“La fotografía ha perdido calidad y misterio”

De visita por Bogotá para inaugurar una muestra de 31 de sus retratos, el suizo que trabajó con Werner Herzog habla de la deliciosa soledad de la fotografía y sus relaciones con el cine.

¿Cómo se inició en el mundo de la fotografía?

Tenía 15 años. Un amigo me llevó a su laboratorio y cuando vi que una imagen de repente se revelaba sobre el papel en blanco, decidí volverme fotógrafo, así de simple, fue como una revelación. Luego le di la vuelta al mundo, viajé mucho, y al volver, encontré un trabajo con un fotógrafo de moda, y aunque la moda no me interesa mucho creo que fue un lugar privilegiado para aprender sobre fotografía, porque se aprende sobre la luz, sobre la psicología de la gente, cómo poner un personaje en un cuadro, fue una muy buena escuela.

¿Cómo fue entonces su transición al cine?

Luego de tres años de trabajar con la moda la dejé por completo. Traté de que me aceptaran en una escuela de cine, pero había 2000 personas y eligieron sólo a 12 y yo no fui escogido. Así que busqué un trabajo como asistente de cinematografía y eso sí lo encontré muy rápido. A los seis meses hice mi primera película, casualmente acá en Colombia, era una película para la Unesco.

¿Tras empezar sus aventuras cinematográficas encontró cercanía entre la foto fija y la imagen en movimiento?

Son muy diferentes, aunque parezcan similares, porque en el cine está el sonido, por ejemplo y también un montón de gente con la que es necesario trabajar, hay unos horarios precisos,  con unos costos altísimos, tu trabajo en el cine depende mucho de los otros, en la fotografía eres más administrador de tu propio talento.

¿Cómo fue el trabajo con ese mítico director de cine alemán Werner Herzog en la película ‘Fitzcarraldo’ (1981)?

Herzog  no me restringía e inesperadamente me daba mucha libertad, con la única condición de que hiciera grandes fotografías. Él hace películas muy apasionantes, las personas, los actores, los guiones que elije son brillantes.
¿Y cómo se vivía esa tremenda tensión que, dicen, Herzog pone en el set de grabación?
Yo las vivía muy bien. A mí me gustan las tensiones.

¿Por qué después de ocho años como realizador y asistente de fotografía decide retirarse del cine y dedicarse de lleno a la fotografía?

En 1981 hice Fitzcarraldo y decidí encaminarme en el cine, y yo mismo trabajé como realizador por 8 años, hasta que un día tras hacer una película sobre Madagascar quise dejarlo ahí, la fotografía era la soledad, la independencia, era más vagabunda y yo quería eso, quería poder hacer lo que quería. Además, si se hace una película sólo la puede uno vender cuando la acaba, la fotografía abre más posibilidades.

Con el cine a sus espaldas, se embarcó en nuevos proyectos...

Después de esta asistencia cinematográfica empecé a hacer trabajos que funcionaron en conjunto. Hice uno sobre el budismo porque a los 19  años tuve un accidente muy grave en Tailandia, y los hospitales estaban tan llenos, porque  era plena guerra de Vietnam,  que fui internado en un monasterio. Los monjes me curaron y ahí vi todo lo que hacían, estaba paralizado, no podía caminar y tras esos largos meses de convalecencia  me prometí que algún día volvería. En el 2000 volví con mi cámara y viví ahí cinco años. Para mí la fotografía es un vehículo que me permite concentrarme sobre las cosas que me gustan. Ahora mismo trabajo en un proyecto en el Océano Índico, retratando barcos de vela. De eso se trata, de revelar la belleza detrás de las cosas.

¿Ha sentido que durante estos años de convivencia con la fotografía, ésta  ha cambiado?

En realidad no hubo muchos cambios hasta hace 10 ó 15 años, las películas y los papeles se mejoraron algo, pero luego  vino la fotografía digital y eso sí cambio muchas cosas, y no necesariamente para bien. Todo el mundo puede hacer ¡clack! ¡clack! y creerse un gran fotógrafo, sin nada más que saber pulsar el botón, el mercado suscita eso y despoja a la fotografía de calidad y de misterio. Pero lo que más lamento es que la gente ya no trabaje en los laboratorios, el laboratorio, sobre todo, daba unos momentos de reflexión que no se tienen en un computador. Es triste.

¿Su estilo como fotógrafo ha cambiado durante las décadas de trabajo?

No, mi estilo no ha cambiado y eso lo encuentro extraño, si ve, mis primeras fotos, hace 40 años, perviven en mi trabajo actual, la mirada es la misma.

¿Sus maneras en la fotografía heredaron algo del cine?

Es como un matrimonio indisoluble. Mientras fui fotógrafo de moda iba todas las noches a la cinemateca y veía cuatro películas por noche, y cuando viví en Nueva York, mientras estudiaba, hice cursos libres sobre cinematografía, fueron dos lenguajes ligados siempre en mi trabajo, incluso hasta hoy. Yo me fundamento mucho sobre las bases de las viejas películas, en blanco y en negro sobre todo, porque creo que son un muy buen medio para entender cómo los grandes maestros miran y cómo lo ponen sobre película. Uno nunca termina de aprender, eso continúa.

 

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