Al conocer la tragedia

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

LAS EXTRAÑAS COINCIDENCIAS DE LA CATÁSTROFE DE LA MEDIA LUNA, DONDE BATÍ MI PRIMER RÉCORD. LA MORAL QUE ME INFUNDIÓ JULIO ARRASTÍA. LO QUE SE PIENSA DE MÍ Y LO QUE YO PIENSO.

Lo demás fue pelearse la punta, con un grupo de pedalistas dispuestos a ganar: Efraín Forero, Héctor Mesa y Justo Pintado Londoño, principalmente. De manera especial en la última etapa este grupo formó un pelotón compacto muy difícil de romper. Sobre la recta final de los 100 metros, Efraín Forero embaló en forma sensacional y se llevó la etapa y la gigantesca ovación de 50.000 espectadores, que gritaban —como lo había hecho otra multitud delirante en Girardot, cinco horas antes—: “Forero, sí. Forero, sí”. Yo ocupé el segundo puesto en la etapa, y el primero en la IV Vuelta a Colombia.

La catástrofe

Aún formaba parte de las fuerzas armadas, el 11 de julio del año pasado, cuando ocurrió la catástrofe del cerro de Santa Elena, en la que perdieron la vida mi madre y mi hermana mayor, María Angélica, de 19 años, y quedaron gravemente heridos mis hermanos Juan de Dios y Francisco Alberto, el menor. Para esa época yo me encontraba hospitalizado, a consecuencia del accidente en motocicleta de que he hablado antes, y en el cual me fracturé las dos manos. Pero ya me estaba restableciendo. Como no podría correr en el campeonato nacional de Cali, me habían nombrado entrenador del equipo de las fuerzas armadas. Me encontraba en los cuarteles de Usaquén, el 11 de julio, cuando se conoció la noticia de que el cerro de Santa Elena —tan estrechamente vinculado a mi carrera, pues en él aprendí a trepar y batí mi primer récord— se había derrumbado y dado muerte a una multitud. Yo sabía que la casa de mi familia estaba a menos de tres kilómetros del lugar de la catástrofe, pero no se me ocurrió que algunos de mis parientes hubieran sido víctimas. Y cualquier impresión que hubiera podido tener en ese sentido se desvaneció esa misma tarde, cuando recibí una carta de mi madre. Estaban bien decían. Naturalmente, la carta había sido puesta el día anterior.

“Mi cabo, levántese”

Al día siguiente viajamos a Cali. De manera que nos acostamos temprano, para madrugar en forma, y rápidamente concilié el sueño, sin volverme a acordar de la catástrofe de Medellín. Pero exactamente faltando un cuarto para las dos de la madrugada, alguien tocó a mi puerta:

— Mi cabo, mi cabo, levántese.

No respondí. Seguí haciéndome el dormido, porque me imaginé que me llamaban para algo relacionado con las bicicletas y los repuestos que llevaríamos a Cali. A los dos minutos volvieron a insistir, con golpes a la puerta. De mal humor, salté de la cama, me envolví en las cobijas y me fui a la guardia.

La cara del comandante y la de todos los que le acompañaban me causó susto. Estaban lívidos. El comandante me preguntó:

— ¿Es usted muy nervioso, cabo?

Algo muy vago

Luego me contaron una cosa muy vaga. Dijeron que alguien había citado por radio que “la familia del ciclista Ramón Hoyos” había muerto en la catástrofe. Pero nadie estaba seguro. Envuelto en la cobija, todavía sin despertar por completo, estuve tratando de captar las emisoras de Medellín, que transmitían noticias sin interrupción. Sin embargo, nada se decía de “la familia del ciclista Ramón Hoyos”.

Pensé que se trataba de una falsa alarma. Todavía envuelto en la cobija, dejé dicho en el comando que si tenían alguna confirmación me avisaran, y regresé a mi cama. Inmediatamente me quedé dormido.

El sueño

Entonces fue cuando tuve el sueño: soñé que mi madre estaba en la clínica León III —donde nos internaron para la segunda vuelta— con una pierna fracturada. Conversamos largo rato, sobre muchas cosas que no recuerdo bien. Pero me dijeron que no había ningún peligro, que dentro de pocos días estaría completamente restablecida. Además, se mostró mi madre muy satisfecha de que me hubieran dado licencia para visitarla.

