Ana, sus cinco hijos y el control de la natalidad

Profamilia rechaza la iniciativa argumentando que la sobrepoblación no es una problemática.

— Carlos, ¿cuántos años tienes?

— Diez.

— ¿Y vas al colegio?

— Sí, estoy en cuarto.

— ¿Cuántos hermanos tienes?

— Cinco.

— ¿Cómo se llama tu mamá?

— Ana, Ana Bogotá.

— ¿Y cuántos años tiene ella?

— Veintiocho.

El niño, bajito, flaco, de pelo descolorido y cara pálida, habla desde la puerta de su casa en Soacha, Cundinamarca. Su casa en la cima de una montaña. Su casa pequeñita, construida con latas, cartones y algunos ladrillos. Su mamá, Ana, Ana Bogotá, deseaba un hijo en la vida y tuvo cinco, de dos padres diferentes. Con el primero no planificaba porque él —un machote que conoció a los 14, que le triplicaba la edad, que nunca amó— le decía: “¿Por qué quiere planificar? Porque tiene un mozo, ¿cierto? o porque se quiere volver una zorra”. Y ella le hacía caso por miedo a que la golpeara más, así como su mamá lo hizo todos sus años de niña hasta que aceptó la propuesta de matrimonio de ese señor, de nombre Wilson Castrillón, con el que tendría dos hijos: Carlos y Adrián (9). Los otros tres vendrían unos años después, con su segundo marido, César Moreno Sánchez. A él sí lo amaba.

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“Sólo dos hijos por familia”. Ese podría ser el lema del proyecto de ley que el representante del PIN Holger Díaz espera presentar en unos días a consideración del Congreso de la República. El objetivo: el control de la natalidad para lograr que en Colombia las familias conciban máximo dos hijos. La meta: “Mitigar la pobreza y ofrecerles a los niños una vida digna”. El método: “Incentivos fiscales positivos; créditos preferenciales; bajas tasas de interés para educación, vivienda y salud; prioridad en los nuevos programas sociales” para quienes cumplan la ley.

Las reacciones: “Me parece absurda la propuesta —dice Gabriel Ojeda, gerente de investigación de Profamilia—. Sería decretar una guerra después de que se ha ganado, porque hoy Colombia es líder en planificación familiar en el mundo, tenemos una de las tasas de uso de anticonceptivo más altas entre mujeres casadas o unidas y en edad fértil (80%); y hemos pasado de un promedio de siete hijos por hogar en los años 60, cuando no existían los programas de planificación familiar, a 2,1, según la última encuesta nacional de demografía y salud”.

Habla también Alejandro Gaviria, decano de la facultad de Economía de la Universidad de los Andes: “Comparto el objetivo de la iniciativa; efectivamente los estudios demuestran que disminuir las tasas de crecimiento de la población más pobre disminuye la pobreza, con lo que no estoy de acuerdo es con los medios. Me parece una salida simplista y no estoy seguro de que sea muy eficaz. El Estado se convertiría en una especie de gran papá que, por medio de incentivos económicos, intenta sobornar a sus hijos para que tengan una buena acción. Hay que empezar por el principio: Colombia no tiene un currículum de educación sexual”.

La respuesta del representante Díaz: “El argumento de Profamilia es válido si se tiene en cuenta el promedio general de natalidad en Colombia, que efectivamente es de 2,4 hijos por familia; el problema está en los estratos 1 y 2, en los que la tasa es de tres a cinco hijos. En Chocó, Magdalena Medio y La Guajira, el problema es aún más grave y se le suma la pobreza, la falta de educación y las creencias de la gente de que cuanto más hijos tengan más subsidios les va a dar el Estado”.

Las cifras exactas son las siguientes: mientras en el estrato más alto se cuenta en promedio 1,4 hijos por hogar, en el más bajo la cifra es de 3,2. Las tasas más altas están en La Guajira (4,1), Vaupés (3,8) y Amazonas (3,7). Las mujeres con educación universitaria tienen en promedio 1,4 hijos, las que se graduaron de la primaria, 3,2; y las que no tienen ningún nivel educativo, 4,3. Ana Bogotá desborda todos los promedios: cinco hijos a los 28 años en una casa del estrato más bajo en Soacha, Cundinamarca.

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Al segundo marido, a César Moreno Sánchez, a ese Ana Bogotá sí lo amó y ese también la abandonó. Con él nunca planificó “por descuido, por pereza de ir al médico”. Nació Greicy (4). Y dos años después, Esteban (2). A Esteban tenía planeado darlo en adopción, “ya tenía todo hablado con una familia de España. Ellos iban a darme un millón y medio para los gastos de la clínica y la recuperación, y yo entregaba al bebé después del parto, sin ni siquiera verlo. Pero por accidente lo vi y dije ‘Ese es mi hijo. Si Dios me lo dio fue por algo’ y no firmé los papeles”. La quinta fue Dana (18 meses). Ana trabaja dos días a la semana limpiando casas de familia y el resto, en las noches, recicla. En la casa estrecha y repleta de juguetes y ollas y objetos inservibles, no serán más de seis. Ana está operada desde hace unos meses.

El caso de China y su política de un solo hijo

Xie Ming-Ko tiene 18 años, estudia inglés en Londres y espera regresar en seis meses a China, su país, para empezar una carrera. Xie extraña profundamente a sus dos hermanos, de ocho y cuatro años. Para él tener hermanos menores es un privilegio, casi un lujo. Sus padres pagaron más de 105.500 yuans (unos $60 millones) por el registro civil de sus segundos hijos. Gracias a ello, ambos niños obtuvieron el derecho a una nacionalidad. Pueden ir a la escuela, tener un seguro médico, viajar y llevar una vida “normal” como ciudadanos chinos.

Este país es el único del mundo con una política de control de natalidad: la de un solo hijo (en el campo hay la posibilidad de tener un segundo si el primero es mujer).

Desde la implementación de esta ley, en 1979, este país ha logrado reducir su tasa de fertilidad de 2,9 a 1,7 hijos por mujer. Según cifras oficiales, se han evitado de 250 a 300 millones de nacimientos.

A diferencia de la familia de Xie, el grueso de la población en el país más sobrepoblado del mundo (1.331’460.000 habitantes) no tiene medios económicos para pagar las elevadas multas por los segundos hijos. En “China miles de personas son ilegales de nacimiento, inmigrantes sin documentos en su propia patria”, dice Xie.

 

* Con información de Juliana Patiño.

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