Ópera colombiana en son cubano

A los 77 años, el cantante cubano Ramón Calzadilla mantiene su vibrato y su pasión por el canto.

El silencio que reina en una de las cuadras del tranquilo barrio La Esmeralda se interrumpe por un bemol sobreagudo que sale de una ventana. Los transeúntes que pasan desprevenidos, voltean a mirar para identificar la fuente de tan particular sonido. En la casa, además del maestro y su alumna, está María, su esposa. “Sigue, mami”, dice ella, mientras abre la puerta de la casa. Al subir las escaleras se llega al salón donde Ramón Calzadilla Núñez da sus clases de canto. Un teclado, un cuadro de mariposas coleccionadas por él mismo y un mueble lleno de partituras ambientan el día a día de este artista. En la pared hay algunas placas de reconocimiento por sus aportes a la cultura musical del país y el afiche de una alumna que le dedica el éxito del lanzamiento de su disco “Amo esta tierra”.

Desde el saludo, trae a colación fragmentos de arias y los tararea. El vibrato y el brillo de su voz son imponentes y se oyen a media cuadra antes de llegar a la casa. “Afortunadamente a las vecinas les gusta y les parece bonito, porque ¡dime tú!, vinimos a quitarles la tranquilidad con el canto y con el perro”, dice María, entre risas, haciendo alusión a su mascota, ‘Beto’, un san bernardo inquieto y juguetón.

Artista de la Revolución

Luego de estudiar en la Academia nacional de Santa Cecilia, donde se especializó en ópera, y de su paso por el Conservatorio Ciprian Porumbescu, en Bucarest, logró no sólo desarrollar una técnica vocal impecable, sino también comprender la psicología del canto a partir de la profundización en dos de sus vertientes: la técnica y la imagen artística.

El artista tiene tres hijos: Ramón Mihaí, quien vive en Cuba, de su segundo matrimonio, y Fran y Amir, de su matrimonio actual con la cubana María del Carmen Fernández. Para revisar su hoja de vida se necesita tiempo; es casi del grosor de una resma porque contiene una compilación de recortes de entrevistas en periódicos cubanos, fotografías de más de una docena de personajes de las óperas en que actuó y anécdotas como cantante y padre de familia. Al mostrar su portafolio revive los momentos de gloria, las ovaciones y los comentarios que, después de ser leídos tantas veces, están grabados en su memoria como una canción. En los reportajes y entrevistas suelen mostrarlo como un artista de la Revolución.

Artífice de la nueva ópera colombiana

En una gira de conciertos en Polonia, cuando Ramón era el jefe del Departamento de Canto del Instituto Superior de Arte de La Habana, conoció a la soprano colombiana Carmiña Gallo, casada con Alberto Upegui, director del Instituto Distrital de Cultura, quien lo invitó a dictar un taller en el Planetario de Bogotá durante un mes, en 1990. Cuando se venció su contrato, los alumnos querían que siguiera dándoles clase, y él lo hizo. Además, Gloria Zea, fundadora de la Ópera de Colombia, lo había contratado para que le ayudara a preparar la temporada de 1991. “El reto de darle una formación a los jóvenes cantantes colombianos era difícil porque acá no existía tradición artística”. Las sesiones iban de lunes a domingo, 12 horas diarias durante dos meses, lo que le significó un gran esfuerzo.

Mientras transcurrían los ensayos en El Camarín del Carmen, pasó algo inesperado: el barítono que debía interpretar el Don Giovanni de Mozart, contratado para cantar en siete funciones, renunció a su interpretación. Así que Ramón, de quien dependía el éxito de la obra, tuvo que cantar en condiciones delicadas de salud, debido a que sus cuerdas vocales se habían inflamado por la resequedad del clima bogotano. No obstante esta época fue una de las más estresantes en la carrera del barítono, asegura al respecto: “No me pesa porque permitió que se conformara una nueva ópera en Colombia”.

La dinastía Calzadilla

Durante su estadía en el país —que en principio era temporal—, la novia de Amir, su hijo guitarrista, entonces de 17 años, quedó embarazada. Los jóvenes se casaron, por lo que Ramón decidió rechazar un contrato que tenía en México para quedarse a vivir en Bogotá y mantener a su nieto. Hoy, Ramón tiene cuatro nietos, los tres últimos son colombianos.