Sé que seguí durmiendo hasta mucho después de que se acabó el sueño. Pero cuando desperté, me pareció que aquel sueño había sido una realidad, y me sentí tranquilo. A las cinco de la mañana me puse en pie. Fue cuando salía a buscar el vehículo para Bogotá, cuando volvieron a enredarse las cosas. El oficial de servicio me dijo:

— Siento mucho lo que le ocurrió, cabo.

Como entre nieblas

Dispuesto a averiguar qué estaba pasando, me presenté al coronel Aránbula. Él me confirmó la noticia, pero la persistente sensación de mi sueño no me permitió darme cuenta de la realidad. Sé que habló por teléfono con el coronel Nayas Pardo, y que éste dio una orden: debía reclamar cien pesos en la caja, para el pasaje a Medellín. Y en caso de que no consiguiera cupo debía avisar, para poner a mi disposición un avión de las fuerzas armadas.

¡La verdad!

Me dirigí a Bogotá en automóvil. No pensaba en la catástrofe, pues no había podido formarme la idea de que era cierto. Sólo cuando llegué a la avenida Jiménez toda la verdad se me metió turbulentamente por los oídos. Un voceador de prensa pasó junto a mi automóvil, gritando que “la familia de Ramón Hoyos pereció en la catástrofe”.

Compré el periódico, sin poder dar crédito a mis ojos. Costó tanto trabajo convencerme que antes de preguntar en las oficinas de la empresa aérea si había cupo para Medellín fui a las oficinas de los periódicos a que me confirmaran la noticia.

No había cupo en los aviones. Ni en los aviones de carga. Desesperado, regresé a Usaquén y pedí el prometido avión de las fuerzas armadas. Un poco antes de las cinco de la tarde, bajo una lluvia tenue y gris y con las dos manos enyesadas vi desde el avión la tremenda desgarradura ocasionada por los derrumbes, en el cerro donde batí mi primer récord.

Extrañas coincidencias

Recuerdo confusamente mi entrada a la casa, con mi uniforme de cabo del ejército. Los cadáveres de mi madre y de mi hermana estaban siendo velados en la sala. Los vi al pasar, pero estaba tan atolondrado que me dirigí directamente al patio, y luego a la alcoba donde se encontraban, gravemente heridos, mis dos hermanos. Confusamente, muchas voces me fueron contando la catástrofe. Habían ido a ver el derrumbe de la mañana y habían sido sorprendidos por un nuevo derrumbe, a las seis de la tarde. Más o menos a esa hora, el día anterior, yo estaba leyendo la carta de mi madre.

Luego, cuando me siguieron contando me di cuenta de cómo estaba llena de coincidencias extrañas aquella catástrofe. Durante toda la noche habían tratado de rescatar los cadáveres de mi madre y mi hermana. Los rescataron en la madrugada, aproximadamente a la misma hora en que yo me consolaba con el sueño de que mi madre estaba con una pierna fracturada, en la clínica León XIII.

Crisis

Nunca me ha gustado el alcohol. Pero esa noche, mientras se velaban los cadáveres, tomé aguardiente antioqueño. No sé por qué lo hacía, pero sé que me sentía mejor, todavía embotado, sin un claro sentido de la realidad.

Entonces fue cuando vino esa época de la que he hablado. Me desmoralicé por completo. Fumaba sin medida. Bebía cada vez que tenía oportunidad, y abandoné por completo mi régimen deportivo. No quería saber nada más de la bicicleta.

Gracias al entrenador Julio Arrastía, logré reponerme de esa crisis. Mi buen amigo argentino, en largos y pacientes sermones, me convenció de que volviera a los entrenamientos. No sé por qué le hice caso, pero ahora me alegro de haberlo hecho: pocos meses después, gracias a la moral que me infundió Julio Arrastía, obtuve una de mis victorias notables y satisfactorias: la de Puerto Rico.

Conclusión

Hoy me siento en forma. Es mucho lo que se habla de mis proyectos. Se dice que pienso casarme. Que pienso retirarme del ciclismo y un millar de cosas más. Pero sólo dos cosas son ciertas: no pienso casarme por ahora y deseo seguir corriendo. Creo que todavía puedo rendir varios años.

Sólo que cuando pienso que tendré que participar en otra Vuelta a Colombia, me da una pereza terrible. Me alarma mi compromiso con el público. Con este público colombiano que cada día exige más y más, cuando ya uno sólo vive para darle a ese público todo lo que puede.

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