Allende: el presidente héroe

El lunes será exhumado y se le practicará una autopsia para saber si se suicidó, murió en combate o fue ejecutado.

Desde el mismo día 11 de septiembre de 1973 cuando el infierno se nos vino encima en forma de helicópteros artillados, aviones bombarderos, tropas de asalto y agentes secretos contra quiénes éramos ciudadanos buscando construir un país más democrático, más solidario y más justo, tuve el convencimiento de que Salvador Allende Gossens, el Presidente de la República que mil días antes había alcanzado el poder por la vía pacífica para construir el socialismo, había sido asesinado por los militares mientras resistía con casco y fusil desde La Moneda en llamas, contra tanques y aviones en una batalla épica. Yo era periodista en el sur de Chile, 700 kilómetros al sur de Santiago, en Temuco, la ciudad que vio crecer y escribir sus primeros versos al joven Neftalí Reyes, que así se llamaba el poeta Pablo Neruda. Ser un reportero al servicio de la causa de campesinos e indígenas mapuches, me significó ser apresado y peregrinar por comisarías, un regimiento, la cárcel y una base de la Fuerza Aérea; en esta última, vendado, esposado y maneado durante varios días. Y tuve suerte. Son más de cinco mil los detenidos-desaparecidos y ejecutados por la dictadura. Diez años después, fui redactor primero y jefe de redacción más tarde de la opositora revista Cauce, hasta septiembre de 1986 cuando, al terminar otro encarcelamiento, salí al exilio, a Madrid, gracias a gestiones de Ramiro Gavilanes, delegado de la agencia española EFE en Santiago, donde también laboraba, y del embajador de España. Pero esa mañana primaveral y soleada del día 11, en Temuco, escuché por radio Magallanes, antes de que los aviones golpistas bombardearan sus instalaciones, el último discurso del Presidente:

“Compatriotas: es posible que silencien las radios, y me despido de ustedes. En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con este ejemplo, para señalar que en este país hay hombres que saben cumplir con las obligaciones que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por la voluntad consciente de un presidente que tiene la dignidad del cargo...
“Quizás sea ésta la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron…”
(…)
“Ante estos hechos sólo me cabe decirle a los trabajadores: yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos…”

El primero de marzo de 1987 llegué a Bogotá, como redactor de EFE en Colombia. Y todavía, catorce años después del golpe, era generalizado el convencimiento de que la versión del suicidio era un invento de Pinochet para quitar méritos al único Presidente (al menos de lo que tengo conocimiento) muerto en combate defendiendo la democracia.

La Comisión Nacional de Verdad y Reparación establecida por el democristiano Presidente Patricio Aylwin (1990-1994), el primero elegido tras la dictadura, concluyó en 1991: “…la Comisión ha debido establecer que el Presidente Salvador Allende se quitó la vida.” La familia avaló, hasta hoy esa tesis, sustentada en sus últimas palabras y el testimonio del doctor Patricio Guijón, quien ha sostenido en reiteradas declaraciones de prensa que observó a Allende, desde un pasillo, entre el humo y el fragor del combate, ante una ventana que daba a calle Morandé, en el segundo piso de La Moneda, ser convulsionado por un disparo que le destapó el cráneo. Y al ver un fusil AK-47 entre sus rodillas, dio por supuesto que se había suicidado. Guijón tomó ese fusil (que sería uno que le regaló Fidel Castro, según el informe oficial) y lo puso sobre las piernas de Allende que yacía en un sofá. Luego se sentó a esperar la llegada de los soldados. Estaba en shock.
Un suicidio tras la batalla —para no entregarse vivo y dejar su testimonio y lección histórica escritos con sangre—, no era ni es contradictorio con el heroísmo, y gracias a María Mercedes Carranza (1945-2003) que me abrió las puertas de la Casa de Poesía Silva ese mismo año 1987, pude presentar la muerte de Allende como la primera y ejemplar acción de arte de “La Poesía de la Resistencia Chilena”, tema de mi conferencia y recital.

El 2008, el doctor Luis Ravanal Zepeda, máster en medicina forense y perito del poder judicial chileno, hizo una “meta-autopsia” sobre la autopsia oficial. Detectó irregularidades en la forma, la alteración del sitio del suceso, y precisó que el AK 47 provoca un estallido de cráneo, pero —sostiene— la autopsia registra un “orificio redondo de salida” por “el parietal izquierdo del cráneo” (muy próximo a la nuca). Apoyándose en un informe de la Brigada de Homicidios, que hizo croquis y mediciones, afirma que ese orificio es producto de una bala de pistola o revólver, no del AK 47, y que ingresó por entre la nariz y el ojo. Pudo haber dos balazos, dice: “de una pistola o revólver y del AK 47”. Si no, para salir por el parietal izquierdo habiendo sido disparado en el submentón en forma ascendente, el proyectil debió dar un giro de 90 grados. Además, por el grado de separación del arma respecto de la piel, “no corresponde a una herida típica suicida”.
La exhumación de Allende se realizará mañana lunes a las 8:00 por orden del juez Mario Carroza, a petición de la familia y organizaciones defensoras de Derechos Humanos para que sus restos sean examinados por un panel de expertos forenses. Y salga a luz la verdad.
Mi convencimiento se materializó en un corrido que titulé “El héroe Presidente” y que en 1987 publicó en Madrid, España, la revista político-literaria Araucaria de Chile, voz de la intelectualidad chilena en el exilio. La última estrofa dice:

Aquí termina el corrido
Del héroe Presidente
Que por el Pueblo de Chile
Se transformó en combatiente.

Otras exhumaciones históricas

Abraham Lincoln

Luego del asesinato de Abraham Lincoln, decimosexto presidente de EE.UU., su cuerpo fue llevado en tren hasta Springfield, Illinois, donde fue enterrado. Sin embargo, después de que hubiera varios intentos por robar sus restos, en 1901 fueron exhumados y enterrados de nuevo bajo varios metros de concreto.

Simón Bolívar

Con la intención de comprobar que el libertador, Simón Bolívar, murió asesinado y no a causa de una tuberculosis, como dice la historia oficial, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, autorizó la exhumación del cadáver del prócer, que se llevó a cabo el 16 de julio de 2010. Los resultados de la necropsia aún se desconocen.

Jorge Eliécer Gaitán

En 1960 el juez de instrucción criminal Teobaldo Avendaño decretó la exhumación del cadáver de Jorge Eliécer Gaitán (foto). ¿El motivo? Confirmar si Juan Roa Sierra actuó solo o si bien el asesino habría tenido un cómplice. El resultado mostró que todas las balas fueron disparadas con la misma arma.

Ernesto ‘Che’ Guevara

Luego de casi 30 años de su muerte, en junio de 1997 fueron encontrados los restos en Vallegrande, Bolivia, donde había sido enterrado en secreto. Unos meses más tarde, el cadáver del revolucionario fue sepultados en Santa Clara, Cuba, ciudad que lo vio triunfar en 1958.

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