“Desgraciadamente, acá de la música no siempre se vive”, dice María, para contar que, como Ramón, Fran y Amir viven de la enseñanza. Fran toca salsa y jazz y es maestro en el Centro de Orientación Musical Francisco Cristancho y en la Fundación Artística Gentil Montaña, donde Amir es profesor de tiempo completo. Mientras que Fran heredó el carácter tranquilo y medido de su madre, Amir es más parecido a su papá. Desde pequeño acompañaba a Ramón en sus expediciones para recoger mariposas y caracoles, pasión que lo llevó a descubrir algunas especies que donó al Museo de Santiago de Cuba. “Yo era muy ‘pegao’ al viejo y, con tal de acompañarlo, me iba en el carro tocando guitarra porque, ¡eso sí!, nos hacía practicar todos los días”, cuenta Amir.

Una vez, Germán Albarracín Montaña, el hijo de Gentil Montaña, guitarrista y compositor colombiano, le dijo a María: “La dinastía Calzadilla no tiene fin. No puedo abrir más cupos y todo el mundo quiere estudiar con ellos”. Con dedicación y disciplina, padre e hijos le han aportado elementos a nuestra cultura y desde géneros musicales por completo diferentes. “El viejo con nosotros fue igual o peor que con sus alumnos”, dice Fran, entre risas. “Golpeaba en la puerta y me despertaba todos los días a las 7 de la mañana para estudiar solfeo. ‘¡De pie!’, decía el viejo, y si le decíamos que queríamos dormir más, nos respondía: ‘¡Así se escribe la historia, no lo repito otra vez, de pie!’”. Al recordar esa anécdota, Fran expresa su agradecimiento. “En la música toca así y la mayor influencia fue el viejo, pues lo teníamos en la casa”, dice.

Aunque ya cumplen 20 años de vivir en un país que sienten como propio, mantienen su cultura y sus costumbres cubanas. Comen cerdo asado, carne molida, tamales cubanos y ropa vieja (carne desmechada). A diferencia de muchos compatriotas artistas, Ramón tiene relaciones normales con su país. Él y su familia pueden volver cuando quieran y desean hacerlo en las próximas vacaciones.

El maestro

En estos 20 años Ramón ha hecho escuela con alumnos que han dejado la imagen del país en alto. No puede calcular un número exacto de estudiantes: “Son cientos, ¡mira tú!, estas listas son apenas desde 2005”, cuenta mientras pasa varias hojas llenas de nombres y teléfonos escritos en lápiz. Da clases cada hora, de las 8 de la mañana a las 8 de la noche. Y dos veces a la semana viaja a Duitama y a Ibagué con el mismo fin.

En el medio de la ópera es conocido por su exigencia y por el prestigio que tiene en el mundo entero. Según Miguel Pinto, violista, compositor y director de orquesta cubano, Ramón goza de un respeto generalizado en Cuba por ser el fundador más importante de la cátedra de canto. Además, “ha sido jurado del Premio Tchaikovsky y ha ido a Rusia para interpretar la ópera El príncipe Igor. Mejor dicho, ha ido a bailar a la casa del trompo, ¿tú me entiendes?”, dice sonriente. Para tomar su clase no sólo se necesita tener buena voz, sino también carácter fuerte y estar dispuesto a escuchar críticas.

De estos cientos de alumnos, hay unos diez que son el mayor orgullo para Ramón. La mayoría enseña canto en diferentes academias y conservatorios y, además, son figuras de la ópera colombiana y de canciones folclóricas y populares. “Ramón hinchó mi ego como cantante, y me dio la confianza y la tranquilidad del registro. Las clases con él me permitieron entender y hacer a voluntad las cosas que antes hacía por inercia”, dice la maestra Beatriz Mora, quien fue su alumna durante cinco años. Al comienzo, para muchos fue difícil. “Era muy duro y tanto hombres como mujeres alguna vez lloramos en clase, pero todos necesitábamos de una u otra manera esa dureza para templar nuestro carácter”, afirma Carol Yadira González, maestra en varias universidades, al recordar sus primeras clases hace 15 años. Aunque Carol tiene una sólida formación musical, todavía va a controles antes de interpretar un papel. “Él es el que conoce mi voz y para mí siempre tendrá la última palabra”, añade Carol.

