007 al servicio de su majestad

Tiempo después, cuando volvió a Bogotá vestido de paños escoceses y zapatos de charol con hebilla, sus compañeros de colegio lo llevaron hasta la desesperación, y él, apabullado, comenzó a detestar sus trajes, peinados, zapatos y maneras, pero nunca pudo deshacerse de ellos.

O por lo menos, no tan rápido como él lo deseaba, porque sus atuendos venían de Inglaterra y eran finos, la moda, porque sus maneras eran ese acento británico para pronunciar las más ridículas palabras en inglés y tener que soportar a los niños de su edad y a los mayores que le pidieran, con ironía, “háblenos en su inglés, háblenos como Príncipe”. El tiempo lo salvó. El tiempo, el fútbol, la música, los peladeros de polvo y barro en los que se revolcaba para anotar un gol o evitarlo, las letras de revolución, los acordes de peace and love.

Nunca más fue el príncipe del que se mofaban en el colegio. Jamás intentó serlo, ni siquiera cuando vivía en Londres y tenía que vestirse como uno de ellos, pero en aquellos tiempos ni sabía lo que eran los príncipes. Su mundo se llenaba de espías, de Aston Martins como el de James Bond, de pistolas automáticas, enemigos peligrosos, hermosas mujeres poco confiables y otras no tan hermosas, igual de no confiables. Un walkie talkie, un estilógrafo que disparaba pequeños y mortales balines, guantes para manejar, para no dejar huellas, para ahuyentar el frío, y una guitarra imaginaria... O todo imaginario. Sueños, fantasías. Si no había pistolas, un palo de escoba cortado servía. Si no encontraba guantes a lo 007, con los de gala de su madre le alcanzaba.

Todo era perfecto, hasta que llegaba la hora de vestirse con los pantalones cortos de paño escocés para ir a clase, pues jamás había existido ni existiría un agente secreto de pantalones cortos. Ni siquiera disfrazado. Como niño bien, nunca habría persecuciones o espionajes, y menos, Aston Martins o mujeres peligrosas. Como niño bien, lo único peor que no ser James Bond era tener que ir a ver a la reina.

 

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