¿Innovación para la prosperidad?

NADIE DISCUTE HOY QUE LA CAPAcidad de innovación es una condición imprescindible para la prosperidad de las naciones. Ni que hay una estrecha relación entre la cultura de innovación de los habitantes y las organizaciones de una sociedad, por un lado, y la educación y los esfuerzos que la misma realiza en materia de ciencia y tecnología, innovación y desarrollo, y calidad de la educación, por otro.

Lo ha reconocido de tiempo atrás el primer mandatario de la nación y lo reafirmó hace pocos días en la cumbre de científicos del Microsoft Research en Cartagena.

Entre los múltiples procesos y etapas asociados a la innovación, hay una prueba de fuego: la colocación exitosa en los mercados nacionales y externos de bienes y servicios que contengan innovaciones, bien en su forma final, bien en los procesos para producirlos. Los datos para Colombia no son alentadores. Si bien Colombia batió los registros de exportaciones de bienes en el primer bimestre de 2011 (US $ 7.730 millones), los tradicionales bienes primarios dominan más del 60% del valor total de las exportaciones y, sumando otros derivados de aquellos, se llega a la inquietante conclusión de que 85% del valor de nuestras exportaciones son básicas, sin mayor valor agregado.  Los bienes clasificados como de alta tecnología pesan menos del 2% del total.

Las cifras son consistentes con otros indicadores. Sumando esfuerzos públicos y privados, el país invierte alrededor del 0,4% de su PIB en actividades de ciencia y tecnología y menos de 0,2% en investigación y desarrollo. En Cartagena, el presidente Santos presentó la cifra de 15.000 profesionales dedicados hoy a tales menesteres, es decir, aproximadamente 300 por cada millón de habitantes. Sólo por referencia, los datos de Finlandia, Corea del Sur y Chile son 7.700, 4.200 y 830, respectivamente (Base de datos KAM, Banco Mundial). Sorprende, entonces, la baja asignación de recursos asignados en el plan 2011-14 a una de las locomotoras, la de nuevos sectores basados en la innovación  (US $ 120 millones en total).

Análisis similar se puede realizar en materia de patentes, uno de los indicadores primordiales de innovación. Tanto las concedidas en Colombia como en oficinas del exterior, como de la Uspto de los Estados Unidos (entre siete y diez al año, en promedio), representan un número ínfimo para un país que aspira a ingresar a la OECD.

Fortalecer los procesos de innovación no es sólo asunto de dineros públicos. La expectativa del Gobierno en torno a la reforma constitucional al régimen de regalías, que le permitiría destinar 10% del valor a las mismas, no ha estado acompañada de una hipótesis consistente de gestión de tales dineros. Una vez se apruebe la reforma se requerirá la correspondiente ley reglamentaria.

¿Cómo participarán las regiones? ¿Cuál será el papel de Colciencias, convertido en departamento administrativo? ¿Qué rol tendrá el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo que ha liderado el tema de los “sectores de clase mundial”? ¿El SENA? ¿Las diferentes entidades que administran fondos para las micro y pequeñas empresas?  ¿Cómo se articularán las empresas y los centros de investigación, incluidos aquellos ligados a las universidades? ¿Qué espacios habrá para fondos de capital de riesgo y apoyos a procesos de comercialización, teniendo en cuenta la premisa de que la cultura de innovación se traduce en penetración de los mercados internacionales?

Es necesario  el compromiso a fondo de los empresarios con la innovación.  Por su parte, las universidades deben orientar mayores recursos a la investigación  aplicada a proyectos que alienten el emprendimiento innovador. Y, por supuesto, la educación orientada a la innovación.

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