Sin embargo, en ciertos medios de la enseñanza vocal el maestro despierta resquemores, que según Marissa Pérez, otra de sus antiguas alumnas, se deben a que acá no existe otro docente con la misma experiencia y “hay quienes no soportan ser confrontados”. Esto se debe, sobre todo, al choque cultural entre las formas de aprendizaje. “Algunos alumnos son inconscientes e inconstantes, y eso no tiene cabida dentro de la mentalidad de un maestro como Ramón”, dice Marissa.

Un aporte cultural

Padre e hijos afirman que, en Colombia, la formación musical debería fundamentarse mejor. Para Ramón es inexplicable que no haya programación permanente de óperas, zarzuelas, operetas y recitales vocales, pese a contar con excelentes teatros y salas de concierto, así como con solistas, coristas y orquestas.

Fran y Amir reconocen los esfuerzos y el trabajo de los conservatorios del país; sin embargo, dicen que la carrera de música aún no es considerada como un oficio de verdad. Según Fran, no se puede comparar la educación musical de Cuba y la de Colombia, pues allá es gratuita y eso cambia todo. Amir agrega: “Hay una incoherencia en la educación musical en Colombia: a pesar de que para muchos la música todavía parece un hobby, al estudiar la carrera en una universidad privada, a los muchachos les exigen tener conocimientos muy avanzados para ingresar y graduarse. Es como si a un estudiante de medicina le exigieran hacer una operación exitosa como requisito para entrar a la carrera, o como si a un abogado le exigieran ganar un caso para graduarse. ¡Eso es absurdo!”. Amir ha vivido de cerca esta situación con sus alumnos. Sin embargo, cada vez más jóvenes se interesan por estudiar música; el mito de que con en esa carrera se pierde el tiempo se ha ido superando.

Con voz enérgica y lleno de orgullo, Ramón anuncia que Ángela Cayuela, una de sus alumnas, quedó entre las 12 finalistas —de 260 participantes— en el Concurso Internacional de Canto Montserrat Caballé, el pasado septiembre, en España. Ángela fue la única latinoamericana finalista. Además de su proceso con Calzadilla, ella se preparó con Enza Ferrari y el maestro bogotano César Gutiérrez. Y cuando alumnos como ella alcanzan estos triunfos, Calzadilla recuerda al escritor cubano José Martí, quien afirmaba: “Mejorar no puede ser volver hacia atrás. Cada siglo tiene sus estrellas”.

La lucha de los cantantes de ópera

Tanto el maestro como sus alumnos coinciden en afirmar que no es fácil vivir del canto en Colombia. En el país varias entidades se interesan por este género: Ópera de Colombia, a cargo de Gloria Zea; La Zarzuela, de Jaime Manzur; Arte Lírico, de Estrella de Malagón, y otras instituciones, como Ópera Studio y Prolírica de Antioquia. Algunas de estas entidades son dirigidas por empresarios que prefieren contratar artistas extranjeros, pero hay excepciones, como la de Jaime Manzur, quien da cabida al talento nacional. Por eso la mayoría vive de la enseñanza y de proyectos independientes.

Además, el acceso a una temporada de ópera es limitado para el público. “La cultura y el gusto por este género sí existen, pero una boleta de $60.000 o más está fuera del alcance de muchos”, dice Beatriz Mora. “Hay que ver cómo se llena Ópera al Parque; en cambio, en un teatro da tristeza ver que siempre es el mismo público”, añade con decepción.

¿Quién es Ramón Calzadilla?

Ramón Calzadilla nació en La Habana, Cuba, en 1934. A los 14 años inició sus estudios musicales en el Conservatorio Hubert de Blanck, y de canto, con la contralto ucraniana María Pissarevskaya. El triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, le permitió ampliar sus estudios en Europa, gracias a una beca que le otorgó el gobierno. Se especializó en ópera y canción de concierto en la Academia Nacional de Santa Cecilia, en Roma, y en el Conservatorio Ciprian Porumbescu, en Bucarest.

Antes de llegar a Colombia, hace 20 años, Calzadilla fue director del Instituto Superior de Arte de La Habana. Sobre la ópera y la técnica vocal ha reflexionado en sus libros: El canto y sus secretos (La Habana, 1998), El canto y la creación artística (La Habana, 2006) y Del canto y su estudio, en camino de publicación.

Calzadilla es uno de los cantantes y maestros más reconocidos mundialmente gracias a su nivel de exigencia y los triunfos de sus alumnos.

* Cortesía de la revista Directo Bogotá, de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana.

 

últimas noticias