¿Justicia después de Srebrenica?

Nací en Sarajevo y viví y sobreviví al más largo calvario de la historia moderna.

La lección más grande e importante que aprendí en aquellos 1.425 días de vivir en una ciudad en la cual la única certeza era la muerte, en una ciudad sin comida, agua, electricidad o vida, fue que en los momentos más difíciles los seres humanos caminan hacia los dolores más grandes, las tristezas más insoportables o los duelos más terribles en completo silencio.

Recuerdo que vivimos en un albergue durante días y días: estábamos convencidos de que podríamos derrotar al demonio tratando de llevar una vida “normal”. De hecho, los niños cantaban en voz alta para demostrarlo; estábamos furiosos con la comunidad internacional por no hacer nada para prevenir las atrocidades que ocurrían en Bosnia y la gente gritaba frente a las pantallas de televisión en un acto desesperado. Era como ver que los funcionarios del mundo, que tomaban las decisiones sobre nuestro destino, fueran incapaces de escucharlos. Luego, una mala noticia vendría, miles serían asesinados por bombas o balas de francotiradores  y lo único que podía escucharse en nuestro refugio era silencio.

La primera vez que fui a Srebrenica fue hace siete años con una pareja de amigos. Paramos en Potocari, un Memorial donde las víctimas del genocidio de Srebrenica (8.372) están enterradas. Nos sentamos allí en silencio, adormecidos y sin habla durante una hora. Una de las mujeres de nuestro grupo comenzó a hacer una oración por todos los que yacían allí y en ese momento sentimos que las únicas palabras que no eran intrusas eran las de Dios. Ninguna persona tiene palabras que se ajusten a Potocari, la única cosa apropiada para este lugar es el silencio.

No veo los procesos que se adelantan en  La Haya contra los criminales de guerra. Paré de hacerlo después de que comenzara el juicio contra el jefe político de los serbios de Bosnia, Radovan Karadzic, quien está siendo juzgado. Simplemente, no encuentro sentido al verlo explicando y justificando con gran emoción el monstruoso plan de creación de “un estado para los serbios”, en el cual no encuentra nada malo. Él mantuvo a mi pueblo bajo un terrible asedio durante 1.425 días y creó la necesidad del Memorial Potocari para que  8.372 inocentes pudieran encontrar la paz luego de permanecer distribuidos en diferentes fosas comunes.

Por esto no me emocioné cuando las noticias informaron sobre la captura de Ratko Mladic. Racionalmente sé que esto es importante, que es necesario que aquellos que cometieron los peores crímenes de guerra, los planearon y ordenaron reciban el castigo que merecen. Y sé que es muy importante que la verdad sobre la guerra en Bosnia se legitime de alguna manera a través de los veredictos del Tribunal de la Haya, sin embargo, no creo que exista ninguna justicia para esto. O para ser más precisa, no creo que ninguna justicia sea posible después de Srebrenica. El 11 de julio de 1995 sucedió y el resto es silencio.

 *Profesora Asociada de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo, Bosnia-Herzegovina ([email protected])