¿A dónde te fuiste, fantasía?

Las librerías Francesa y Nobel convocaron esta semana unas tertulias sobre la literatura fantástica, esa que inmortalizaron Borges y Cortázar y que hoy en Colombia poco se escribe.

Una horda de lectores expectantes y algo molestos se acercaron a las puertas de la editorial que en 1975 había publicado el Libro de arena, del escritor argentino Jorge Luis Borges. En uno de los cuentos, el autor contaba la historia de un hombre que vivía alejado en algún rincón de la Pampa y que un día empezó a ver pasar albañiles y constructores hacia la casa de un escocés que vivía cerca. Ante la intriga de tanto movimiento, el hombre se acercó a las ventanas de la casa y, tras ver unos muebles deformes, enormes, de estructuras que difícilmente dejaban intuir una figura humana, concluyó que quien iba a ser su nuevo vecino era un monstruo venido de la lejana tierra de Escocia.

La gente estaba agolpada en la oficina de la editorial reclamando la última hoja del libro que no había salido publicada. “El libro estaba incompleto”, demandaban los que ávidos querían conocer la descripción de aquella criatura horrenda. No sabían los lectores que no había tal página, que Borges no había descrito al monstruo, que su intención como la de mucha de su literatura había sido crear una atmósfera, hacer sentir una cierta perplejidad de todo y saltarse la obviedad para darle una vez más vida a ese género que había leído en Howard Phillips Lovecraft y en Arthur Clarke: el de la literatura fantástica.

La exaltación del público lector, que quedó inmortalizada en la anécdota que Borges contó una y otra vez en reuniones a sus amigos, anticipaba cómo de forma masiva la tradición creada por los norteamericanos en el siglo XIX, como Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, continuada luego por Ray Bradbury y canonizada por algunos escritores latinoamericanos como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, movilizaba ánimos en el sur del continente.

Las sacudidas que podría generar en Colombia ese género que rompía con la realidad ordinaria, que desdibujaba los límites de lo cotidiano y lo insólito, no hubieran agolpado a tanta gente frente a ninguna editorial. No porque no hubiera lectores, sino porque más bien la tradición literaria colombiana, como explica el profesor de literatura de la Universidad Nacional y escritor Manuel Hernández, estuvo siempre más apegada a la realidad.

“En 1941 Bioy Casares escribió La invención de Morel e hizo en Latinoamérica una cosa que se pensaba que no se podía hacer. Luego, él y Borges crearon La antología de la literatura fantástica. Nosotros en Colombia para esa época estábamos muy lejos de que algo así sucediera, estábamos muy afincados en el principio de realidad, ya sea porque fuera horrible, pintoresca o costumbrista”, comenta Hernández, quien asegura que sólo en los años 60 aparece el primer filón de esta literatura en Colombia, con el escritor Antonio Mora Vélez.

Justamente este cierto exotismo y marginalidad del género han hecho que la Librería Francesa y la Librería Nobel convocaran esta semana en Bogotá las dos primeras tertulias sobre literatura fantástica, con el fin de que más y nuevos lectores se encuentren con estos otros mundos literarios posibles que parecen escapárseles con insistencia a las grandes editoriales. “Esta literatura no puede confundirse con literatura de fantasía como Tolkien o C.S. Lewis, que crean universos coherentes consigo mismos y en los que de alguna manera no hay sorpresa. En la literatura fantástica más bien todo parece fluir normalmente y acoplarse en el mundo en el que vivimos y de repente todo se da la vuelta y uno queda sin piso, con la duda de si sucedió un hecho fantástico o si es que el narrador se volvió loco. Se crea así una vibración en la percepción de la realidad en donde una cosa que podría ser una cosa se convierte en otra”, explica Juan David Cruz, escritor colombiano y profesor de la Universidad de Carolina del Sur, que ha sido convocado a estas tertulias y que publicó el libro Dream a little dream of me: Cuentos siniestros, una compilación de 13 cuentos en los que explora las particularidades de este género.

Por su parte, otro de los invitados a las tertulias, Juan Lara, director de la revista Escarabeo, asegura que “en Colombia ha habido una respuesta a este tipo de literatura fantástica en la que aparecen elementos de lo sobrenatural y de lo misterioso, desde el realismo mágico, que encuentra que la realidad es mucho más rica y más sorprendente que las meras invenciones de la imaginación. La literatura imaginativa, de anticipación, sobrenatural, no ha sido muy frecuente aquí, también porque las editoriales no han mostrado mucho interés en publicar literatura de ficción en general”.

Encontrarse durante dos tardes para hablar de otra literatura —una que se fuga al narcotráfico o a los afanes de retratar la realidad tal cual es, una que piensa en el efecto de horror o desconcierto que se genera en el lector, una que disloca la percepción y vuelve las letras una pugna entre el sueño y la vigilia— ha logrado convocar a un público numeroso que, aun así no llena ningún salón, sienta un precedente para dejar ver que hay muchos escritores, lectores y editores que echan de menos los soplos de unos aires más fantásticos.

 

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