su estudio. Igualmente, en la parte teológica son siete los teólogos que estudian la documentación y luego una comisión de 14 cardenales ha de dar su parecer, que requiere 2/3 partes de favorabilidad y se llega así al momento en que se pide al Papa dar vía libre mediante su aprobación a la declaratoria de la beatitud o santidad de quien está implicado en el proceso.

Es preciso decir con claridad que es decisión del Papa determinar si se va directo a la canonización o se debe pasar por la beatificación, que es el camino normal o consuetudinario. En el caso de Juan Pablo II no ha querido Benedicto XVI exceptuarlo de hacer esa ruta como todos los demás candidatos y hace bien por cuanto mantiene la tensión testimonial sobre la figura providencial de Juan Pablo II, que de seguro brindará a la Iglesia en poco tiempo nuevas emociones de cara a la santidad por llegar mediante nuevos prodigios que por la fuerza del modelo de vida que es dará renovadas riquezas y dones a la cristiandad.

Y se llega a las reliquias

Siempre hay un reconocimiento de los restos mortales del “santo”. Se ha dicho que de Juan Pablo no se van a mostrar los despojos mortales “por lo reciente” de su defunción. Aceptado, pero para llegar a esa determinación se debieron abrir los ataúdes para certificar la autenticidad de lo contenido. Y habrá de saberse por deducción que si hay reliquias de los huesos (ex ossibus) es porque el cuerpo no estaba íntegro, ya que expresamente se prohíbe si el cuerpo está íntegro intervenir en él. En este segundo caso adquieren enorme valor las reliquias de los vestidos (ex indumentis), que ya circulan acompañando la oración compuesta para pedir los favores del “beato”.

Este domingo el cardenal vicario de Roma pedirá al Papa proceder y se pronunciará la fórmula que hará que caiga sobre la puerta central de la Basílica de San Pedro una imagen grande con la figura de Juan Pablo II que habrá de suscitar la alegría del mundo entero, ya que el deseo de su beatificación supera la catolicidad y recorre linderos de opinión que van más allá de lo religioso.

Un día después tendrá lugar una Misa de Acción de Gracias y una audiencia pontificia que cerrará este capítulo que mil años después de Francisco de Asís concitó al pueblo —al mundo en general— a reconocer una vida que sin duda alguna, recordando la buena nueva de Jesucristo, va a servir para iluminar la construcción de una nueva sociedad.

Canciller liderará delegación colombiana

Desde hace semanas Roma se está preparando para mostrarles su mejor rostro a las miles de personas que arribarán a la ciudad para asistir a la ceremonia de beatificación del papa Juan Pablo II y en especial a los 16 jefes de Estado y 87 delegaciones extranjeras que estarán presentes este domingo.

De la lista de invitados se destaca la asistencia de los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia, los reyes de Bélgica, Alberto II y Paola, y los presidentes de México, Felipe Calderón, y Honduras, Porfirio Lobo. Por el lado colombiano, la delegación estará encabezada por la ministra de Relaciones Exteriores, María Ángela Holguín, y el embajador ante la Santa Sede, César Mauricio Velásquez.

Sin embargo, todos los ojos estarán puestos en el presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, quien, a pesar de ser declarado persona “no grata” por la Unión Europea, será partícipe del evento más importante del año para la Iglesia católica.

 *Consultor pontificio, exembajador de Colombia ante la Santa Sede y doctor en teología de la Universidad de Bonn.